Luego de varios finales (1)

Leí “Relato de un náufrago” en dos partes —debo agregar, para no dejar en usted, lector, la impresión de que este blog es un recoveco de ligerísimas reseñas de libros, que no encontré otra manera de empezar este breve texto—. La primera de ellas fue la importante. Me acompañó como polizón en la mochila a un viaje que hice a la ciudad de Guadalajara hace apenas dos semanas. Un viaje que pudo durar un día (y si nos ponemos estrictos: pudo no haber existido), y que, sin embargo, se prolongó tres o cuatro.

Pero existió, y después de esos días yo regresé al lugar de donde partí. Regresé en un viaje tedioso y lleno del presagio de la primavera. El camión debió salir a las tres y media de la tarde y lo hizo una hora después; el viaje, que se supone se debe recorrer en dos horas, tardó cuatro. Afortunadamente el asiento contiguo al mío estaba desocupado —en verdad fue suerte, en estos camiones la gente se sienta incluso en bancos en el pasillo—. Un dato rescatable de este viaje es que obtuve el título de un cuento. Me ha sucedido últimamente: no se me presentan las historias completas —o por lo menos no tan continuamente—, sino que sólo aparecen títulos, nombres de personajes, primeras líneas, y aparecen como quien se encuentra un tornillo en la calle para guardarlo y utilizarlo después.

En el camión no había mucho que hacer: desgastarme intentando abrir las ventanas, o investigar qué traía en la mochila. Ahí encontré el libro que acababa de leer durante mi estancia en Guadalajara, “Fotografía de la página 14”, y junto a él “Relato de un náufrago”. Lo leí mientras me lo permitió la luz que entraba por la ventana del camión, apenas dos horas.

Las sacudidas del camión, la falta de una botella de agua, y el calor excesivo, me hicieron sentir como Luis Alejandro Velasco, el náufrago. Hoy tomé el libro de nuevo y terminé de leerlo en el sillón de la sala, como si fuera en la hamaca en la que lo llevaron a Mulatos. El problema es que leer “Relato de un náufrago que estuvo diez días a la deriva en una balsa sin comer ni beber, que fue proclamado héroe de la patria, besado por las reinas de belleza y hecho rico por la publicidad, y luego aborrecido por el gobierno y olvidado para siempre”, provoca sed.

Lo peor de todo es que esta noche descubrí que los garrafones de agua de la casa están casi vacíos, apenas un vaso de agua, del que ya me he tomado la mitad y ahora cuido celosamente la otra