El hombre duplicado

Más que escribir reseñas acerca de los libros que leo, me gusta platicarlos, contarlos poco a poquito, incluso si no los he terminado. Escribir una reseña después de terminar de leer un libro me parece exagerado, y creo que aquellos que lo hacen sólo buscan epatar, y más si sus reseñas son tan profundas como un plato de cereal, plagadas de frases repetidas hasta el cansancio: “la prosa es muy fluida; un maestro del misterio de capacidades insondables; sabe llevar al lector de la mano por senderos cada vez más oscuros, sin perderlo, sin torturarlo; se nota la influencia de Hengins, parece que ha leído toda la obra de Sullivan Harper” (esta última frase siempre me recuerda al texto “La rana que quería ser una rana auténtica”, de Augusto Monterroso).

El libro, recién leído, provoca en el alma un sentimiento semejante al agua revolcada, la enturbia, la obnubila y la mantiene entre sus páginas durante varios días, semanas, incluso meses. Poco a poco, eso que dejamos dentro del libro logra salir y regresar a nuestro cuerpo. Y nos platica su proeza con la respiración agitada. Es entonces cuando podemos sentarnos tranquilamente y tomar nota para compartirlo después.

Hace algunos meses me encontraba con una monomanía por encontrar el libro El hombre duplicado, de José Saramago. Lo importante aquí, apreciado lector, es que yo no pienso narrarle en muchas menos palabras que las utilizadas por el gran divagador Saramago, la historia de Tertuliano Máximo Afonso, no. Para eso usted deberá conseguir el libro y leerlo. Yo le contaré lo que aconteció en un momento de mi vida donde carecía de ese libro.

Hace muchos años, digamos unos ocho, leía la novela Vida con mi viuda, de José Agustín —si no la ha leído, le recomiendo que no busque las críticas en internet, posiblemente lo hagan desistir—. La historia me pareció interesante, un hombre que encuentra a alguien idéntico a sí mismo. Debió ser años más tarde cuando alguien me habló del libro El hombre duplicado —seguramente después de que le contara acerca de Vida con mi viuda—, y me acució a encontrarlo, que no a leerlo.

Estaba seguro de haberlo visto antes, en alguna de esas librerías que uno visita. Seguramente lo tomé, leí la contraportada, y atraído por la historia decidí dejarlo para regresar por él otro día. Así que traté de recordar los lugares donde posiblemente estuviera disponible. Regresé a algunas librerías, pero el libro parecía esconderse. Digamos que busqué asiduamente durante dos meses, luego me detuve.

La búsqueda era infructuosa, así que decidí dejar pasar la euforia y relajarme. Preguntaría de vez en cuando, en ciertos lugares, si acaso tenían alguno. Ya sabía yo que en el momento en que yo preguntara por él, éste caería detrás del librero y se perdería para siempre; o justo en ese momento la cajera verificaría la existencia de un único ejemplar en otra sucursal, y en el transcurso de un lugar a otro, alguien lo compraría, o el edificio deflagraría.

Con los años empecé a divertirme. Era entretenido preguntar por el libro en cualquier librería, a mansalva de que jamás lo encontrarían. Llegué a sentir pena por aquellos jóvenes tan atentos que aseguran tener alguno y buscan, y buscan, para después regresar con un gesto de incomprensión, como si se les hubiera borrado de la cabeza el número cuatro, y al contar sus dedos de la mano descubrieran seis.

Con sumo cuidado, puesto que desconocía las reacciones que pudiera tener inquirir en ámbitos fuera de las librerías, solté la pregunta a amigos y conocidos. Misteriosamente la mayoría de ellos tenía el libro y estaba dispuesto a prestármelo. A cuatro personas pregunté, tres de ellas respondieron afirmativamente, las mismas tres que, en un gesto que yo tomé como grosería, dejaron de dirigirme la palabra, y que incluso cambiaban de acera al encontrarme por casualidad en la calle.

Habrá sido julio del año pasado cuando tuve la oportunidad de recorrer México desde el Océano Pacífico hasta el Golfo de México. Las librerías de todos los estados que visité, desde Jalisco hasta Quintana Roo, no tenían ni un solo ejemplar. Una sola, en Puerto Vallarta, me aseguró que le llegaría uno dentro de las próximas semanas. Dejé mis datos, y ellos quedaron muy cordialmente de ayudarme en mi búsqueda, de darle fin. Recibí la llamada en septiembre. Lo tenían, pero no podían enviármelo por cuestiones que de verdad no entendí. No obstante, dijeron que lo guardarían ahí para cuando yo decidiera regresar al bello puerto y llevármelo personalmente. Tiempo después, por otras razones, llegué al puerto: el domicilio que me habían proporcionado se encontraba en… bueno, no se encontraba en ningún lugar, pero de haber existido habría sido justo sobre la arena de la playa.

En diciembre asistí a la Feria Internacional del Libro en Guadalajara, iba acompañado por una mujer de bellos ojos grandes que estuvo conmigo durante toda la aventura —y que hasta el día de hoy sigue a mi lado—. Yo sabía que preguntar en aquel lugar sería casi catastrófico. Imagine usted, Santillana se volvería loca al descubrir que, en un descuido, la caja donde se encontraban esos ejemplares se había perdido, lo que se dice perdido (no podría decir “perdido en la bodega”, porque por lo menos habría un indicio para encontrarla). Pero lo hice. Y sucedió: no lo tenían.

Después de haber hecho un reguero de pólvora desde Santillana, la editorial, hasta Gandhi, la librería, una joven del Sótano me miró y aseguró que ahí, justo a unos metros, estaba el libro «dice aquí en el catálogo que trajimos uno». Dio unos pequeños saltos entre los clientes y se perdió durante varios minutos. Regresó con seis dedos en la mano, apenada, sin poder explicarse la razón de lo sucedido. Uno de sus compañeros la miró meditabunda y preguntó la razón de su aflicción. La joven le explicó lo sucedido, «acaban de preguntar por él, pero no se lo llevaron», le respondió él, y con la misma diligencia que ella mostró minutos antes, él regresó a los estantes.

Seguramente el cliente lo tomó, leyó la contraportada, se sintió atraído por la historia, lo dejó en algún otro lugar y pensó en regresar otro día por él. El joven regresó con el pequeño libro entre las manos —era la edición de Punto de lectura— como quien recoge un pájaro herido, y me lo entregó. Lo pagué, lo puse dentro de la bolsa, y días después lo leí.

Ayer recibí una llamada de Puerto Vallarta. Alguien estaba muy interesado en conseguir el libro que habían apartado para mí y se encontraba dispuesto a viajar hasta el puerto si es que yo cancelaba el pedido.

—¿Todavía tienen su domicilio en Bahamas 759? —pregunté.

—Sí señor.

—Cancele mi pedido, por favor.

hdj

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