El estigma onomástico de Jesús

Podría pensar usted, muy apreciado lector, que el título de este texto es totalmente religioso. Y tendría usted más argumentos a su favor si añade a sus suspicacias el título del texto anterior —La procesión del silencio—, pero permítame explicarle. Ni yo sé de qué se trata el texto anterior, y éste… bueno, éste apenas comienza.

El estigma, la marca de nacimiento, la sombra —pegada al cuerpo, mas no parte de él— de Jesús, es una experiencia personal de no pocas personas. No me refiero a las marcas sanguinolentas en las palmas de las manos —ahí donde frotar en la palma ajena sugiere uno de los vicios concupiscibles—, tampoco a la propensión al mesianismo, sino al segundo nombre.

El dato personal más público es el nombre. Constituido, normalmente, de un nombre, segundo nombre y un par de apellidos. Existen familias sensatas que pasan por alto el segundo nombre, otras  tienen una costumbre urobórica hacia esta arma de dos filos. Si bien los padres, en una decisión que más bien parece un juego de azar, eligen cuidadosamente el nombre del nascituro, esto jamás asegura un futuro gusto del neonato con su primer tatuaje.

Y así como son los hijos en sus primeros años, que reniegan de todo, ingratos, insensibles, una posibilidad muy grande es que terminen por aborrecer alguno de sus dos nombres, en caso de los hijos cuyos padres —en algo que todavía no logro calificar como buena voluntad o saña— hayan decidido legar la oportunidad, avant la lettre, de elegir aquel nombre que le agrade más (agradable al oído, semejanza con alguien que se admire, facilidad para pronunciarlo, por su poco uso, etc), o en su defecto: que cause menos aversión (menos anticuado o cacofónico).

En casos sencillos, aquellos que no causan en la persona la necesidad de escribir párrafos como estos, el neonato llega al mundo con un nombre como: Juan Manuel, Ana Lucero, Eva Alejandra, José Antonio, nombres que no causan mayor dificultad. Otros casos son ásperos: Brayan Guadalupe, Yesenia Jamilé, Whylyan Joel, Olaf Jehosafat, Jennifer Escarlet, por nombrar algunos. Antes de continuar debo decir que los nombres fueron generados al azar, así que cualquier semejanza con la realidad no deberá ser tomada como afrenta.

En el primer caso basta con resignarse y optar por uno de los dos, en el segundo caso siempre pueden aplicar los apodos, los diminutivos, silbidos, hasta chistar es mejor.

Pero hay un tercer caso, que merece un tratamiento aparte, y son los ‘de Jesús’. Concebidos en familias religiosas, los de Jesús parecen formar una legión de pesarosos. Habrá aquellos que ostenten esta huella inmarcesible, otros que más les valdría haber nacido con un solo nombre. Es fácil identificarlos: se les ha dado parte de una cruz de hace casi dos mil años. Cada uno de ellos sabrá de memoria la retahíla de razones por las que ese nombre llegó hasta su acta de nacimiento, ninguna convincente.

Felipe de Jesús, María de Jesús, Jesús de Jesús, son gente que vaga por el mundo con una incógnita sobre sus hombros. Esta duda, cuya cumbre se presenta en la postrimería, crece en medida que se descubre que en el mundo —en éste— existen diferentes religiones.

—Qué haré yo con ese nombre —dicen para sus adentros— si al morir me recibe Mictlantecuhtli.

Sin nombrar a los Odín de Jesús, o a los Anubis de Jesús, ésos sí no sé qué destino tendrán, ni en esta vida ni en ninguna otra. Sirva esta línea para terminar el texto: si usted es de Jesús, recuerde que por ahí, en este mundo tan grande, existe una Yesenia Yamilé, o un Whylyan Joel, y piense: siempre pudo ser peor.

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