Gracias Juan José Arreola

Existen en este mundo personas a las que les debemos mucho. Hoy es un día para agradecerle a una de ellas.

A quién le daríamos gracias por aquel maravilloso invento que utiliza la energía de los bebés para convertirla en algo útil, sino a él.

A quién le agradeceríamos por informarnos de los terribles mercaderes que comercian con mujeres de cobre, apenas repintadas, y que se dedican a cambiárnoslas por las buenas.

Con quién estaríamos agradecidos por instruirnos en el maravilloso y engañoso arte de viajar en tren.

Esto y tantas cosas más se las debemos al último juglar, a Juan José Arreola; a aquel hombre que dejó Zapotlán el Grande con unos cuantos pesos en la bolsa y llegó al Distrito Federal para escribirnos tantos y tan increíbles relatos.

Y disculpen, estimados lectores, si me gana la emoción, pero Arreola significa muchas cosas para mí y no quiero que pase desapercibido.

A él, el dueño de la palabra precisa, el personaje de las pláticas interminables, al gran confabulador. Al hijo ilustre de México, de Jalisco, de Zapotlán, de nuevo, gracias en su aniversario.

Gracias a sus bestias, a sus demonios, a sus ovejas negras, que no son lo mismo, pero son iguales.

Gracias por el teatro, gracias a sus amores, gracias a sus dictados.

Gracias por su casa de incontables recovecos, a sus ventanales, a su valle.

Y al final lo tenemos en sus palabras, que es lo más preciado que cualquier persona puede dejar en este mundo. Hoy y siempre a leerlo una y otra vez, a gastar nuestros zapatos sobre las calles de su Zapotlán, a viajar en tren hacia algún lugar de sus líneas, a poblar nuestros sueños de bestias con traje de letras, a vivir en una feria sin principio ni final.

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Tenía que ser una segunda parte (dentro de la Casa Arreola)

Recuerdo la primera vez que leí Las batallas en el desierto como si hubiera sido ayer. José Emilio Pacheco se me presentó póstumo. Caminaba entonces por aquellas calles color sepia de la ciudad, justo frente a catedral, y sobre los adoquines incompletos que intentan darle a este lugar una imagen diferente —empezaron antes de octubre, ahora es enero y todavía no concluyen su remozamiento—. Decidí entrar a la biblioteca “Juan José Arreola”, y leer el libro. Quién lo diría, yo leyendo al amanuense de Arreola en ese lugar, en esa ciudad, en ese día.

Eran aproximadamente las seis y media de la tarde. En la entrada de la biblioteca una mesa ofrecía los libros de José Emilio Pacheco: Las batallas en el desierto, El principio del placer, Poesía completa, y uno más de poesía para niños y jóvenes. Caminé hasta el lugar donde deberían estar los demás. Encontré el lugar vacío, apenas otros dos, así que decidí tomar Las batallas de la mesa y leerlo cerca de una ventana. No firmé el libro de visitas, últimamente me hace sentir mal al llegar a la parte que dice ocupación.

Las batallas en el desierto me sensibilizó. Me sensibilizó con la belleza, con la muerte, con las pequeñas gratitudes de la vida, y me hizo recordar mi infancia, el primer amor imposible de un niño. José Emilio Pacheco escribió alguna vez que a su entrada al infierno, cuando los demonios le pregunten: “Y usted, ¿qué fue en la vida?”, podrá responder con orgullo: “Fui amanuense de Arreola”. Seguramente le preguntaron eso, pero en el cielo de las letras.

La historia detrás de esta frase es increíble. El mismo Pacheco la cuenta con unas palabras dignas de releerse, como todo él. Arreola había recibido un pago por adelantado por un libro que debía escribir: Punta de plata. Sin embargo, el término perentorio llegó, Arreola tenía lo mismo del libro que del adelanto: nada. La editorial señaló una nueva fecha de entrega, y Juan José Arreola, a una semana de ese día, seguía en las mismas: la tinta y el papel no podían consumar su relación.

Pacheco, en su escrito, infiere el bloqueo del escritor, y narra la angustia por la que pasaba Arreola: “Mientras más perentoria es la urgencia de entregar un texto más imposible se vuelve el sentarse a escribirlo”. Y justo esa semana, la última antes de que los abogados le exigieran a Arreola devolver el adelanto, José Emilio lo visitó en su casa, lo hizo recostarse en su catre, sacó papel y pluma —una Sheaffer—, y le pidió que le dictara el libro. De acuerdo con Pacheco, el primer animal que subió al libro fue la cebra:

“La cebra toma en serio su vistosa apariencia, y al saberse rayada, se entigrece. Presa de su enrejado lustroso, vive en la cautividad galopante de una libertad mal entendida”.

Y el último:

“Para el macho que tiene sed, el camello guarda en sus entrañas rocosas la última veta de humedad; para el solitario, la llama afelpada, redonda y femenina, finge los andares y la gracia de una mujer ilusoria”.

(No sé si me pueda meter en problemas, pero compartiré con ustedes durante lo que queda de enero y febrero, el texto escrito por José Emilio Pacheco, para leerlo da clic aquí: “José Emilio Pacheco, el amanuense de Juan José Arreola”.)

Sin embargo, la historia que quiero contarles comienza una semana antes, un día domingo dentro de la casa que imaginó Juan José Arreola —es posible que usted, muy apreciado lector, encuentre en este breve texto el nombre de este escritor zapotlense tantas veces como José Saramago escribió Tertuliano Máximo Afonso en su libro El hombre duplicado. No sé por qué, pero a veces los nombres se clavan en la médula del escrito y demandan su presencia; no es cosa mía.

Era un domingo a las nueve de la mañana. En la Casa Taller Literario y museo de sitio “Juan José Arreola” —como se le conoce ahora— un grupo de aficionados a la fotografía esperaba con ansias un seminario impartido por un profesional. Vanzini algo, o algo Vanzini, era el nombre del fotógrafo regordete que se jactaba de haber tomado fotos todas sus fotos con flash —no me haga caso, no me acuerdo de qué se jactaba, pero sí recuerdo que era regordete, tenía una graciosa barba y llevaba una camisa roja con un chaleco encima; hombre de pocas palabras—. Yo estaba ahí por casualidad, la inscripción al seminario la pagó un amigo a quien una semana antes tomé varias fotografías: era la manera en que me agradecía.

Debo decir desde ahora que el seminario resultó decepcionante. El hombre de camisa roja y chaleco resumió todo de la siguiente manera: “Soy fulanito de tal Vanzini, tengo esta cámara, estas sombrillas, y ahora vamos a tomarles fotos a unas chicas”. En lo que recogió su equipo nos dejó con una presentación de diapositivas de sus fotografías de estudio, ya sabrán: niñas en traje de quinceañera, familias enteras en poses incómodas, y retratos con transparencias en blanco y negro que me hacían pensar seriamente que ésa fue la última fotografía de aquellas personas.

Desde las diez de la mañana hasta las tres de la tarde los aficionados se dedicaron a seguir al barbitas cual flautista, quien se limitaba a hablar y acomodar a las chicas, sin explicar una sola cosa de su trabajo. En fin, yo estaba dentro de aquella casa y tenía que aprovechar el tiempo, así que hice lo siguiente:

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El estudio de Juan José Arreola en Zapotlán el Grande

Arriba vemos el estudio de la casa, no es difícil imaginarse a Arreola sentado frente a ese escritorio. Aquí, al frente, está una gran mesa lustrosa, es de madera y justo en medio tiene un tablero de ajedrez, conocida afición del creador de La feria. 

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Una vista del museo de sitio.

Además de conservar muebles, fotografías y otros objetos personales, la casa lleva en sus entrañas un museo de sitio donde se exponen las ediciones en varios idiomas de los libros de Arreola, su ropa, máquinas de escribir, tableros de ajedrez, y manuscritos. Esta parte de la casa fue remodelada recientemente.

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Un par de fotografías, en su juventud, y con sus nietos

Arriba vemos un par de fotografías que se encuentran encima del gran mueble de la primera imagen que les presenté.

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Parte del patio de la casa del escritor

Dentro del terreno de la casa, Juan José Arreola colocó grandes jardines que han sido adornados con esculturas de otro artista de la región, aquí le llaman Tijelino —no me pregunten cuántas hay, cada vez que visito el lugar encuentro alguna más—. Su casa es un contraste con la de los vecinos: casas lujosas, enormes, de dos o tres pisos en la ladera de un cerro cubierto de árboles, desde donde se tiene una vista privilegiada de este valle surreal. La casa de Arreola también es grande, pero más parece un sueño que un lujo. Tiene lugares escondidos, escaleras minúsculas que se pierden en sótanos desconocidos. Alguna vez me contó alguien que el mismo Arreola los había diseñado así para huir de las personas que lo visitaban y que él no quería ver.

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Parte de los jardines de la casa

De nuevo podemos ver las esculturas, algunas de ellas tienen péndulos y partes que se mueven, los visitantes pueden interactuar con algunas cuantas.

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Manuscrito de Juan José Arreola

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Una de las ventanas de la casa

 

 

 

 

 

 

 

 

La casa de Juan José Arreola, visita guiada (antología de mis noches)

Estimado lector, debo admitir dos cosas: soy afortunado, y no llevo despierto ni doce horas.

La segunda de estas aseveraciones se debe también a la metamorfosis del título de este texto. Algunos de ustedes sabrán que anteriormente, algunas veces (cada que recuerdo escribir por estos lugares) escribo las antologías de mis días. Sin embargo, gracias a los cuatro puestos de trabajo que tengo ahora (quizá tres, quizá uno) mis hábitos de sueño han cambiado radicalmente.

Son dos minutos después de las cuatro de la mañana; hoy desperté a las cinco de la tarde, dieciséis horas después de acostarme. Apenas llevo en vigilia once horas, lo que justifica mis interminables vueltas en la cama. He pensado que elucubrar en la almohada es divertido, pero no permanece, por lo tanto en vez de hilvanar sin dejar rastro, decidí levantarme y escribir estas líneas (antes de líneas escribí breves, pero lo he borrado por si acaso me explayo).

Aquí regreso a lo primero que admití: soy afortunado. Quizá sea una idea presuntuosa, pero quiero imaginar que así es. Tengo la fortuna de vivir en un lugar a pocas calles de la casa de un escritor. Y no cualquier escritor, sino uno de los más reconocidos exponentes de las letras mexicanas: Juan José Arreola.

Anteriormente dije que tenía cuatro puestos. No me gusta decirlo, y por lo regular cuando me preguntan yo me limito a decir que soy reportero, pero como periodista tengo más responsabilidades; ahora soy editor, jefe de información, reportero y editorialista en una publicación que —aclaro, no es porque yo trabaje ahí— tiene mucho mérito. Pensaba explicar los méritos de la publicación, aunque hacerlo significaría hablar de política, y eso es algo con lo que no quiero desmejorar este escrito (lo haré después).

Ahora sí —disculpe usted, buen lector, si ya se ha dado cuenta del grado de divagación que existe en mí, yo lo veo muy natural, aunque a menudo me haga perderme entre ideas que se extienden como ramas del árbol y de donde mi mente, cual gato, después no sabe cómo regresar, por eso me gusta escribir, porque aquí puedo desandar unas cuantas palabras y recordar de qué hablaba— es tiempo de hablar de ese ‘recinto cultural’ que existe aquí, a pocas calles.

Imagínese usted lo siguiente. Lomas del barro es uno de los lugares más suntuosos de Zapotlán el Grande —cuna cultural del occidente de México, como dice en su escudo—. Zapotlán el Grande se encuentra rodeado de cerros y montañas, y en uno de esos cerros ubicado al este de la ciudad, está la colonia Lomas del barro. Ahí precisamente fue donde el escritor Juan José Arreola decidió construir su hogar.

Lomas del barro se encuentra en medio de dos colonias marginales: la Chuluapan y Cristo Rey. Sólo las divide la ausencia de paredes altas de fina construcción, están verdaderamente juntas. Usted habrá escuchado de la Chuluapan si ha leído el libro La feria:

Yo señor, soy de Chuluapan, para servir a usted. Le recomiendo que vaya por allá si le gusta tratar con gente franca. Si les cae mal, se lo dicen en su cara y a lo mejor hasta lo matan, pero eso sí, frente a frente. Claridosos, como nosotros decimos.

Pero no se preocupe, que no sirva esto para desalentar sus ánimos viajeros, y sus ganas de ser un turista en estas tierras donde los montes nos roban el sol, sino para acrecentarlo. Ahora ya no es tiempo donde lo matan los claridosos.

Una acotación más antes de proseguir con lo que realmente nos tiene interesados hoy. Muchos de los escritos de Arreola están plasmados en las calles de Zapotlán; aún se encuentran aquí los zapateros que arreglan mal los zapatos, por nombrar un ejemplo, y mientras usted camina por estas calles llenas de cantera podrá revivir varias de las invenciones de este buen hombre.

Esquina de las calles Refugio Barragán de Toscano y Federico del Toro

Esquina de las calles Refugio Barragán de Toscano y Federico del T.

Sigamos. Lomas del barro, como ya lo dije, es la colonia de los acaudalados. Si usted decide visitar esta ciudad para conocer este lugar, le recomiendo que suba por la calle Refugio Barragán de Toscano, justo en el centro de la ciudad. Encontrará usted en una esquina el llamado Palacio de los olotes, una construcción grande y misteriosa: en sus pisos inferiores encontrará despachos de abogados que no concuerdan en nada con lo maravilloso de su arquitectura, que, aunque no llegue a palacete, es un gran orgullo para los zapotlenses. Después de admirar sus hermosos balcones y sus ventanas arqueadas, los portales lo invitarán a caminar por entre ellos.

disculpen los cables, la ciudad está llena de ellos

El Palacio de los Olotes

Camine hacia el este (para arriba, dirían por aquí). Recomiendo que camine por los portales, y deje el centro para después, con más calma. Mire a todos lados, en especial hacia dentro de las puertas entreabiertas de las casas que se encuentran a su izquierda. Descubrirá detrás de esas grandes puertas de madera —cuyas piezas metálicas susurran el paso de los años— jardines llenos de flores, pequeñas fuentes, pisos de azulejo y altos pilares. Si puede entre. Seguramente no habrá quien le pregunte qué asunto lo llevó ahí, parece funcionan al margen de la soledad.

Si siguió mis consejos, y además visita Zapotlán por la tarde, después de observar esas enormes casas (que déjeme le cuento un secreto, al fondo, detrás de la última puerta, hay otro patio igual, rodeado de muchos cuartos y arcos iguales), la sombra de los pilares de cantera le hará pensar que está usted dentro de una película de cine, y que el espacio entre cada una de ellas es una viñeta. Algunos de esos pilares grises están tallados en una sola pieza, si tiene tiempo deténgase a buscar cuáles.

Al llegar al final de la calle, justo en la esquina entre la avenida Cristóbal Colón y la calle Pascual Galindo Ceballos, encontrará usted la casa donde nació la compositora mexicana Consuelito Velázquez. Me abstendré de contarle mucho acerca de esa casa, sólo diré que puede usted entrar, admirar el hermoso piso de azulejo, y empeñar algunas de sus joyas más preciadas.

A la derecha, la casa donde nació la compositora Consuelito Velázquez, la placa lo recuerda

A la derecha, la casa donde nació la compositora Consuelito Velázquez, la placa lo recuerda

Caminará entonces por Pascual Galindo Ceballos rumbo a donde sale el sol. Escoja usted la banqueta que más le convenga, donde pegue el sol o donde no. ¿Por qué le pido que camine por esta calle? Porque me encanta. La arquitectura de sus casas también sorprende. Algunas son más nuevas, con varios estacionamientos donde podrá observar lujosos automóviles, otras le recordarán al Palacio de los Olotes. Las encontrará una cuadra después, al cruzar la calle Moctezuma, y estarán de ambos lados; camine tranquilo, su destino se encuentra a menos de tres cuadras.

Izquierda: calle Pascual Galindo Ceballos (al fondo); derecha: edificio del DIF

Izquierda: calle Pascual Galindo Ceballos (al fondo); derecha: edificio del DIF

Al fondo de esa calle, descubrirá usted otro edificio grande, con un pórtico cuyos lados flanquean curiosas escaleras. Actualmente funciona como el edificio del DIF, por lo tanto, si está abierto, podrá usted entrar, actuar como si fuera a realizar un trámite, y disfrutar también de esos patios de casa grande. Es muy atractivo a la vista por dentro y por fuera, y los guardias casi siempre están dormidos. Si se viera en aprietos por entrar y alguien le pregunta el por qué de su visita, diga que va a la plaza comunitaria, se encuentra hasta el fondo, así podrá visitar todo el lugar.

Varios de los edificios que el gobierno detenta ahora, son muy interesantes. Asemejan a laberintos, las puertas contrastan en su tamaño (algunos de ellos antes eran prisiones, como el edificio de la actual presidencia municipal, visítela, diga que va a la oficina de transparencia —al fondo del primer piso— o a archivo municipal —al fondo del segundo—, de esta manera podrá escudriñar sus rincones más ocultos, no tema en entrar por puertas que parece que no llevan a ningún lado, hágalo; al fondo del primer piso dé vuelta a la izquierda y camine hasta formar una “U”, saldrá usted por un pasillo largo donde se encuentra una biblioteca, enfóquese en los libros y las ventanas, deje el alto techo para otro día).

calle Pascual Galindo esquina con AlatristeDespués de visitar el edificio del DIF (si lo hizo), siga por la izquierda. Caminará una cuadra más por la calle Aquiles Serdán Alatriste hasta cruzarse con la calle Vigía, luego prosiga a la derecha una cuadra más. Si ve una pendiente muy empinada, va usted bien. Ahí, si es buen observador, y estoy seguro de que lo es, verá un contraste enorme: las casas parecen mutar. Si dio un vistazo rápido hacia el sur en la calle Alatriste, habrá descubierto muchas casas pequeñas, con niños jugando en las calles, casas de las que se hunden en la tierra, casas humildes.

Al fondo, la calle Alatriste, esta es la calle Vigía

Al fondo, la calle Alatriste, esta es la calle Vigía

casas hundidas1

Algunas de las casas hundidas; al fondo la calle Vigía

Deténgase. Su vista se habrá posado en una construcción de enormes paredes de cantera, un edificio alto, ostentoso, gallardo. Siga a su izquierda, bordéelo.

A la izquierda: el edificio que llamará su atención; en medio: la calle que se encuentra detrás de ese edificio (verá el letrero); derecha: la calle donde está la entrada a la casa taller literario

A la izquierda: el edificio que llamará su atención; en medio: la calle que se encuentra detrás de ese edificio (verá el letrero); derecha: la calle donde está la entrada a la casa taller literario

Habrá visto que continúa hacia arriba, y también habrá descubierto el pequeño letrero en la casa de enfrente que advierte “Casa taller literario y museo de sitio Juan José Arreola”. Olvídese de la enorme construcción a su derecha, no vale mucho la pena, lo importante se encuentra enfrente, ahí dentro de esas murallas de piedra gris y ladrillo rojo, debajo de aquellos grandes árboles tranquilos.

Fachada de la casa de Juan José Arreola

Fachada de la casa de Juan José Arreola

campana1Posiblemente llegue usted cansado. Después de ubicar la entrada de la casa (y de curiosear con la campana que hace las veces de timbre), siéntese debajo de la escultura de bronce del escritor y descanse. Espero que no sea martes, o usted se llevará la desagradable sorpresa de que se encuentra cerrado.

Le sugiero que descanse debajo de la escultura

Le sugiero que descanse debajo de la escultura

Se dará cuenta, durante su descanso, de que no mucha gente pasa por ahí, un par de vehículos costosos, algunas motocicletas de esas que son muy delgadas y que sirven para hacer piruetas por los aires, pero no hay turistas que atiborren el lugar.

Después subirá otros cuantos escalones que le harán atravesar por la puerta de madera y entrar a la casa. Si me hizo usted caso y visitó el lugar por la tarde, tendrá de frente al sol que lo deslumbrará por entre las figuras geométricas de las ventanas al poniente. Camine hacia delante, mire las fotografías en las paredes, las pinturas; asómese por las ventanas al fondo, verá un patio en pendiente con árboles. Habrá visto entonces a su derecha una galería. Es un cuarto grande, que entre sus paredes seguramente guardará alguna exposición de pinturas o fotografías. Entre, aunque no le llamen la atención, así dejará usted sus huellas en más lugares, que es lo que importa.

Recordará que al introducirse en el recinto, a su derecha se encontraban unas escaleras, regrese y súbalas. Ya vio el fondo, las luces que atraviesan las ventanas y pegan en los arcos de piedra, en los libreros. Estarán varias puertas de madera en los costados, y la primera vitrina que guarda un busto de metal debajo de las palabras de Julio Cortázar a la izquierda. Entrará a la segunda puerta a su derecha, lo sé.

Ahí encontrará parte del museo, digo parte porque la casa entera lo es. Baje con cuidado los escalones, que no le gane el deseo de mirar lo que ahí adentro descansa tras las vitrinas. Como es usted un visitante atento y de observación incansable, estudiará rápidamente lo que hay a su alrededor, así su vista pasará ineludiblemente a través de esos gruesos barrotes tintos a su izquierda, donde detrás (en un piso más alto) habrá detectado más libreros, algunos percheros y un escritorio impresionante.

Tómese su tiempo, aquello permanecerá en su lugar. Leerá con atención las palabras impresas en las paredes, y le sorprenderán los autores de cada una, que, aunque no están plasmadas con sus propias manos, dentro de aquella casa toman un significado especial, y, junto con todo lo que en ese lugar ha descubierto, han armado en su mente una nueva imagen del escritor que la habitaba.

Fotografías de cuando niño, ediciones traducidas a varios idiomas, manuscritos, máquinas de escribir, montones de tableros de ajedrez, ya lo ha visto todo ahí, pero en su mente no descansa la idea de revisar esa otra pieza que se encuentra apenas unos escalones más arriba.

Ahí no hay vitrinas, todo permanece intacto. Absténgase de tocar, por favor, pero mire de cerca. ¿Vio ya aquella máquina de escribir? ¿Leyó los títulos de los ejemplares en los libreros? ¿Se detuvo frente al escritorio de madera, vio cada uno de sus pequeños cajones? Lo hizo, lo sé, y también tuvo que luchar contra ese deseo de tomar el bastón, de ponerse la capa y el sombrero.

Después de investigar cual Holmes, no regrese por los escalones, siga al fondo donde está ese pequeñísimo pasillo. Sabrá que la casa tiene una interesante arquitectura cuando reconozca dónde se encuentra. Encontrará ahí, nuevamente a desnivel, una escalera de madera que lo llevará al desván. No podrá subir porque ahí se encuentra la oficina del director del museo, Orso Arreola, hijo de Juan José, pero podrá ver desde abajo —con mucha claridad si es que todavía no lo sorprende la noche— con toda aquella luz que entra por el gigantesco ventanal.

Saldrá a la terraza. Caminará hasta el vértice de las paredes y mirará durante varios minutos el valle surreal de Zapotlán el Grande, de norte a sur, inferirá por qué aquella región se llenó de tan grandes palabras.

Se sentirá como un niño que descubre con sumo interés una casa ajena. Bajará escaleras, subirá, y entre tanto movimiento estarán algunas esculturas. Son de otro artista de la región, le llaman Tijelino, en lo personal me sorprende aquella piedra cóncava que parece haber sido rebanada por las garras de un tigre ingente.

En este momento permítase regresar, caminar por afuera de las paredes de la casa, mirar hacia dentro por sus ventanales —los cuadrados y los redondos—, vaya hasta donde le permitan. Luego descanse, asimile el asombro, y salga. Mírela desde enfrente, parece más chica ¿verdad?

Yo tuve la fortuna de conocerla varios años atrás. La visité con mis amigos de la universidad y nos dejaron entrar a la mayoría de los cuartos, incluso bajar por la escalera de caracol; a usted ya no lo dejarán, a menos de que su retórica se lo permita, pero que esto no lo desaliente, inténtelo.

Cierran algo tarde, y si tiene suerte podrá encontrarse con alguna actividad cultural —presentaciones de libros, obras de teatro, conferencias, torneos de ajedrez, recitales de poesía— que le permita quedarse de noche. De ser así, mida el tiempo, recuerde que llegó caminando.

*Sé que estas palabras se quedan cortas, y que algunas imaginaciones —creo que les llaman quinésicas— necesitan imágenes para avivarse. Espero que esta semana puedan acompañar a este escrito —creo que atiné al borrar la palabra breve de hace algunos párrafos— varias imágenes. Por lo pronto, en media hora amanece, y yo tengo que trabajar desde temprano este sábado.

*Actualización: se agregaron fotografías, pero sólo la mitad. Espero actualizar pronto para compartir con ustedes el interior de la casa.

Los colores de quince minutos de oscuridad (Antología de mis días)

Estimadísimos, apreciadísimos lectores de éste su humilde blog, de nuevo he venido a contarles lo que acontece en mis días, aquello que sucede en este valle surreal. Como ustedes ya saben, asiduos lectores, en estos días vivo en una ciudad tan pintoresca que cualquier cosa que les narre parecería mentira, pero no lo es, aunque tampoco es mentira que todo lo narrado (pongámosle así a lo escrito) se desvanece de la realidad. Por lo tanto, y siendo éste el tema de un cuento que escribiré pronto, me estoy arriesgando a desaparecer de mi vida los días que les cuente, a desandar en la ficción mis pasos, a convertir en argucias mis líneas, etc.

Me considero un, más que aprendiz, aprendedor, igualmente creo que todos lo somos. Uno siempre va por la vida aprendiendo, oh, desdichado aquél que malgaste sus horas sin capturar un instante de novedad. Hasta hace algún tiempo, quizá un mes, mes y medio, yo no contaba con un trabajo propiamente dicho (lugar donde te cambian tus horas por monedas, tal cual lo hacían antes con la riqueza y los espejos). Ahora sí, ahora soy una persona formalmente empleada. Las cosas en el trabajo, sin banalizar, se han puesto densas; el sábado pasado, al salir de clases, me dirigí a aquél sitio con todas las ganas de realizar mis deberes, mis menesteres. Por políticas de la empresa, me prohibieron laborar mis ocho horas sabatinas.

Pensará usted, muy respetado lector, que, de alguna manera, yo estaba predispuesto a pasar aquellas horas enclaustrado, y, al no permitírseme actuar debidamente, tendría ese tiempo para convertirlo en eso que el diccionario despectivamente llama cesación del trabajo, inacción o total omisión de la actividad. Hace poco leí en un periódico que un investigador alemán descubrió que tomarse cinco minutos de cada hora (u hora y media) en el trabajo para hacer nada, es completamente aconsejable y saludable. Según lo que recuerdo de la nota, esto ayuda a aumentar la creatividad y evitar el estrés, como una válvula de escape. No hacer nada, que en alemán se llama nichtstun, es ejemplificado por el investigador en el ascenso a una montaña, si usted tuviera sólo un descanso, a mitad de la escalada, seguramente no podría llegar a la cima, sin embargo al descansar por periodos cortos cada cierto tiempo el alcanzar la meta sería mucho más sencillo. Así que, a mansalva, sin temor a que me vayan a despedir, yo lo hago, tomo mis cinco minutos cada hora y no hago nada.

Regresando a las horas que tuve libres el sábado, pensé en hacer algo productivo, aunque sí soy un ocioso funcional, no quise desaprovechar esta oportunidad. Siempre he tenido una especial atracción a los días sábados, que se me hacen más apacibles que los domingos y sobre todo menos desesperante que cualquier día entre semana; sobre todo las mañanas en el jardín central de este valle surreal. Pero era la una de la tarde, sol, calor, gente. Como salí temprano de la casa para llegar pronto al trabajo, llevaba puesta una camisa relativamente gruesa, de una tela que no es aconsejable usar en primavera (aunque aquella camisa me la regaló la dueña de mis horas). Después de mostrarme, como se debe, molesto y enojado por la decisión del que se le puede llamar ahora mi jefe o mi patrón, gritar algunas infamias, azotar una que otra puerta, salí de ahí.

Caminé en dirección al saliente por aquella calzada. Como estoy por adquirir una motocicleta, decidí comprar un casco, para poder usarla en el mismo momento de la entrega, y, claro, buscarle uno a la dueña de mis horas también. Hacía mucho calor, el lugar estaba a varias cuadras que tuve que caminar bajo el intenso sol del medio día (gracias horario de verano). Llegué acalorado y pedí que me mostraran muchos, pregunté precios, di las gracias y me fui comparar precios en otro establecimiento. Cuando salí de ahí ya no podía con el recalentamiento global, me dirigí a una de esas tiendas de ropa donde venden camisas a precios muy bajos, compré una blanca, me la probé y dije que me la llevaría puesta. Así fue.

Ya renovado y fresco, pensé en caminar hasta la parada del camión en el centro de la ciudad, pero estaba relativamente lejos y había una más cerca. Milagrosamente el camión urbano —léase con sorna— no tardó en aparecer, subí. Se podría hacer un estudio, una clasificación psicológica, quizá de ideología, por el lugar en que las personas se sientan en el transporte público. Inmediatamente detrás del conductor las ancianas con bolsas del mandado y con nada de prisa, a su derecha los ancianos de sombrero y bastón, con arrugas de historias en los ojos, detrás de ellos las mujeres jóvenes solas nerviosas, detrás de las primeras las parejas, señoras, señores, introvertidos… vaya vaya, tema para otra ocasión.

Aunque los cascos costaban cincuenta pesos más en el segundo lugar, compré ahí el mío porque había más variedad, además no pensaba regresar, con el méndigo calorón. Caminé muy orondo con mi casco negro forrado de piel (ajá). Quizá me encontraba a siete u ocho cuadras del centro, así es, este valle a menudo se torna pequeño, se contrae y se expande tanto que aquí ya ni nos damos cuenta. Caminé, me encanta caminar, es como poner en marcha toda la humanidad, tangible e intangible. Caminar desata nudos, hace pensar, activa la inventiva. Recordé que en mis años de prepa solía sentarme junto con mis compinches en unas gradas que están en los portales, situadas frente a un banco. Casi instintivamente me dirigí hasta ahí para descansar unos minutos.

En el camino compré un litro de agua con un insolente y maleducado dependiente, normalmente la compro a temperatura ambiente, pero en esta ocasión determiné que sería mejor adquirirla helada, por aquello del calor y las cuadras que aún tenía que andar, y como diría un vecino de esta ciudad: se me ocurre que he caminado más de lo que llevo andado, de haber llovido quizá se me ocurrieran otras cosas. Sentado esperé el tiempo. Desde ese lugar se tiene una panorámica del centro de la ciudad, a la derecha se observan los portales del sur, un poco más al centro está catedral suntuosa, al centro las fuentes que divierten a niños y jóvenes, y que empapados descubren párrafos de vida, ahí mismo las lámparas adecuadas cual pista de aterrizaje, más al norte el jardín principal, me atrevería a decir ciclópeo, los árboles, pinos, primaveras, malditas palomas, al frente, en la acera del otro lado del cuadro central, el portal del saliente, con el edificio de la presidencia, los cafés para exhibicionistas, todo enmarcado por los portales de cantera monolítica. Ahí, a un costado de catedral, se pueden observar tres iglesias y una parroquia, vaya lugar.

Soy persona que se aburre fácilmente, así que me puse de pie para discurrir por el jardín, y como me gustó otra imagen de la ciudad, me senté de nuevo en una banca, casi me quedo dormido. Ahí la vista era diferente, al frente el kiosco con el mimetismo avergonzado de Clemente Orozco, hijo ilustre, muy diferente pero semejante a los hijos sin lustre. El cielo azul, los portales del norte, el escenario que estaban levantando. Circunnavegué el jardín hasta llegar a la librería del centro, estaba cerrada. Me dirigí a otra, a una cuadra de la primera. En ésta también venden revistas y café con letras. Compré la revista que genera adicción y otra titulada casi como una obra de Kafka, Proceso. En ese momento ya sabía bien lo que haría.

En esta ciudad, como en muchas otras, hay lugares que me atraen con un raro magnetismo; lugares que me otorgan cierta paz, ganas de permanecer. Son pequeños territorios que por alguna razón encuentro gratos y apacibles. Uno de ellos es el estacionamiento de la universidad, el que está por la avenida Colón, desde ahí hasta las jardineras de los enamorados. Otro es el cerro que está al este, ese que está donde termina lo que Arreola nombra el lugar de los claridosos, Chuluapan. Y otro es la parte de atrás de la casa del maestro Juan José Arreola. No sé por qué, pero ahí, esa barda de piedra, desde donde se aprecia el valle surreal casi completito, el árbol, la barranca con las gallinas calladas pero ruidosas; esa subida contrastante de hogares, donde puedes apreciar en el número 66 una casa humilde y enfrente una mansión del tamaño de la manzana entera y muchas como ésa. Ahí me gusta. Un día soñé, sin haber estado ahí antes, que era ese lugar donde se encontraba el teatro mágico de Hermann Hesse, ahí la puerta, ahí donde no hay nada. Desde entonces, cada que puedo asisto ahí a ver llover, el atardecer, leer, etc.

Para llegar se debe caminar al este toda la cuadra Pascual Galindo, que también tiene unas casas hermosas. Luego al norte una cuadra, al este otra, al norte otra, al este otra y nuevamente al norte, no hay pierde. En el camino me encontré a un pequeño personaje con cara de calavera sobre una pequeña moto chopper, casi vi las llamas que desprendían los neumáticos. Ahí leí, detrás de aquella casa imaginaria, escuchando el susurro de una pareja que el árbol escondía y los sonidos de las gallinas en la barranca. Peyote fractal, Chéjov platicadito, y varias frases que consideré rescatables: aquel delicado instante en que tus principios se vuelven tus últimos.

Después regresé al centro, debía realizar unos pagos, cosa que no hice porque ya habían terminado de armar el escenario en el centro, y, si esto no lo convence de que éste es un valle surreal no sé qué lo hará, habían colocado un cuadrilátero de lucha libre. Eran como las siete de la tarde y en realidad yo me dirigía al baño, pero la voz del presentador gritando Lucharán de dos a tres caídas sin límite de tiempo, con relevos sencillos… me hizo adueñarme de un lugar, además que era la primera de las luchas. Según recuerdo fueron cuatro luchas, mas siento que se me escapa alguna. Grité leperadas a los rudos como hace tiempo no lo hacía, y vaya que los de la última pelea sí eran muy rudos.

En la primera lucha arrojaron hasta mi lugar a un luchador llamado Aaron el hermoso, que era un personaje puñalesco como abundan en las luchas, para divertimiento de los presentes hizo la pantomima  de abrazarme y propinar un ósculo en mi mejilla izquierda, supe que no había sido uno de los mejores lugares para mirar las luchas, al frente, en primera fila. Ganaron los técnicos. En la segunda hubo hombres y mujeres (parejas), el público verdaderamente se encariñó con Zeta, que, lamentablemente, al final sufrió un accidente al caer mal y fue trasladada en camilla; en esta lucha, cuando el rudo intentó volar sobre la tercera cuerda, sus pies se atoraron y aterrizó de una manera muy aparatosa, para su fortuna ganaron los rudos.

La buena fue la lucha final: tres técnicos contra tres rudos en relevos australianos. Si los primeros interactuaron de cierta manera con el público, estos últimos se ganaron la noche, los rudos maldijeron a esta cuna de grandes artistas, tergiversaron el nombre, los (nos) ofendieron, y hasta agarraron a las mascotas de los presentes para aplicar llaves, acto que le ganó el odio y las lágrimas de una pequeña al luchador llamado El Perro, que al final resultó verdaderamente adolorido.

Quizá después les cuente más sobre las luchas, o sobre las lecturas en aquel lugar, las caminatas, hoy ya me explayé demasiado con estas líneas que tenía muchas ganas de compartir con ustedes. Caminen mucho, nunca se sabe qué se podrá encontrar a la vuelta de la calle. Nos vemos, muy importantes lectores.