La procesión del silencio

Lo he visto muerto y he caminado detrás de él. Sus ojos, callados, tibios, oscuros, observan un camino que a lo lejos la hierba estrecha. Serán las débiles plantas las que guarden los pasos que damos en estos momentos. Habrán llegado, otros, más lejos, no lo creo. La procesión del silencio comienza desde dentro, dentro de mí.

Las palabras, casi todas, se cubren el rostro, y las que no lo hacen muestran el rictus del gato, que parece cuestionar sólo para hacernos sentir mal por nuestra ignorancia; se van y sus espaldas se hilvanan en una fina hebra que halarla la rompería para siempre. Son caminos cerrados. Caminos que se recorren a diario y que un día, sin avisar, su suelo explota. Intransitables.

Y luego somatizas. Una por aquí, otra más allá; las palabras te pinchan por dentro. Te escriben párrafos enteros bajo la piel, argumentos, diálogos, te delinean personajes, sufres sus problemas, comienzas a hablar como ellos. Te conviertes tú en su tablilla de boj. Silenciosas protestan su estadía. Y tú, como un ciego que no comprende aquel braille, lo ignoras. Lo atribuyes a todo, y todo se resume en diferir.

Te acuciarán. Ellos, los otros, quién sabe si tú, y el término perentorio tendrá la misma cara peluda de aquel gato. Ahora es la hora. Una hora que ha perdido sentido, todo sentido; un minuto más dentro de los minutos perdidos dentro del reloj. El goteo de los segundos es exactamente igual al anterior, y al que le sigue, y la sorna dibujada al carbón en un maldito número no tendrá ya mayor importancia.

Qué manera de aherrumbrar el sueño.

 

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