Proclividad a la minucia (teoría de la publicidad de los sentidos)

De los sentidos el más íntimo es el gusto. Lo descubrí ayer en el camión, mientras escuchaba una canción del que pudiera ser el más efímero de los amores: un hombre cuya diosa es del signo libra (aunque él acepta que ése es el único dato que tiene de ella, implícitamente dice que también es una malagradecida con pocos atributos destacables). Nadie, a no ser por coacción, puede colocar dentro de la boca del otro algún sabor, bueno o malo, sin su permiso. Bastaría con apretar los dientes para impedir la invasión. Pongo como ejemplo a aquellos niños cuyos padres los obligaban a tomar alguna emulsión, y que para lograr su cometido tenían que colocar un par de dedos de tal modo que las narinas del niño se cerraran, para luego acercar cuidadosamente la cucharada tratando de no derramarla. Imagen nada bella. Además, mantener los dientes juntos aseguraba la llegada de un noventa por ciento menos de emulsión, todo niño lo sabe.

Por el contrario, el sentido más público es el oído. Pero pongamos un orden, y, claro, expliquemos el porqué de tal aseveración. Comenzamos por el gusto, seguido de la vista. La vista tiene como privilegio dos pliegues de piel y la capacidad para desviarse. Sería tan sencillo como cerrar los párpados (que no los ojos) para dejar de ver una imagen poco atractiva, e incluso sería menor el esfuerzo si solamente moviéramos el globo ocular hacia otro lugar, claro, en caso de que esta segunda opción fuera posible. Porque todos recordaremos —miento cuando digo todos, pero que no sea la palabra mentir un obstáculo para que usted continúe con la lectura de estas líneas, miento siempre, como muchos otros, sólo que yo lo declaro, mentiría si no lo hiciera— aquella escena donde el Alex DeLarge de la película de Kubrick se ve impedido a cerrar los ojos o apuntarlos hacia un lugar fuera de la pantalla de cine. Sin embargo, creo que muy pocos nos veremos en una situación parecida.

Quiero dejar bien claro que este mínimo tratado sobre los sentidos omite deliberadamente aquellos aparatos que podrían llegar a interferirlos, tal es el caso de los audífonos, islas portátiles;  las gafas, minimización de la máscara, o alguno semejante. Los evito para poder continuar:

El siguiente sentido es el tacto. Más público que la vista, pero menos que el olfato. No hay manera de huir de un roce inopinado. Desde la incomodidad de viajar en el transporte público a la misma hora que lo hace la mayoría de la ciudad, hasta el golpe en el dedo meñique del pie, pasando por la sorpresa de encontrar aquello que se busca justo por sentársele encima, el control remoto o mando a distancia, por ejemplo. Habrá aquéllos, también muy pocos, como Víktor Zokas, alias “Renard”, villano de James Bond en su aventura titulada The world is not enough, que gracias a un pedazo de plomo alojado convenientemente en su cerebelo, está impedido a sentir dolor, y, por consecuencia, tampoco sabe cuando lo tocan (apuesto a que, de no haber muerto, se habría frustrado hasta el límite de la frustración a la hora del sexo). No obstante, siendo cuidadosos podemos evitar sentir cosas que no nos agradarían. Me gustaría poner como ejemplo el dolor, pero todos sabemos que existe quien lo busca y quien lo goza.

En penúltimo lugar se mantiene el olfato. Quién no se ha visto sorprendido por un efluvio que se ha abierto paso a través de los vientos hasta nuestras narices. Desde las fragancias hasta los hedores, no podemos hacer nada contra ellos hasta que los tenemos dentro de nosotros. Abrimos ventanas, prendemos ventiladores, nos tapamos la nariz, prendemos inciensos y hasta dejamos de respirar. Sin embargo, como se ha visto, es más difícil apartar este sentido de la publicidad que se le ha conferido. Mas no hay sentido más público que el oído.

Algunos podrán refutar lo que con poco más de seiscientas palabras he dicho aquí. De hecho los invito a que lo hagan, no sin antes intentar la abstracción de cada uno de sus sentidos. Les aseguro que el más difícil de todos, el que mayor oposición presente, será el oído. Lo descubrí ayer, en el camión. Durante hora y media tuve que soportar las canciones que el chofer quería escuchar. Y ustedes saben, todos lo saben, que los conductores del transporte público (foráneo, en este caso, así le llaman aquí) tienen gustos musicales muy particulares, muy semejantes entre ellos, pero disímiles al público cautivo que mueven de un punto a otro. Así tuve que enterarme yo de la minúscula historia de amor de un vendedor de recuerditos, que se ve perdidamente enamorado de una joven del signo libra. Vaya proclividad a la minucia (y todavía exige con sus insoportables falsetes, que si llegamos a verla le digamos que él se quedó llorando, así que si usted es una dama de signo libra, no se sorprenda si en la calle alguien, después de conocer su horóscopo, le reprocha su falta de sensibilidad). La forma más sencilla para evitar oír es taparse los oídos con las manos o con los dedos, pero en una sociedad como la nuestra hacer esto en público genera suspicacias. Además, la mayoría de nosotros hemos visto perturbado el sueño a causa del chirrido del grillo, la chicharra, y más específicamente del zancudo, del mosquito. Maldito insecto del demonio, vil, miserable, irrespetuoso. Es por esto que el oído es, sin lugar a dudas, el espacio más público de nuestros sentidos, el lugar del cuerpo cuyo control escapa a nuestras posibilidades.

Podría nombrar otros ejemplos para dotar de mayor verosimilitud a esta elucubración, pero prefiero despedirme con una frase del villano de James Bond al que aludí hace algunos párrafos, y de quien, al parecer, me olvidé sin más:

No hard feelings Mr. Bond, but we’re even. Soon we feel nothing at all!

Víktor “Renard” Zokas

Anuncios

Sitibundo

Hay debajo de este escritorio, desde donde escribo estas sencillas palabras, una moneda. Pequeña y barata, está ahí desde no sé cuánto tiempo, esperando a que la levante y la gaste, no aspira a más. Pero yo la he dejado. La miro con cierta displicencia (como si tuviera más de ella en algún lugar fuera de su vista), y a menudo busca el momento para recordarme que sigue ahí: lista para ser canjeada. Es claro que no conoce su valor pecuniario —como ya dije antes: es barata, es de a peso—, porque me ha llegado a reclamar, como si yo pudiera hacer de ella gran cosa.

Hace unos minutos, después de descalzarme, la sentí con la planta de los pies y la recordé. También recordé esas veces, que no son pocas, en las que hace falta el cambio, el efectivo, la morralla, por ejemplo las grises mañanas en las que llegan hasta la puerta de mi casa los vendedores de garrafones de agua. Ellos, hombres que viven desde temprano, desconocen que la noche es larga y que mi madrugada está peligrosamente cerca de su rutina, por lo tanto atacan mi puerta —negra, con cuatro ventanas de vidrio rugoso que impide ver más que las siluetas— como si yo hubiera dejado una botella de mar (en su mar de agua potable) donde, con palabras conmovedoras, les anuncio en un pequeño rollo de papel que estoy sitibundo y que por favor hagan todo lo posible por despertarme de mi marasmo por deshidratación. Entonces ellos, estentóreos, y yo, duermevela, nos encontramos en un limbo donde ellos, abstraídos en su líquida tarea, y yo, desandando el hilo de Ariadna, intentamos comunicarnos.

Mis sueños son caprichosos, estoy seguro de que es un castigo por extender la vigilia a veleidad, y por ello mismo, se vengan de mí de esa manera. Es un toma y daca en el que yo obligo a la conciencia a trabajar horas extras, y ellos, los sueños, se entreveran con la realidad para imposibilitarme el despertar. Y me ha pasado en varias ocasiones, con resultados infelices: duermo, estoy dormido, entonces suena el despertador porque tengo que tomar un camión dentro de hora y media, y en algún momento mi yo onírico despierta antes que mi yo físico y apaga el despertador, luego se queda quieto, sentado a un lado de la cama, y me hace soñar que ya voy rumbo a la central camionera, que ya estoy a bordo del camión, o que ya estoy en mi destino. Hasta ese punto su crueldad, hasta ese extremo su perversidad.

Yo no soy así. En realidad lo que hago es involuntario. He escrito antes que la madrugada es quien reclama, que es ella la que recorre las crujías y verifica que cada uno de nosotros —los exiliados de la mañana— le demos vuelta al mundo desde su lado oscuro. No la contradigo, es imposible hacerlo. Cuando sus tacones se escuchan a lo largo del pasillo, sabemos que pronto aparecerá ella con su vestido entallado largo y oscuro, sugerente, y que con cada uno de nosotros repetirá el mismo ritual: mirar fijamente luego de apartar hacia sus mejillas el mechón de cabello negro que cubre sus profundos ojos, esbozar una sonrisa intrigante, insinuar una larga compañía, y luego dejarse caer sensualmente en los brazos de uno para que hagamos con ella lo que nos plazca —se alimenta de fantasías, sueños, anhelos, así es como en realidad las antípodas cumplen su periplo; de día es más sencillo hacerlo, aunque mi conocimiento en el tema es ambiguo y superficial, así que prefiero no hacer declaraciones en ese rubro.

Por eso yo no sé por qué mi ensueño se ensaña: yo no tengo la culpa. Por eso hay semanas en las que tengo que sobrevivir con el mínimo líquido posible, porque no sé cuándo podré abrir la puerta de nuevo para recibir el garrafón de color rosado. Por eso no recojo la moneda, porque sé que seguirá ahí en la realidad, que mi sueño no la conoce, no la ha sentido con la planta de los pies, no sabe cuál cara muestra. En algún momento podré levantarla del suelo, alejarla de su sueño de convertirse en un zahír, para dejarla cumplir su objetivo junto con un puñado de monedas similares y permitirme no morir de sed.

moneda

Por qué no soy pez

Si fuera pez no me preocuparía la humedad. No rasguñaría la noche imaginando el nuevo lugar donde se ha colado el agua, a través de la azotea, por entre las paredes, justo en las esquinas de la habitación. Tendría una pecera y estaría siempre mojado. El diluvio de hoy significaría una oportunidad para realizar sin demasiados problemas ese inconcuso plan que he postergado: regresar a las grandes aguas. Esperaría a que todo se inundara (falta poco) y saldría de la pesera dando un salto que haría palidecer de envidia al más virtuoso delfín. Ya afuera todo sería más fácil, dejarme llevar por la corriente.

Las frías gotas no me harían encorvar la espalda y caminar más rápido, caerían justo encima de la fina película que al contacto las acoge sin llegar siquiera a lastimarme. Y ahí me movería yo, como un pez despreocupado. Pero no tendría manos, y no podría limpiarme los ojos cuando una partícula de polvo en el agua dificultara mi vista. Pero no necesito ver hacia donde voy. Cerraría entonces los ojos, y a mansalva esperaría a que todo sucediera. Así de infalible es el plan, dos pasos: brincar y esperar.

No estaría aquí, con el olor de casa vieja y olvidada recorriendo mi nariz, no tendría nariz. No tendría tampoco oídos. El pertinaz sonido que las violentas gotas producen al chocar contra las láminas sería imperceptible para mí, nada desasosegador. Ni ojos, ni manos, ni nariz, ni oídos, pero tendría boca. Una boca pequeña, apenas lo suficientemente amplia como para dejar pasar las sucias láminas de alimento que una vez al día deja caer ese par de gusanos que se posan sobre mi pesera. Tendría boca y de vez en cuando la abriría para probar qué tanto me he alejado de mi pesera, y cuán cerca estoy de las grandes aguas, que no sé dónde están, pero estoy seguro de que cada gota —excepto las de mi pesera— llega a ellas, y yo estará ahí, flotando con rumbo al triunfo.

Quizá me encuentre otro pez. Aunque pensándolo bien, existe la posibilidad de que sea más grande, más astuto, y que lleve la boca abierta por si se encuentra a uno como yo: con la lisura causada por la pesera en mi imbricada existencia. Entonces no. Pero eso es si yo fuera un pez, y no lo soy.

O no lo sé.

Es tanta la humedad. Son tantas las gotas que destruyen la casa. De repente el color de la pared se vuelve más oscuro en algunos lugares, luego se dibuja lenta una línea que la recorre verticalmente. Es como si a las paredes de la casa le brotaran unos ojos que lloran, cuyas lágrimas se pierden detrás de los muebles, del olvido. Entonces hay que mover los muebles, la casa no dejará de llorar: advierten las láminas.

 

Como tahúr frente a la mesa

Hoy es el último día de julio del año 2013. Es 31, y apenas comienza: una hora con cincuenta y cinco minutos ha transcurrido de él. Cincuenta y seis.

Dentro del lugar en el que pienso transcurren varias imágenes que intento hacer públicas de una manera indescifrable, como para curarme en salud y decir en algún momento de mi existencia: “¿ven? Ya lo había dicho”. Pero ahora, estimado lector, no encuentro la manera de trazar el laberinto sin sentirme verdaderamente desnudo.

Usted sabe que mis palabras son sinceras —yo: no sé, si me ha leído antes sabrá por qué lo digo—, tan sinceras consigo mismas que negarles lo que han dicho las convertiría en fanáticas religiosas, indoblegables.

Creo que una de las razones por las que no puedo encubrir mis intenciones, es porque ustedes, lectores, son parte esencial de lo que quiero compartir hoy. Son sus ojos un aliciente de mis líneas (¿qué sucedería si en lugar de líneas fueran curvas?). Han sido ustedes testigos de algunos de mis momentos de creación, algunos otros los he guardado, más que nada ficciones, y es ese rubro —las ficciones— el que me ha llevado a obtener un estímulo a la creación, lo que significa que durante los siguientes doce meses seguiré haciendo lo que me dicta la voz ajena, pero esta vez retribuido.

Esto no quiere decir que los abandonaré, sino todo lo contrario, estaré más al pendiente de ustedes mediante Desnúdate y haz un ritual.

Así que desde este momento agradezco a todos ustedes, a sus ojos, a sus intenciones —buenas y malas—, a los panfletistas, por orillarme a continuar en este camino que he recorrido desde hace más de diez años.

Somos

Somos los rotos, los descosidos, los deslavados

Somos las sombras, el lugar donde encorva el viento

Los muertos latentes, la memoria que no permanece

Columnas de humo donde los ojos no se detienen

 

Somos la indescifrable razón de lo imposible

El hueco, lo llevado que no se extraña

Somos dos que se encuentran en lo perdido

Somos los matices de los recuerdos

 

Cerámica rota y pegada, la carta arrugada

Eso somos, y poco menos

Un maullido en la soledad detrás de la puerta

Somos la banca tímida que visita el tiempo

 

Somos los del ceño fruncido, la mirada gacha

El sitibundo deseo nocturno, la noche incompleta

Somos el suspicaz asentir, la palabra escondida

La mirada irrefrenable que descubre las grietas

 

Somos la justa desnudez, los que anhelan

El dolor que no se atiende, la hora terca

Somos la imposible soledad

Somos la atracción abisal a la imposible soledad

La infinidad de razones sin proferir

A veces —siempre es bueno empezar con algo así, por ejemplo escribir: siempre, nunca, algunas veces, a menudo; te delimita, mantiene la mente dentro de un universo finito, y para alguien como yo, cuya voz interior se mantiene en digresiones, es recomendable.

»y luego nada.

»Pasan los minutos, y claro, hay métodos, pero no es bueno acabárselos todos en una noche, mejor ser paciente, ya llegará el momento, ya caerá el alud, porque existe, está ahí arriba, te mira, te estudia, indolente. Existe una infinidad de razones sin proferir, demasiadas razones, sin duda, tantas como palabras hilvanadas sin sentido, sin sentido digamos… colectivo. Así como palabras propias, palabras ajenas. Por ejemplo, habrá quien jamás utilice la palabra Honestamente, sin que eso quiera decir que es deshonesto; no es necesario comenzar una frase con ella, es una palabra de aquellos que creen que en algún momento de sus vidas sus acciones han hecho que sus palabras pierdan la honestidad. Habrá, también, quien se detenga a analizar qué más contienen las palabras además de honestidad, y quizá llegue a un punto en el que descubra que nada más, que simplemente no hay palabras deshonestas. Habrá acciones, probablemente, mas no palabras.

»Una de esas razones es maniatar. A lo largo de nuestra existencia, habrá quien la catalogue como fugaz, caminamos por lugares y dejamos de caminar por otros. Costumbres. Las razones para dejar de caminar por ciertos lugares son, igualmente, demasiadas. Con las palabras sucede lo mismo. Aclaremos un punto, utilizo la palabra Palabras, porque tiene mayores oportunidades que la palabra Letras, aunque menos que Frases (cuyas formas son verdaderamente inconmensurables); explicación que no viene de más, ya que en un día cualquiera es mayor la cantidad de personas que utiliza la letra E, al número de personas que utiliza la palabra Verdaderamente, y mucho mayor a las que usan la frase Verdaderamente inconmensurables. No pretendo comenzar con esto un discurso que intente hacer sentir bien al lector, instigándolo a proclamarse como un ser único solamente por utilizar una frase cualquiera, mi propósito dista de eso. Propósitos y razones.

»y luego nada.

»Faltan varios minutos para que hagan ruido las golondrinas. Digo Ruido y no Canten porque eso hacen: ruido. Habrá quien les escriba poemas y canciones a tan odiosos pájaros, yo no. A mí me desagradan ellos y los demás pájaros ruiodosos, en especial los gallos. Creo que caminaré un poco por los caminos que he abandonado, por aquellos senderos que las ramas de los árboles han vuelto oscuros; sé a dónde van— … no sé qué escribir.

Un mundo más animal

Me gustaría vivir en un mundo cada vez más animal. El animal es ordenado, exacto; consciente de sus necesidades y sus límites. El animal sabe lo esencial, lo suficiente para vivir en paz. Creo firmemente que debemos cambiar el adjetivo “inhumano”, por “inanimal”, porque de ellos sabemos qué podemos esperar, en cambio, el humano ha desvirtuado sus acciones de tal manera que aquello que llamamos inhumano es, en realidad, lo que lo identifica como tal.

El humano desconoce sus límites, porque los rebasa a cada instante, lo que lo vuelve incompleto, insatisfecho. El animal tiene la calma de su parte, la paciencia que incluso desafía a la evolución. Espera, sabe esperar.

El humano, inanimal como él solo, gasta gran parte de su tiempo y energía pensando cómo deshacerse de él mismo, de sus menos semejantes. El animal procura su supervivencia, sabe de quién cuidarse y lo respeta. El animal tiene dentro de sí mismo el conocimiento entero de su ser: sabe qué hacer cuando necesita algo, si está herido, si está preñado.

No hay animales humanos, vaya ofensa para ellos, pero sí existe quien señala al humano como animal. No menosprecio con esto a la planta, que es en suma más dócil que cualquiera de los anteriores; no intento con esto desprestigiar al humano, que también en ello está por conocer sus límites, lo que busco es animalizar a unos cuantos (mas no embrutecer, como señala el inanimal diccionario).

Animalizarse es grato. Inténtelo.