Tenía que ser una segunda parte (dentro de la Casa Arreola)

Recuerdo la primera vez que leí Las batallas en el desierto como si hubiera sido ayer. José Emilio Pacheco se me presentó póstumo. Caminaba entonces por aquellas calles color sepia de la ciudad, justo frente a catedral, y sobre los adoquines incompletos que intentan darle a este lugar una imagen diferente —empezaron antes de octubre, ahora es enero y todavía no concluyen su remozamiento—. Decidí entrar a la biblioteca “Juan José Arreola”, y leer el libro. Quién lo diría, yo leyendo al amanuense de Arreola en ese lugar, en esa ciudad, en ese día.

Eran aproximadamente las seis y media de la tarde. En la entrada de la biblioteca una mesa ofrecía los libros de José Emilio Pacheco: Las batallas en el desierto, El principio del placer, Poesía completa, y uno más de poesía para niños y jóvenes. Caminé hasta el lugar donde deberían estar los demás. Encontré el lugar vacío, apenas otros dos, así que decidí tomar Las batallas de la mesa y leerlo cerca de una ventana. No firmé el libro de visitas, últimamente me hace sentir mal al llegar a la parte que dice ocupación.

Las batallas en el desierto me sensibilizó. Me sensibilizó con la belleza, con la muerte, con las pequeñas gratitudes de la vida, y me hizo recordar mi infancia, el primer amor imposible de un niño. José Emilio Pacheco escribió alguna vez que a su entrada al infierno, cuando los demonios le pregunten: “Y usted, ¿qué fue en la vida?”, podrá responder con orgullo: “Fui amanuense de Arreola”. Seguramente le preguntaron eso, pero en el cielo de las letras.

La historia detrás de esta frase es increíble. El mismo Pacheco la cuenta con unas palabras dignas de releerse, como todo él. Arreola había recibido un pago por adelantado por un libro que debía escribir: Punta de plata. Sin embargo, el término perentorio llegó, Arreola tenía lo mismo del libro que del adelanto: nada. La editorial señaló una nueva fecha de entrega, y Juan José Arreola, a una semana de ese día, seguía en las mismas: la tinta y el papel no podían consumar su relación.

Pacheco, en su escrito, infiere el bloqueo del escritor, y narra la angustia por la que pasaba Arreola: “Mientras más perentoria es la urgencia de entregar un texto más imposible se vuelve el sentarse a escribirlo”. Y justo esa semana, la última antes de que los abogados le exigieran a Arreola devolver el adelanto, José Emilio lo visitó en su casa, lo hizo recostarse en su catre, sacó papel y pluma —una Sheaffer—, y le pidió que le dictara el libro. De acuerdo con Pacheco, el primer animal que subió al libro fue la cebra:

“La cebra toma en serio su vistosa apariencia, y al saberse rayada, se entigrece. Presa de su enrejado lustroso, vive en la cautividad galopante de una libertad mal entendida”.

Y el último:

“Para el macho que tiene sed, el camello guarda en sus entrañas rocosas la última veta de humedad; para el solitario, la llama afelpada, redonda y femenina, finge los andares y la gracia de una mujer ilusoria”.

(No sé si me pueda meter en problemas, pero compartiré con ustedes durante lo que queda de enero y febrero, el texto escrito por José Emilio Pacheco, para leerlo da clic aquí: “José Emilio Pacheco, el amanuense de Juan José Arreola”.)

Sin embargo, la historia que quiero contarles comienza una semana antes, un día domingo dentro de la casa que imaginó Juan José Arreola —es posible que usted, muy apreciado lector, encuentre en este breve texto el nombre de este escritor zapotlense tantas veces como José Saramago escribió Tertuliano Máximo Afonso en su libro El hombre duplicado. No sé por qué, pero a veces los nombres se clavan en la médula del escrito y demandan su presencia; no es cosa mía.

Era un domingo a las nueve de la mañana. En la Casa Taller Literario y museo de sitio “Juan José Arreola” —como se le conoce ahora— un grupo de aficionados a la fotografía esperaba con ansias un seminario impartido por un profesional. Vanzini algo, o algo Vanzini, era el nombre del fotógrafo regordete que se jactaba de haber tomado fotos todas sus fotos con flash —no me haga caso, no me acuerdo de qué se jactaba, pero sí recuerdo que era regordete, tenía una graciosa barba y llevaba una camisa roja con un chaleco encima; hombre de pocas palabras—. Yo estaba ahí por casualidad, la inscripción al seminario la pagó un amigo a quien una semana antes tomé varias fotografías: era la manera en que me agradecía.

Debo decir desde ahora que el seminario resultó decepcionante. El hombre de camisa roja y chaleco resumió todo de la siguiente manera: “Soy fulanito de tal Vanzini, tengo esta cámara, estas sombrillas, y ahora vamos a tomarles fotos a unas chicas”. En lo que recogió su equipo nos dejó con una presentación de diapositivas de sus fotografías de estudio, ya sabrán: niñas en traje de quinceañera, familias enteras en poses incómodas, y retratos con transparencias en blanco y negro que me hacían pensar seriamente que ésa fue la última fotografía de aquellas personas.

Desde las diez de la mañana hasta las tres de la tarde los aficionados se dedicaron a seguir al barbitas cual flautista, quien se limitaba a hablar y acomodar a las chicas, sin explicar una sola cosa de su trabajo. En fin, yo estaba dentro de aquella casa y tenía que aprovechar el tiempo, así que hice lo siguiente:

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El estudio de Juan José Arreola en Zapotlán el Grande

Arriba vemos el estudio de la casa, no es difícil imaginarse a Arreola sentado frente a ese escritorio. Aquí, al frente, está una gran mesa lustrosa, es de madera y justo en medio tiene un tablero de ajedrez, conocida afición del creador de La feria. 

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Una vista del museo de sitio.

Además de conservar muebles, fotografías y otros objetos personales, la casa lleva en sus entrañas un museo de sitio donde se exponen las ediciones en varios idiomas de los libros de Arreola, su ropa, máquinas de escribir, tableros de ajedrez, y manuscritos. Esta parte de la casa fue remodelada recientemente.

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Un par de fotografías, en su juventud, y con sus nietos

Arriba vemos un par de fotografías que se encuentran encima del gran mueble de la primera imagen que les presenté.

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Parte del patio de la casa del escritor

Dentro del terreno de la casa, Juan José Arreola colocó grandes jardines que han sido adornados con esculturas de otro artista de la región, aquí le llaman Tijelino —no me pregunten cuántas hay, cada vez que visito el lugar encuentro alguna más—. Su casa es un contraste con la de los vecinos: casas lujosas, enormes, de dos o tres pisos en la ladera de un cerro cubierto de árboles, desde donde se tiene una vista privilegiada de este valle surreal. La casa de Arreola también es grande, pero más parece un sueño que un lujo. Tiene lugares escondidos, escaleras minúsculas que se pierden en sótanos desconocidos. Alguna vez me contó alguien que el mismo Arreola los había diseñado así para huir de las personas que lo visitaban y que él no quería ver.

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Parte de los jardines de la casa

De nuevo podemos ver las esculturas, algunas de ellas tienen péndulos y partes que se mueven, los visitantes pueden interactuar con algunas cuantas.

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Manuscrito de Juan José Arreola

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Una de las ventanas de la casa

 

 

 

 

 

 

 

 

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A todo blog le llega su día

Un día sucede a otro, y juntos hilvanan semanas que completan meses y crean años. Los años se cuentan por montones, montones de  cinco, de seis, de diez. La gente lo llama “cumplir años”, como si se tratara de una tarea —ardua, en algunos casos, amena, en otros pocos— que no debería exentarse.

El día de hoy cumplo. En realidad el día de ayer, 19 de enero (hace apenas unos minutos), pero ustedes sabrán que mi día permanece hasta el momento en que me quedo dormido, sólo entonces cambia a uno nuevo (que se vayan a freír espárragos los peemes y aemes). Cumplo cinco años.

¿Quién cumple cinco años? Yo, el renglón seguido que, a través de este amanuense, elucubra y se duele de la ausencia, de las guerras perdidas, de la imposible soledad, de este mundo que nos trata como Macario a las ranas. Cinco años de existir encerrado en esta jaula de palabras, de hacer malabares con un poco de suerte. De barbechar.

Cinco años, un lustro de máscaras. Y yo aquí: recordándolo todo, los meses fríos, las mudas, las dosis de madrugada, y sobre todo el instante ajeno, acuciante.

Para despedirme por el día de hoy podría prometer varias cosas, pero mejor espero cumplirlas pronto. Mientras tanto, esperen próximamente la segunda parte de la visita guiada por la casa de Juan José Arreola; ahora sí será por dentro, ya tengo las ilustraciones.

candado Desnúdate y haz un ritual

No miento

Nota del amanuense: a riesgo de que me digas que lo he echado todo a perder: que sea un buen año de palabras ajenas y dictados trasnochados.

Quisiera ser perro

Quisiera ser perro un par de días y regresarte un poco de ese amor que siempre me diste. Ladrar contigo, correr contigo, marcar juntos un par de llantas y la casa del vecino, luego todos los postes. Pero sé que no puedo, y que el honor de ser perro no es algo que se pueda pedir.

Chubi Dubi, mi perro hermoso, adiós por siempre a tus ojos negros.

Chubi Dubi

10 de diciembre, 2010 – 7 de diciembre, 2013

El estigma onomástico de Jesús

Podría pensar usted, muy apreciado lector, que el título de este texto es totalmente religioso. Y tendría usted más argumentos a su favor si añade a sus suspicacias el título del texto anterior —La procesión del silencio—, pero permítame explicarle. Ni yo sé de qué se trata el texto anterior, y éste… bueno, éste apenas comienza.

El estigma, la marca de nacimiento, la sombra —pegada al cuerpo, mas no parte de él— de Jesús, es una experiencia personal de no pocas personas. No me refiero a las marcas sanguinolentas en las palmas de las manos —ahí donde frotar en la palma ajena sugiere uno de los vicios concupiscibles—, tampoco a la propensión al mesianismo, sino al segundo nombre.

El dato personal más público es el nombre. Constituido, normalmente, de un nombre, segundo nombre y un par de apellidos. Existen familias sensatas que pasan por alto el segundo nombre, otras  tienen una costumbre urobórica hacia esta arma de dos filos. Si bien los padres, en una decisión que más bien parece un juego de azar, eligen cuidadosamente el nombre del nascituro, esto jamás asegura un futuro gusto del neonato con su primer tatuaje.

Y así como son los hijos en sus primeros años, que reniegan de todo, ingratos, insensibles, una posibilidad muy grande es que terminen por aborrecer alguno de sus dos nombres, en caso de los hijos cuyos padres —en algo que todavía no logro calificar como buena voluntad o saña— hayan decidido legar la oportunidad, avant la lettre, de elegir aquel nombre que le agrade más (agradable al oído, semejanza con alguien que se admire, facilidad para pronunciarlo, por su poco uso, etc), o en su defecto: que cause menos aversión (menos anticuado o cacofónico).

En casos sencillos, aquellos que no causan en la persona la necesidad de escribir párrafos como estos, el neonato llega al mundo con un nombre como: Juan Manuel, Ana Lucero, Eva Alejandra, José Antonio, nombres que no causan mayor dificultad. Otros casos son ásperos: Brayan Guadalupe, Yesenia Jamilé, Whylyan Joel, Olaf Jehosafat, Jennifer Escarlet, por nombrar algunos. Antes de continuar debo decir que los nombres fueron generados al azar, así que cualquier semejanza con la realidad no deberá ser tomada como afrenta.

En el primer caso basta con resignarse y optar por uno de los dos, en el segundo caso siempre pueden aplicar los apodos, los diminutivos, silbidos, hasta chistar es mejor.

Pero hay un tercer caso, que merece un tratamiento aparte, y son los ‘de Jesús’. Concebidos en familias religiosas, los de Jesús parecen formar una legión de pesarosos. Habrá aquellos que ostenten esta huella inmarcesible, otros que más les valdría haber nacido con un solo nombre. Es fácil identificarlos: se les ha dado parte de una cruz de hace casi dos mil años. Cada uno de ellos sabrá de memoria la retahíla de razones por las que ese nombre llegó hasta su acta de nacimiento, ninguna convincente.

Felipe de Jesús, María de Jesús, Jesús de Jesús, son gente que vaga por el mundo con una incógnita sobre sus hombros. Esta duda, cuya cumbre se presenta en la postrimería, crece en medida que se descubre que en el mundo —en éste— existen diferentes religiones.

—Qué haré yo con ese nombre —dicen para sus adentros— si al morir me recibe Mictlantecuhtli.

Sin nombrar a los Odín de Jesús, o a los Anubis de Jesús, ésos sí no sé qué destino tendrán, ni en esta vida ni en ninguna otra. Sirva esta línea para terminar el texto: si usted es de Jesús, recuerde que por ahí, en este mundo tan grande, existe una Yesenia Yamilé, o un Whylyan Joel, y piense: siempre pudo ser peor.

La procesión del silencio

Lo he visto muerto y he caminado detrás de él. Sus ojos, callados, tibios, oscuros, observan un camino que a lo lejos la hierba estrecha. Serán las débiles plantas las que guarden los pasos que damos en estos momentos. Habrán llegado, otros, más lejos, no lo creo. La procesión del silencio comienza desde dentro, dentro de mí.

Las palabras, casi todas, se cubren el rostro, y las que no lo hacen muestran el rictus del gato, que parece cuestionar sólo para hacernos sentir mal por nuestra ignorancia; se van y sus espaldas se hilvanan en una fina hebra que halarla la rompería para siempre. Son caminos cerrados. Caminos que se recorren a diario y que un día, sin avisar, su suelo explota. Intransitables.

Y luego somatizas. Una por aquí, otra más allá; las palabras te pinchan por dentro. Te escriben párrafos enteros bajo la piel, argumentos, diálogos, te delinean personajes, sufres sus problemas, comienzas a hablar como ellos. Te conviertes tú en su tablilla de boj. Silenciosas protestan su estadía. Y tú, como un ciego que no comprende aquel braille, lo ignoras. Lo atribuyes a todo, y todo se resume en diferir.

Te acuciarán. Ellos, los otros, quién sabe si tú, y el término perentorio tendrá la misma cara peluda de aquel gato. Ahora es la hora. Una hora que ha perdido sentido, todo sentido; un minuto más dentro de los minutos perdidos dentro del reloj. El goteo de los segundos es exactamente igual al anterior, y al que le sigue, y la sorna dibujada al carbón en un maldito número no tendrá ya mayor importancia.

Qué manera de aherrumbrar el sueño.

 

El estómago y la escritura (teoría del vacío lineal)

Justamente ahora, en mitad de la noche —mi noche— llegó a mi cabeza, entre muchas otras, la idea de una coincidencia entre la necesidad de escribir con la de comer. Pensaba en ello justamente como una pieza recóndita, pequeña y pocas veces activada, dentro de la genética humana. Trataré de ser más claro: como si un estómago vacío activara un mecanismo de supervivivencia en el que, inconscientemente, el cerebro enviara una señal diciendo: “intercambia palabras por comida”.

Y ahora que lo pienso, no detenidamente, sino ipso facto, es posible. Cuántos escritores no se han visto en la penosa circunstancia de pasar hambres sólo porque su vocación no rinde frutos comestibles. Cuántos de ellos han optado por llenar sus entrañas con otras sustancias, digamos alcohol, para matar dentro de sí mismos ese vacío que les quema.

Entonces se escribe, esperando, de algún modo, que esas palabras quiten el hambre. La hoja en blanco como una mesa que está a la espera de la pitanza. No sé muy bien en qué momento se habrá instalado dentro de la genética humana ese extraño desorden, pero habrá de remontarse casi a la creación misma del hombre. En ese momento donde el hombre primigenio cazaba animales con una sapiencia ínfima, haciendo uso de sus pocas habilidades con la roca, que después convertiría en lanza. Pero ahí, en esas manadas tan primitivas, siempre habría aquél cuya facilidad para la caza sería casi nula. Entonces comenzó a desarrollar otro método para sobrevivir, quizá la observación meticulosa que le llevaría a descubrir los escondites de los ansiados animales.

Fue ahí, quizá, donde comenzó a intercambiar un conocimiento por carne. De alguna manera se daba a entender con los fuertes hombres que prestos acudían al lugar señalado, o que seguían las indicaciones de aquél al pie de la letra para evitar la huida de los animales. Luego comenzaría a escribir, a guardar en algo más confiable que la memoria aquellos datos tan estimados. Pasó de las pinturas rupestres hasta la escritura en papel, y luego hasta oprimir teclas inexistentes en pantallas luminosas.

Pero siempre con el mismo objetivo. Esa magia, esa metamorfosis de palabras en alimento. Aunque en este mundo, el intercambio sea cada vez más magro.

Algunos negarán esta hipótesis, y se atreverán a decir que sus razones para escribir son mucho más interesantes, muy alejadas de un instinto animal. Dirán, entonces, que escriben porque la realidad no sólo no los satisface, sino que también los acongoja. Porque cada ficción que escriben o leen, tiene el mismo fin que un puente o que una roca sobre el cauce de un río: evitar que los pies del que cruza se mojen. En este caso se infiere que la realidad, a pesar de ser comparada con el agua, no es tan cristalina ni tan vital.

Pero habrá los realistas, claro, aquellos que no ven a la escritura como un método de escape (de escape de la caza, por ejemplo), sino que además de involucrarse en una realidad que les vuelve piedra el rostro, se empeñan en conservar ese sentimiento en el renglón seguido. Allá ellos.

Yo, desde que escribo con esta libertad, tan lejana al método —quiero creer—, lo hago para divertirme. Disfruto ese dictado inconsciente, y pienso en la siguiente línea como en algo que me dibuje una sonrisa, por leve que sea.

Para sufrir está el mundo.

El hombre duplicado

Más que escribir reseñas acerca de los libros que leo, me gusta platicarlos, contarlos poco a poquito, incluso si no los he terminado. Escribir una reseña después de terminar de leer un libro me parece exagerado, y creo que aquellos que lo hacen sólo buscan epatar, y más si sus reseñas son tan profundas como un plato de cereal, plagadas de frases repetidas hasta el cansancio: “la prosa es muy fluida; un maestro del misterio de capacidades insondables; sabe llevar al lector de la mano por senderos cada vez más oscuros, sin perderlo, sin torturarlo; se nota la influencia de Hengins, parece que ha leído toda la obra de Sullivan Harper” (esta última frase siempre me recuerda al texto “La rana que quería ser una rana auténtica”, de Augusto Monterroso).

El libro, recién leído, provoca en el alma un sentimiento semejante al agua revolcada, la enturbia, la obnubila y la mantiene entre sus páginas durante varios días, semanas, incluso meses. Poco a poco, eso que dejamos dentro del libro logra salir y regresar a nuestro cuerpo. Y nos platica su proeza con la respiración agitada. Es entonces cuando podemos sentarnos tranquilamente y tomar nota para compartirlo después.

Hace algunos meses me encontraba con una monomanía por encontrar el libro El hombre duplicado, de José Saramago. Lo importante aquí, apreciado lector, es que yo no pienso narrarle en muchas menos palabras que las utilizadas por el gran divagador Saramago, la historia de Tertuliano Máximo Afonso, no. Para eso usted deberá conseguir el libro y leerlo. Yo le contaré lo que aconteció en un momento de mi vida donde carecía de ese libro.

Hace muchos años, digamos unos ocho, leía la novela Vida con mi viuda, de José Agustín —si no la ha leído, le recomiendo que no busque las críticas en internet, posiblemente lo hagan desistir—. La historia me pareció interesante, un hombre que encuentra a alguien idéntico a sí mismo. Debió ser años más tarde cuando alguien me habló del libro El hombre duplicado —seguramente después de que le contara acerca de Vida con mi viuda—, y me acució a encontrarlo, que no a leerlo.

Estaba seguro de haberlo visto antes, en alguna de esas librerías que uno visita. Seguramente lo tomé, leí la contraportada, y atraído por la historia decidí dejarlo para regresar por él otro día. Así que traté de recordar los lugares donde posiblemente estuviera disponible. Regresé a algunas librerías, pero el libro parecía esconderse. Digamos que busqué asiduamente durante dos meses, luego me detuve.

La búsqueda era infructuosa, así que decidí dejar pasar la euforia y relajarme. Preguntaría de vez en cuando, en ciertos lugares, si acaso tenían alguno. Ya sabía yo que en el momento en que yo preguntara por él, éste caería detrás del librero y se perdería para siempre; o justo en ese momento la cajera verificaría la existencia de un único ejemplar en otra sucursal, y en el transcurso de un lugar a otro, alguien lo compraría, o el edificio deflagraría.

Con los años empecé a divertirme. Era entretenido preguntar por el libro en cualquier librería, a mansalva de que jamás lo encontrarían. Llegué a sentir pena por aquellos jóvenes tan atentos que aseguran tener alguno y buscan, y buscan, para después regresar con un gesto de incomprensión, como si se les hubiera borrado de la cabeza el número cuatro, y al contar sus dedos de la mano descubrieran seis.

Con sumo cuidado, puesto que desconocía las reacciones que pudiera tener inquirir en ámbitos fuera de las librerías, solté la pregunta a amigos y conocidos. Misteriosamente la mayoría de ellos tenía el libro y estaba dispuesto a prestármelo. A cuatro personas pregunté, tres de ellas respondieron afirmativamente, las mismas tres que, en un gesto que yo tomé como grosería, dejaron de dirigirme la palabra, y que incluso cambiaban de acera al encontrarme por casualidad en la calle.

Habrá sido julio del año pasado cuando tuve la oportunidad de recorrer México desde el Océano Pacífico hasta el Golfo de México. Las librerías de todos los estados que visité, desde Jalisco hasta Quintana Roo, no tenían ni un solo ejemplar. Una sola, en Puerto Vallarta, me aseguró que le llegaría uno dentro de las próximas semanas. Dejé mis datos, y ellos quedaron muy cordialmente de ayudarme en mi búsqueda, de darle fin. Recibí la llamada en septiembre. Lo tenían, pero no podían enviármelo por cuestiones que de verdad no entendí. No obstante, dijeron que lo guardarían ahí para cuando yo decidiera regresar al bello puerto y llevármelo personalmente. Tiempo después, por otras razones, llegué al puerto: el domicilio que me habían proporcionado se encontraba en… bueno, no se encontraba en ningún lugar, pero de haber existido habría sido justo sobre la arena de la playa.

En diciembre asistí a la Feria Internacional del Libro en Guadalajara, iba acompañado por una mujer de bellos ojos grandes que estuvo conmigo durante toda la aventura —y que hasta el día de hoy sigue a mi lado—. Yo sabía que preguntar en aquel lugar sería casi catastrófico. Imagine usted, Santillana se volvería loca al descubrir que, en un descuido, la caja donde se encontraban esos ejemplares se había perdido, lo que se dice perdido (no podría decir “perdido en la bodega”, porque por lo menos habría un indicio para encontrarla). Pero lo hice. Y sucedió: no lo tenían.

Después de haber hecho un reguero de pólvora desde Santillana, la editorial, hasta Gandhi, la librería, una joven del Sótano me miró y aseguró que ahí, justo a unos metros, estaba el libro «dice aquí en el catálogo que trajimos uno». Dio unos pequeños saltos entre los clientes y se perdió durante varios minutos. Regresó con seis dedos en la mano, apenada, sin poder explicarse la razón de lo sucedido. Uno de sus compañeros la miró meditabunda y preguntó la razón de su aflicción. La joven le explicó lo sucedido, «acaban de preguntar por él, pero no se lo llevaron», le respondió él, y con la misma diligencia que ella mostró minutos antes, él regresó a los estantes.

Seguramente el cliente lo tomó, leyó la contraportada, se sintió atraído por la historia, lo dejó en algún otro lugar y pensó en regresar otro día por él. El joven regresó con el pequeño libro entre las manos —era la edición de Punto de lectura— como quien recoge un pájaro herido, y me lo entregó. Lo pagué, lo puse dentro de la bolsa, y días después lo leí.

Ayer recibí una llamada de Puerto Vallarta. Alguien estaba muy interesado en conseguir el libro que habían apartado para mí y se encontraba dispuesto a viajar hasta el puerto si es que yo cancelaba el pedido.

—¿Todavía tienen su domicilio en Bahamas 759? —pregunté.

—Sí señor.

—Cancele mi pedido, por favor.

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