A veces me arrepiento de muchas cosas (antología de mis días)

Desocupados lectores de éste, su humilde blog. El día de hoy vengo a contar lo que sucedió el día de hoy. Quizá a usted no le interese porque, al igual que yo, tuvo un día de 24 horas donde transcurrieron muchas cosas interesantes. Y al decir día no me refiero al momento en que el sol aterriza sobre el asfalto en una ciudad determinada, no, lo explico para evitar ambigüedades. Recuerde que este es un espacio intimista, donde trato de exponer de manera explícita y fantasiosa lo que acontece en este valle surreal.

Este día empezó ayer. Cuando rompí desesperadamente el empaque de un libro nuevo. Existió un tiempo donde yo no entendía por qué la gente lee tantos libros al mismo tiempo. Incluso llegué a pensar que hacerlo implicaría una desatención a uno y a otro, sin embargo, ahora he entrado en ese círculo vicioso involuntariamente. Sí: son lecturas muy lentas, muy largas, pero siempre hay un momento en el día (aún más en la noche) para cada una de ellas. Es un libro que, debido a un tiempo que se acerca estruendoso, consideré oportuno leer.

Ahora que lo pienso más detenidamente, este día empezó hace una semana.

Fue en el momento en que se ponchó una de las llantas de mi motocicleta. Era sábado, probablemente al día siguiente las llanteras se encontrarían cerradas. Por lo tanto dejé mi vehículo en la casa de la dueña de mis horas. Y fue hasta el día de hoy que tuve tiempo suficiente para llevarla con los señores de las llantas. Afortunadamente la llantera no se encontraba demasiado lejos de mi punto de partida, unas seis o siete cuadras, calles más, calles menos. Sin embargo, elegí un mal momento para empujarla hasta allá: bajo el terrible sol que presagia la primavera.

Como podrán imaginar, llegué al lugar en cuestión deshidratado, cansado y con los nervios crispados por los conductores que pasaban peligrosamente a mi derecha. Quizá no tan peligrosamente, pero posiblemente más de uno de ellos tuvo la idea descabellada, sin llegar a cometerla, de hacer algo en mi contra. Está bien, exageré un poco.

Los llanteros, enfadados por la falta de clientes, en un local situado en una esquina, con manchas de grasa en todas las paredes y con llantas en la entrada que servían tanto de distintivo como de asiento, veían un estentóreo programa de televisión abierta más vacuo que mi llanta problemática. Me atendieron rápido, quizá porque una hora antes había llegado a verificar —casi a hacer cita, por si las dudas— que estuviera abierto, quizá porque era el único cliente. Después de mí, cuando ya desmontaban la llanta trasera de mi vehículo azul, llegaron otras dos preocupadas personas.

Las noticias fueron malas, lo supe cuando me dijeron parece que la rodaron baja. Uno siempre intenta saber de qué hablan las personas a las que se recurre para solventar nuestros problemas, y ellos sólo hablan con tecnicismos. Sé que no era tan difícil entender el significado de rodado bajo, pero recuerde usted, lector, que yo estaba asoleado, crispado, deshidratado, confuso, casi como niño que se pierde en tianguis. Significaba que tuve la osadía de andar en la moto cuando la llanta ya estaba ponchada. Claro, me di cuenta después y por eso la llevé con ellos.

Ahora imagine usted, lector, lo siguiente. Como me la llevé casi arrastrando, pesada por la culpa de la llanta ponchada, muy pesada, no pensé en encenderla por ningún motivo. De la misma manera, olvidé llevar la llave de encendido. Oh, segundo infortunio en la retahíla de desventuras. La llave no estaba en mi lugar de partida con la moto, sino en mi casa, en un extremo de la ciudad. Para remediar esto, una vez que estuvo completo el trabajo de los llanteros —que se limitaron a decirme que mi llanta no servía y que debía comprar otra, y que lo hice— les pedí que la cuidaran unos minutos, mientras iba por la llave a mi casa y regresaba. Satisfechos por la paga respondieron que sí.

Oh no, había dejado las llaves de mi casa en la casa de la dueña de mis horas (en el centro de la ciudad). Qué coincidencias de la vida tan arteras. Hablé con ella por teléfono y accedió de buena gana a traerme mis llaves para poder abrir mi casa y sacar la llave de encendido de mi motocicleta y regresar por la motocicleta, oh.

Estuve a diez segundos de morir por deshidratación, así que fui a la tienda más cercana y compré una botella de agua mineral. Santo remedio. Me mantuvo con vida mientras leía, acostado en la caja de una camioneta para cubrirme del sol —sí, dentro de la caja—, y afortunadamente (quizá lo único afortunado del día) llevaba el libro que acababa de abrir la noche anterior: Ensayo sobre la lucidez.

Leí unas cuantas páginas cuando llegó ella con las llaves. Sonreí. Luego no tanto. No eran las correctas. Días antes, había separado el racimo de llaves y había creado varios; el que ella traía no era el de las llaves de mi casa. Tenía ganas de gritar fuerte, muy fuerte, pero sólo pude soltar una carcajada medio fragorosa. Oh, no sé qué hice para merecer esto.

Regresamos a su casa —ella traía automóvil—, recogí las llaves correctas, regresé a mi casa, abrí la puerta, recogí la llave de encendido de la motocicleta, regresé por la motocicleta.

Algo muy malo hice esta semana para merecer esto. Lo sé. Quizá llamarle continuamente marrano a un marrano, burlarme sin recato de las personas que ven televisa los domingos, desearle la vida a alguien, no lo sé, pero algo, algo fue.

Aviso urgente: Felipe Calderón sabía sobre la pandemia avant la lettre

¿Recuerdan que Felipón el Calderón, Fecal, el presidentito, Calderas o como quieran llamarlo, en su campaña decía que tenía las manos limpias? ¿Por qué creen que las tenía así?

¡Así es! ¡Gel antibacterial!  (que ahora es furor gracias al virus de la influenza H1N1)… ¡Por eso decía que tenía las manos limpias! ¡Él lo sabía! ¡Él sabía todo!

Y acá entre nosotros, no pasará mucho tiempo para que la nueva influenza anfibia esté en boca de todos, o en narices de todos, o lo que sea.

Réplica

Hola afables lectores. Hoy intentaré divagar, intentaré llevar a cabo esa acción que ha servido para mantener a este su humilde blog entre el gusto tan sofisticado que tienen ustedes. Y quiero empezar con una parte de una canción que el reproductor aleatorio puso:

Quien te descubrió no supo ni la mitad de la esencia que te hace particular. Tan especial, original… (la canción se llama Andrómeda)

Ahora hablemos de lo que llamamos descubrir: Manifestar, hallar lo que estaba ignorado o escondido, darse a conocer. Descubrir es contarle a alguien más sobre la existencia de algo. Recordemos cuando Cristobal Colón descubrió América al llegar a las Bahamas. América ya existía desde antes que él naciera, y sigue existiendo después.

Imaginemos que Cristobal se hubiera regresado apenas mirara las islas y al estar de nuevo en España contara que América solamente es un archipiélago como de veinte islas. Claramente el españolete se hubiera visto muy escaso de sapiencia, muy imbécil. En fin, se hubiera quedado con tal idea, hubiera muerto sin saber que América era más que islas. En su limitada e inútil conciencia hubiera permanecido el dejo apócrifo y sin razón de que conoció un todo y no lo más ínfimo de un complejo y vasto universo multicolor. Sin agraviar a las Bahamas, es sólo un ejemplo.

Así hubiera vivido el pobre enfermizo, desgastando la idea malsana de aquello que con muchos trabajos obtuvo. Como muchos seres que pululan por ahí, viviendo del recuerdo lejano, lamiéndose las llagas incurables como perros tristes.

Ya se hizo bien tarde y mañana juega México, así que mejor ya me voy a descansar para que se me quite más rápido la influenza anfibia.

Oniquitismo

(Refrito)

Oniquitismo (Del griego): Palabra que designa una especie de tortura muy dolorosa que actualmente está en desuso. Esta práctica, de alto grado de sadismo, era utilizada en la antigüedad para hacer que una persona declarara haber cometido algún crimen o delito. Consistía en unir la base de las uñas a la piel de los dedos por medio de cintas de adherencia extrema. Al principio podría parecer indolora e incluso infructífera, pero las personas a las que se les colocaba esto ya sabían el gran dolor que sufrirían en algunos días.

oniquitismo

Así se adhería

Con el tiempo las uñas siguen con su crecimiento normal y en algún momento después de la colocación de las cintas sólo hay dos opciones: la uña se desprenderá dolorosamente del dedo dejando descubierta la parte blanda debajo de ella o el dedo empezará a curvarse hacia arriba. Cuando sucede lo primero el torturador tiene la oportunidad de colocar sal, limón, vinagre, aceite hirviendo o cualquier otra sustancia que su mente ociosa y sádica le dicte.

Vía: El Blog Apócrifo

Ya ni modo

El título se debe a que me pasé los últimos 2 minutos del martes pensando en qué título poner, lastimosamente ya es miércoles y su martes 2×1 ha tomado nuevos rumbos.

Lo bueno de todo esto es que hoy recibí colaboraciones, así que podré ponerles sus entradas por acá.

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