El hombre duplicado

Más que escribir reseñas acerca de los libros que leo, me gusta platicarlos, contarlos poco a poquito, incluso si no los he terminado. Escribir una reseña después de terminar de leer un libro me parece exagerado, y creo que aquellos que lo hacen sólo buscan epatar, y más si sus reseñas son tan profundas como un plato de cereal, plagadas de frases repetidas hasta el cansancio: “la prosa es muy fluida; un maestro del misterio de capacidades insondables; sabe llevar al lector de la mano por senderos cada vez más oscuros, sin perderlo, sin torturarlo; se nota la influencia de Hengins, parece que ha leído toda la obra de Sullivan Harper” (esta última frase siempre me recuerda al texto “La rana que quería ser una rana auténtica”, de Augusto Monterroso).

El libro, recién leído, provoca en el alma un sentimiento semejante al agua revolcada, la enturbia, la obnubila y la mantiene entre sus páginas durante varios días, semanas, incluso meses. Poco a poco, eso que dejamos dentro del libro logra salir y regresar a nuestro cuerpo. Y nos platica su proeza con la respiración agitada. Es entonces cuando podemos sentarnos tranquilamente y tomar nota para compartirlo después.

Hace algunos meses me encontraba con una monomanía por encontrar el libro El hombre duplicado, de José Saramago. Lo importante aquí, apreciado lector, es que yo no pienso narrarle en muchas menos palabras que las utilizadas por el gran divagador Saramago, la historia de Tertuliano Máximo Afonso, no. Para eso usted deberá conseguir el libro y leerlo. Yo le contaré lo que aconteció en un momento de mi vida donde carecía de ese libro.

Hace muchos años, digamos unos ocho, leía la novela Vida con mi viuda, de José Agustín —si no la ha leído, le recomiendo que no busque las críticas en internet, posiblemente lo hagan desistir—. La historia me pareció interesante, un hombre que encuentra a alguien idéntico a sí mismo. Debió ser años más tarde cuando alguien me habló del libro El hombre duplicado —seguramente después de que le contara acerca de Vida con mi viuda—, y me acució a encontrarlo, que no a leerlo.

Estaba seguro de haberlo visto antes, en alguna de esas librerías que uno visita. Seguramente lo tomé, leí la contraportada, y atraído por la historia decidí dejarlo para regresar por él otro día. Así que traté de recordar los lugares donde posiblemente estuviera disponible. Regresé a algunas librerías, pero el libro parecía esconderse. Digamos que busqué asiduamente durante dos meses, luego me detuve.

La búsqueda era infructuosa, así que decidí dejar pasar la euforia y relajarme. Preguntaría de vez en cuando, en ciertos lugares, si acaso tenían alguno. Ya sabía yo que en el momento en que yo preguntara por él, éste caería detrás del librero y se perdería para siempre; o justo en ese momento la cajera verificaría la existencia de un único ejemplar en otra sucursal, y en el transcurso de un lugar a otro, alguien lo compraría, o el edificio deflagraría.

Con los años empecé a divertirme. Era entretenido preguntar por el libro en cualquier librería, a mansalva de que jamás lo encontrarían. Llegué a sentir pena por aquellos jóvenes tan atentos que aseguran tener alguno y buscan, y buscan, para después regresar con un gesto de incomprensión, como si se les hubiera borrado de la cabeza el número cuatro, y al contar sus dedos de la mano descubrieran seis.

Con sumo cuidado, puesto que desconocía las reacciones que pudiera tener inquirir en ámbitos fuera de las librerías, solté la pregunta a amigos y conocidos. Misteriosamente la mayoría de ellos tenía el libro y estaba dispuesto a prestármelo. A cuatro personas pregunté, tres de ellas respondieron afirmativamente, las mismas tres que, en un gesto que yo tomé como grosería, dejaron de dirigirme la palabra, y que incluso cambiaban de acera al encontrarme por casualidad en la calle.

Habrá sido julio del año pasado cuando tuve la oportunidad de recorrer México desde el Océano Pacífico hasta el Golfo de México. Las librerías de todos los estados que visité, desde Jalisco hasta Quintana Roo, no tenían ni un solo ejemplar. Una sola, en Puerto Vallarta, me aseguró que le llegaría uno dentro de las próximas semanas. Dejé mis datos, y ellos quedaron muy cordialmente de ayudarme en mi búsqueda, de darle fin. Recibí la llamada en septiembre. Lo tenían, pero no podían enviármelo por cuestiones que de verdad no entendí. No obstante, dijeron que lo guardarían ahí para cuando yo decidiera regresar al bello puerto y llevármelo personalmente. Tiempo después, por otras razones, llegué al puerto: el domicilio que me habían proporcionado se encontraba en… bueno, no se encontraba en ningún lugar, pero de haber existido habría sido justo sobre la arena de la playa.

En diciembre asistí a la Feria Internacional del Libro en Guadalajara, iba acompañado por una mujer de bellos ojos grandes que estuvo conmigo durante toda la aventura —y que hasta el día de hoy sigue a mi lado—. Yo sabía que preguntar en aquel lugar sería casi catastrófico. Imagine usted, Santillana se volvería loca al descubrir que, en un descuido, la caja donde se encontraban esos ejemplares se había perdido, lo que se dice perdido (no podría decir “perdido en la bodega”, porque por lo menos habría un indicio para encontrarla). Pero lo hice. Y sucedió: no lo tenían.

Después de haber hecho un reguero de pólvora desde Santillana, la editorial, hasta Gandhi, la librería, una joven del Sótano me miró y aseguró que ahí, justo a unos metros, estaba el libro «dice aquí en el catálogo que trajimos uno». Dio unos pequeños saltos entre los clientes y se perdió durante varios minutos. Regresó con seis dedos en la mano, apenada, sin poder explicarse la razón de lo sucedido. Uno de sus compañeros la miró meditabunda y preguntó la razón de su aflicción. La joven le explicó lo sucedido, «acaban de preguntar por él, pero no se lo llevaron», le respondió él, y con la misma diligencia que ella mostró minutos antes, él regresó a los estantes.

Seguramente el cliente lo tomó, leyó la contraportada, se sintió atraído por la historia, lo dejó en algún otro lugar y pensó en regresar otro día por él. El joven regresó con el pequeño libro entre las manos —era la edición de Punto de lectura— como quien recoge un pájaro herido, y me lo entregó. Lo pagué, lo puse dentro de la bolsa, y días después lo leí.

Ayer recibí una llamada de Puerto Vallarta. Alguien estaba muy interesado en conseguir el libro que habían apartado para mí y se encontraba dispuesto a viajar hasta el puerto si es que yo cancelaba el pedido.

—¿Todavía tienen su domicilio en Bahamas 759? —pregunté.

—Sí señor.

—Cancele mi pedido, por favor.

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Por qué no soy pez

Si fuera pez no me preocuparía la humedad. No rasguñaría la noche imaginando el nuevo lugar donde se ha colado el agua, a través de la azotea, por entre las paredes, justo en las esquinas de la habitación. Tendría una pecera y estaría siempre mojado. El diluvio de hoy significaría una oportunidad para realizar sin demasiados problemas ese inconcuso plan que he postergado: regresar a las grandes aguas. Esperaría a que todo se inundara (falta poco) y saldría de la pesera dando un salto que haría palidecer de envidia al más virtuoso delfín. Ya afuera todo sería más fácil, dejarme llevar por la corriente.

Las frías gotas no me harían encorvar la espalda y caminar más rápido, caerían justo encima de la fina película que al contacto las acoge sin llegar siquiera a lastimarme. Y ahí me movería yo, como un pez despreocupado. Pero no tendría manos, y no podría limpiarme los ojos cuando una partícula de polvo en el agua dificultara mi vista. Pero no necesito ver hacia donde voy. Cerraría entonces los ojos, y a mansalva esperaría a que todo sucediera. Así de infalible es el plan, dos pasos: brincar y esperar.

No estaría aquí, con el olor de casa vieja y olvidada recorriendo mi nariz, no tendría nariz. No tendría tampoco oídos. El pertinaz sonido que las violentas gotas producen al chocar contra las láminas sería imperceptible para mí, nada desasosegador. Ni ojos, ni manos, ni nariz, ni oídos, pero tendría boca. Una boca pequeña, apenas lo suficientemente amplia como para dejar pasar las sucias láminas de alimento que una vez al día deja caer ese par de gusanos que se posan sobre mi pesera. Tendría boca y de vez en cuando la abriría para probar qué tanto me he alejado de mi pesera, y cuán cerca estoy de las grandes aguas, que no sé dónde están, pero estoy seguro de que cada gota —excepto las de mi pesera— llega a ellas, y yo estará ahí, flotando con rumbo al triunfo.

Quizá me encuentre otro pez. Aunque pensándolo bien, existe la posibilidad de que sea más grande, más astuto, y que lleve la boca abierta por si se encuentra a uno como yo: con la lisura causada por la pesera en mi imbricada existencia. Entonces no. Pero eso es si yo fuera un pez, y no lo soy.

O no lo sé.

Es tanta la humedad. Son tantas las gotas que destruyen la casa. De repente el color de la pared se vuelve más oscuro en algunos lugares, luego se dibuja lenta una línea que la recorre verticalmente. Es como si a las paredes de la casa le brotaran unos ojos que lloran, cuyas lágrimas se pierden detrás de los muebles, del olvido. Entonces hay que mover los muebles, la casa no dejará de llorar: advierten las láminas.

 

Empapado (qué bonito es ver llover y no mojarse)

Amables, distinguidos y asiduos lectores de éste, su humilde blog. He regresado. Como sabrán, lo que yo escribo aquí es el resultado de exprimir el subconsciente, de hacer remembranza de mis días, de antologar mis vivencias. Así que no puedo escapar del tema del que escribiré en esta ocasión, porque, más que quererlo, me conmina a escribirlo.

Ya estarán hartos, igual que yo, de las elecciones. Tanta campaña que de repente terminó el primero de julio en un resultado en el que el único derrotado es el pueblo de México. Qué puedo decir, soy un ciudadano promedio a quien la palabra política le provoca sensaciones desagradables, imágenes de infructuosos trajeados sentados con la mitad de la espalda en un sillón de cuero rechinante. La memoria histórica de los mexicanos ha pasado por un lapso de inicua amnesia. Si yo, persona que aún los desconocidos me llaman joven, tengo una desconfianza fundamentada (no infundada) hacia el partido que ha ganado la presidencia de la República, ¿por qué dieciocho millones setecientos veintisietemil siento diecisiete mexicanos han tomado una decisión que va tan en contra de la patria?

Estábamos al borde del abismo y dimos un paso adelante. Aunque tampoco quiero sonar catastrófico, no quiero decir que con esto simbolice la primera trompeta del apocalipsis (habrá quien se aventure a decir que quizá sea la segunda o tercera), pero sí me causa cierto escozor. No pienso hacer un berrinche en la primera plaza pública que se me presente. No. Yo respeto la decisión de las mínimas minorías de este país tan campechano, por no encontrar un mejor adjetivo en estos momentos.

Lo malo es que existen sectores en esta sociedad que podrían resultar mayormente afectados por esta ignara decisión. Recuerden qué sucedió la última vez que un grupo de estudiantes se manifestó en contra de un régimen represor en este país. Les sonará el dos de octubre. O el uso desmesurado de las fuerzas militares en contra de indígenas en Chiapas. Acteal.

Lamentablemente, este régimen político es poco pensador, y muy temeroso con las oposiciones. Es intolerante y agresivo en demasía con todo aquel que intente enfrentarlo. En fin, lo bueno es que ellos los de ayer, no somos nosotros los de ahora. Esperemos que estos hechos despierten la conciencia del mexicano, y además, que se espavile pronto.

Y para terminar de hablar de política: ahora sí el monopolio televisivo hizo de las suyas, una novela que durará seis años y que, seguramente, tendrá el mayor rating de la historia.

Estimado lector, disculpe estas líneas a manera de hemoptisis, pero de alguna manera tenía que despotricar en contra de aquello que me indigna. Le prometo que el siguiente texto estará más cargado que nunca de elucubraciones, divagaciones y sinsentidos.

Si es que lo hago antes de diciembre.

Las habitaciones de mi alma

Sí, estimado lector, aquí estoy de nuevo. Y estoy con un tema doloroso, uno de esos que duele el gotear en los dedos. Vivencias, nostalgias, tiempos que se van, tiempos que llegan. Momentos perdidos, apostados, mas no postrados. Piense usted en un momento hermoso que termina, piénselo.

Hagamos la prueba. El término de un concierto, cuando usted camina hacia la entrada que lo vio llegar lleno de música en las venas, y usted piensa que las últimas dos horas pasaron como un instante en el viento. El largo caminar antes de llegar a casa, cuando, de manera inconsciente, usted dibuja un círculo entre su persona y su destino, y todo lo que está dentro es suyo, todo; ese momento cuando las ideas, tan bien construídas, tan sólidas, profundas, esclarecedoras, se desvanecen, resbalan todas juntas como una cascada, como un alud que se pierde en la inmensidad. De igual manera, ese segundo en el que se toca el timbre para bajar del camión —porque habrá entre los ojos que lean estas humildes líneas, aquellos que aún viajen en el transporte urbano—, pero ¿será el brincoteo, el cambio de asfalto a empedrado, las imágenes que se dibujan como filme en las ventanas? ¿Qué es? Qué es eso que nos incita a reconstruir el mundo… El movimiento.

La última palabra del párrafo anterior no debe ser leída con vanagloria. No. Tampoco como si yo fuera el poseedor de una verdad absoluta que de repente cambie el mundo, que de un momento a otro me lleve a mí a dar conferencias en los lugares más recónditos y cobrar por una enseñanza sobrehumana. De nuevo: no. Debe ser escuchada con humildad, como cualquiera de estas líneas, como el viento que mece la hierba entre febrero y marzo. Aunque también con respeto: el movimiento, cuyo significado el diccionario se desvive por explicar en tantas palabras más, como si fuera ésta un suéter cuyas hebras haladas, separadas, alargadas en una línea abstracta, nos definieran mejor al suéter. Movimiento, cuyo antónimo es el miedo, la quietud, la calma, el sosiego, la pasividad inmunda, el conformismo inhumano. Movimiento y miedo. Miedo y movimiento.

Para cambiar hay que moverse, moverse es cambiar; persistir es quedar atrás. Y qué importa si el camión se va con tu montón de pensamientos pegados al tubo con olor a óxido del que estabas aferrado, si el concierto duró menos horas de las que brincaste, si has llegado a casa de nuevo, si el disco se repitió (imagine la aguja dando vueltas fuera del vinil), si las hojas del libro se diluyen en la mano derecha, si la charla en la mesa con velitas para dos se extendió más de lo esperado y mañana hay trabajo y la cama que nos espera no es la deseada. Qué importa todo eso si hay otros camiones a la vuelta de la esquina, otros conciertos, más libros, menos charlas, más camas…

Sí, anégate el alma de canciones tristes, escribe líneas que te rompen las lágrimas, siente la espalda desnuda, cuenta los lunes, haz lo que se te dé tu chingada gana, pero haz, muévete.

Algunos leen poemas, otros escuchan canciones, leen libros, caminan calles, se convierten en asiduos visitantes de lugares singulares. Sin embargo, todo esto se convierte en las habitaciones del alma. Y no es un término que se me haya ocurrido de la noche a la madrugada, es una definición pensada por muchos antes que por mí. El alma es como el gato que puede permanecer echado bajo el sol del patio o escondido bajo la cama de la habitación más oscura. Pero reconoce: reconoce sus habitaciones, los lugares que debe frecuentar. Y a menudo visita otros tantos, desconocidos, ajenos, dulces o lúgubres, y se va y no regresa.

Quizá, lector, si usted ha llegado con puntualidad hasta aquí, se pregunte ¿qué es lo que sucede? Qué cosa revivió el intimismo de esta alma pecadora —la mía, la suya quizá todavía no—. El busilis es el siguiente: yo creía que el alud caería estrepitoso en algún momento, y miraba hacia arriba, entrecerrando los ojos por si acaso, pero no me había dado cuenta de que ya me encontraba en él. Que en algún instante pasado por alto, cayó y que ahora no tengo tiempo de cambiar mi vida.

La imagen. Me veo cayendo despacio en una botella con el fondo ausente en la parte superior y debajo el cuello de botella atiborrado de más como yo. Gracias a las circunstancias, de alguna manera u otra, alcanzo a asirme del borde y recupero la oportunidad de no caer dentro, sino de seguir cayendo…

Y si usted, lector, aún se pregunta de qué se trata esto, lo contestaré de la manera más llana, por lo tanto menos abstrusa que se me ocurre: he terminado un ciclo de muchos años. He cerrado el círculo más grande entre mi existencia y mi destino, he terminado el libro más gordo, me he bajado del camión, estoy parado entre el que fui y el que seré.

A veces me arrepiento de muchas cosas (antología de mis días)

Desocupados lectores de éste, su humilde blog. El día de hoy vengo a contar lo que sucedió el día de hoy. Quizá a usted no le interese porque, al igual que yo, tuvo un día de 24 horas donde transcurrieron muchas cosas interesantes. Y al decir día no me refiero al momento en que el sol aterriza sobre el asfalto en una ciudad determinada, no, lo explico para evitar ambigüedades. Recuerde que este es un espacio intimista, donde trato de exponer de manera explícita y fantasiosa lo que acontece en este valle surreal.

Este día empezó ayer. Cuando rompí desesperadamente el empaque de un libro nuevo. Existió un tiempo donde yo no entendía por qué la gente lee tantos libros al mismo tiempo. Incluso llegué a pensar que hacerlo implicaría una desatención a uno y a otro, sin embargo, ahora he entrado en ese círculo vicioso involuntariamente. Sí: son lecturas muy lentas, muy largas, pero siempre hay un momento en el día (aún más en la noche) para cada una de ellas. Es un libro que, debido a un tiempo que se acerca estruendoso, consideré oportuno leer.

Ahora que lo pienso más detenidamente, este día empezó hace una semana.

Fue en el momento en que se ponchó una de las llantas de mi motocicleta. Era sábado, probablemente al día siguiente las llanteras se encontrarían cerradas. Por lo tanto dejé mi vehículo en la casa de la dueña de mis horas. Y fue hasta el día de hoy que tuve tiempo suficiente para llevarla con los señores de las llantas. Afortunadamente la llantera no se encontraba demasiado lejos de mi punto de partida, unas seis o siete cuadras, calles más, calles menos. Sin embargo, elegí un mal momento para empujarla hasta allá: bajo el terrible sol que presagia la primavera.

Como podrán imaginar, llegué al lugar en cuestión deshidratado, cansado y con los nervios crispados por los conductores que pasaban peligrosamente a mi derecha. Quizá no tan peligrosamente, pero posiblemente más de uno de ellos tuvo la idea descabellada, sin llegar a cometerla, de hacer algo en mi contra. Está bien, exageré un poco.

Los llanteros, enfadados por la falta de clientes, en un local situado en una esquina, con manchas de grasa en todas las paredes y con llantas en la entrada que servían tanto de distintivo como de asiento, veían un estentóreo programa de televisión abierta más vacuo que mi llanta problemática. Me atendieron rápido, quizá porque una hora antes había llegado a verificar —casi a hacer cita, por si las dudas— que estuviera abierto, quizá porque era el único cliente. Después de mí, cuando ya desmontaban la llanta trasera de mi vehículo azul, llegaron otras dos preocupadas personas.

Las noticias fueron malas, lo supe cuando me dijeron parece que la rodaron baja. Uno siempre intenta saber de qué hablan las personas a las que se recurre para solventar nuestros problemas, y ellos sólo hablan con tecnicismos. Sé que no era tan difícil entender el significado de rodado bajo, pero recuerde usted, lector, que yo estaba asoleado, crispado, deshidratado, confuso, casi como niño que se pierde en tianguis. Significaba que tuve la osadía de andar en la moto cuando la llanta ya estaba ponchada. Claro, me di cuenta después y por eso la llevé con ellos.

Ahora imagine usted, lector, lo siguiente. Como me la llevé casi arrastrando, pesada por la culpa de la llanta ponchada, muy pesada, no pensé en encenderla por ningún motivo. De la misma manera, olvidé llevar la llave de encendido. Oh, segundo infortunio en la retahíla de desventuras. La llave no estaba en mi lugar de partida con la moto, sino en mi casa, en un extremo de la ciudad. Para remediar esto, una vez que estuvo completo el trabajo de los llanteros —que se limitaron a decirme que mi llanta no servía y que debía comprar otra, y que lo hice— les pedí que la cuidaran unos minutos, mientras iba por la llave a mi casa y regresaba. Satisfechos por la paga respondieron que sí.

Oh no, había dejado las llaves de mi casa en la casa de la dueña de mis horas (en el centro de la ciudad). Qué coincidencias de la vida tan arteras. Hablé con ella por teléfono y accedió de buena gana a traerme mis llaves para poder abrir mi casa y sacar la llave de encendido de mi motocicleta y regresar por la motocicleta, oh.

Estuve a diez segundos de morir por deshidratación, así que fui a la tienda más cercana y compré una botella de agua mineral. Santo remedio. Me mantuvo con vida mientras leía, acostado en la caja de una camioneta para cubrirme del sol —sí, dentro de la caja—, y afortunadamente (quizá lo único afortunado del día) llevaba el libro que acababa de abrir la noche anterior: Ensayo sobre la lucidez.

Leí unas cuantas páginas cuando llegó ella con las llaves. Sonreí. Luego no tanto. No eran las correctas. Días antes, había separado el racimo de llaves y había creado varios; el que ella traía no era el de las llaves de mi casa. Tenía ganas de gritar fuerte, muy fuerte, pero sólo pude soltar una carcajada medio fragorosa. Oh, no sé qué hice para merecer esto.

Regresamos a su casa —ella traía automóvil—, recogí las llaves correctas, regresé a mi casa, abrí la puerta, recogí la llave de encendido de la motocicleta, regresé por la motocicleta.

Algo muy malo hice esta semana para merecer esto. Lo sé. Quizá llamarle continuamente marrano a un marrano, burlarme sin recato de las personas que ven televisa los domingos, desearle la vida a alguien, no lo sé, pero algo, algo fue.

La teoría de la discriminación vivencial (la máscara del luchador)

Hace unos días, en una asignatura de la escuela —porque sabrán ustedes que yo siempre he sido y seré un estudiante— hablaron sobre la lucha libre. En mi mente siniestra e imaginativa, surgió la idea de escribir algo acerca de los luchadores, y he aquí este breve texto sobre ellos.

lucha libre

Soy lector, también; leo lentamente textos hermosos y cada uno de ellos deja dentro de mi cabeza un eco que me recorre incansablemente. He comenzado a leer El laberinto de la soledad. Antes de continuar, déjenme contarles un poco de mí.

Siempre he sentido que a mí me faltó vivir muchas cosas. Más que nada en la escuela. Cada año (por ejemplo en la primaria), escuchaba los comentarios de compañeros de otros salones, en ellos explicaban actividades que llevaron a cabo en el aula. Por nombrar algunas: aquella tan conocida de cuidar un huevo de gallina (o una bolsa de harina), durante una semana y en parejas, según eso para fomentar la responsabilidad. Yo jamás lo hice. Otra —de la que no me arrepiento— es la lectura obligada de un libro que es más dañino que fumar una cajetilla de cigarros: juventud en éxtasis. También me enfermaba exactamente los días de las excursiones; llegaba tarde cuando los buscadores de talento visitaban el salón; me perdí todos los simulacros de terremotos, visitas de magos, incluso las tardeadas.

Como mi retentiva es caprichosa, no recuerdo mucho de lo sucedido antes de la primaria, sin embargo, sé que también ahí sufrí de discriminación vivencial. Lo sé, lo tengo bien presente y me frustra, me hace sentir incapacitado para reír a carcajadas en pláticas que recuerdan la niñez. Cuando esto sucede —las amenas tertulias que se inmiscuyen en la memoria cual niño que jala el hilo de su globo de helio cuando está lejos (tampoco tuve globos de helio)— lo único que me queda hacer es levantarme discretamente e ir a cualquier otro lugar. Es triste ver por la ventana a tus compañeros recordando a carcajadas cuando hirvieron a su hijo-huevo.

En estudios posteriores fue lo mismo: nunca fui a clase el día de los exámenes sorpresa (ni a los de ortografía llegué). Cuando no asistía, era posible que de la nada un enorme dinosaurio atravesara el patio cívico en mitad de los honores a la bandera, o que el director olvidara el himno nacional. Ya lo sabía: al día siguiente todos hablarían de la proeza que realizó un alumno de último grado. Tampoco leí otros libros obligados, por ejemplo sé que en algunas escuelas (si mal no recuerdo en la preparatoria) se lee El laberinto de la soledad, en alguna materia.

Por eso ahora recobro las buenas lecturas que jamás me obligaron a leer. Mi inmersión en esta vasta explicación del mexicano, es incipiente. Sin embargo, también quiero usar algunas breves ideas que pairan en la memoria para hablar sobre la máscara del luchador.

Es bien sabido, tanto nacional como internacionalmente, que la figura del luchador, aquél de la triple A, es un estereotipo mexicano. Regordete, de pecho lampiño, malhumorado, estentóreo. Su parafernalia, mallas brillantes, cabelleras dignas de rockero de los 80’s, la ropa interior remarcada sobre la ropa, y sobre todo la máscara, nos pinta un personaje único, una mezcla entre revolucionario y alebrije.

El mexicano es luchón, perrucho, peleonero. Lucha contra sí mismo, contra todos. Vive en una ambivalencia de dureza-rudeza/recato-sensibilidad. Son como capas de cebolla muy gruesas. Siempre detrás de una máscara de malo o de bueno, pero a fin de cuentas máscara que no permite ver quiénes son en realidad. El mexicano dice que lucha también por todos, aún así lucha en contra de ellos y no por todos. El mexicano puede sufrir dos o tres caídas sin sentirse derrotado. Le importa más el abucheo del público que los golpes. Puede sangrar peligrosamente y seguir adelante…

(Continuará…)