Como tahúr frente a la mesa

Hoy es el último día de julio del año 2013. Es 31, y apenas comienza: una hora con cincuenta y cinco minutos ha transcurrido de él. Cincuenta y seis.

Dentro del lugar en el que pienso transcurren varias imágenes que intento hacer públicas de una manera indescifrable, como para curarme en salud y decir en algún momento de mi existencia: “¿ven? Ya lo había dicho”. Pero ahora, estimado lector, no encuentro la manera de trazar el laberinto sin sentirme verdaderamente desnudo.

Usted sabe que mis palabras son sinceras —yo: no sé, si me ha leído antes sabrá por qué lo digo—, tan sinceras consigo mismas que negarles lo que han dicho las convertiría en fanáticas religiosas, indoblegables.

Creo que una de las razones por las que no puedo encubrir mis intenciones, es porque ustedes, lectores, son parte esencial de lo que quiero compartir hoy. Son sus ojos un aliciente de mis líneas (¿qué sucedería si en lugar de líneas fueran curvas?). Han sido ustedes testigos de algunos de mis momentos de creación, algunos otros los he guardado, más que nada ficciones, y es ese rubro —las ficciones— el que me ha llevado a obtener un estímulo a la creación, lo que significa que durante los siguientes doce meses seguiré haciendo lo que me dicta la voz ajena, pero esta vez retribuido.

Esto no quiere decir que los abandonaré, sino todo lo contrario, estaré más al pendiente de ustedes mediante Desnúdate y haz un ritual.

Así que desde este momento agradezco a todos ustedes, a sus ojos, a sus intenciones —buenas y malas—, a los panfletistas, por orillarme a continuar en este camino que he recorrido desde hace más de diez años.

Cuatro años: cien mil pares de ojos

No tengo mucho que decir. Estaba a punto de dormirme, y recordé que el día de hoy, éste, su humilde blog, cumple un año más de existencia.

Espero pronto poder compartir con ustedes una entrada que valga la pena leerla; que conmemore los cuatro años de creación de este espacio de sano esparcimiento de elucubraciones.

Desnúdate y haz un ritual fue abierto el día 19 de enero del 2009. Y fue a finales del dos mil doce cuando las visitas a este lugar superaron las cien mil. Cien mil pares de ojos que han visto algo de aquí, alguna línea, alguna foto; cien mil pares de ojos que saben que Desnúdate y es un ritual existe, y que aún es actualizado los días martes y viernes (siempre y cuando exista posibilidad).

También espero pronto tener tiempo para hacer arreglos necesarios, edición más que nada; pretendo mantener este blog pulcro y que ustedes puedan disfrutar de una lectura amena.

La teoría del olvido incapacitante

Creo que no hay tema más fácil sobre el cual escribir que uno mismo. Lo difícil es hacerlo cuando ese uno se encuentra en una crisis existencial, en un momento crucial —uno de tantos—, en el que no recuerda qué fue lo que dejó incompleto para poder continuar con su vida habitual. Una persona como yo, tan inmersa en sus propias convicciones, sufre un poco para poder llevar a cabo el día a día sin que una leve idea recalcitrante, una manía inquietante, un prurito del saber lo desconocido (o de recordar lo pasado por alto), aparezca como cualquier viento en febrero.

Una de esas artimañanas de la mente —que hacen las veces de anciana regañona y mandona— es el no dejar algo sin terminar un asunto. Quizá no le sorprenda a usted, lector, porque puede ser que también usted tenga esa idea, o que conozca a más de uno que la tenga. Pero a cuántos conoce que más que idea se convierta en una monomanía, en una piedra angular a la inversa. A los que son así, se les recomienda hacer una regresión, una constante  reminiscencia de lo vivido. Y yo, como no tengo la memoria de Funes ni de Arreola, tengo que escribirlo, recordarlo por el renglón seguido, que, vituperioso, crece y me conmina cada vez más.

Quizá dejé abierta una puerta en algún lugar que visité, la casa de un amigo, el cerrojo de los vestidores de la tienda departamental; o una cosa cualquiera, un libro en una librería, la llave del agua en el baño (no creo), la salsa de botella en un restaurante. A veces son mucho más que nimiedades: una frase inconclusa, un sueño irremediable, una promesa incumplida; u otras cosas que se olvidan, la mirada clavada en una nube, el pensamiento perdido en una calle, una canción sin nombre. Incluso por cosas que jamás debieron cerrarse: la mirada en algo bello, las ganas de ser niño, la curiosidad de mirar por la barda.

Es un camino sinuoso, lleno de recovecos y que recuerda mucho a los laberintos que todos conocemos. Pero aún hay más. No sólo es el qué, sino muchas otras preguntas obligadas. Vayamos por pasos. Piensen entonces, que al haber encontrado el qué —aunque más que encontrar físicamente sea encontrar insustancialmente, claro está: ‘recordar qué’, como cuando se entra a una habitación expresamente para hacer algo y al mirar cualquier cosa se nos va de la mente la razón por la que estamos ahí; ese encontrar— es quizá la pieza fundamental. Pero, como dije antes, se sabe qué mas no se recuerda el dónde.

La persona que entró a la habitación buscando sus llaves y de repente su mala memoria a corto plazo hace de las suyas, tiene entonces dos incógnitas, aunque la primera parezca haber desaparecido por completo. Cuando recuerda que buscaba las llaves, aún tiene otra pregunta por resolver, la más obvia: dónde se encuentran.

Así, esta teoría de olvido incapacitante se vuelve cada vez más como las ramas de los árboles. Añadimos aquí una idea que puede tanto solventar las implicaciones como reforzarlas. Heráclito, uno de tantos viejos filosofos griegos, dijo que ningún hombre puede cruzar dos veces el mismo río, porque ni el agua ni el hombre serán los mismos. Así estamos nosotros, los perdidos en nuestras convicciones —los que han llegado hasta esta parte de la elucubración sin extraviarse del tema central (por lo menos en esto no deberían perderse, y si fue así, regresen unas cuantas líneas, será un ejercicio que nutra lo que aprenderemos hoy)—, ahora que hemos reconocido el busilis, no sabemos si es lo mismo y si nosotros somos los mismos. ¿Cómo resolverlo? ¿Como lo hubiéramos hecho cuando eso sucedió, como ahora? ¿Cómo? Lo más lógico sería actuar conforme al presente. Resolver los asuntos como pensamos hoy en día, ya que la manera en que lo hicimos anteriormente nos llevó a olvidarlo, ¿no lo creen?

En múltiples ocasiones es suficiente con recordarlo. Por ejemplo —y seguramente les parecerá una trivialidad a muchos de ustedes— yo no escribía aquí porque había olvidado algo. Eso fue escribir aquí.

Los cuentos que yo cuento (Antología de mis días)

Ínclitos lectores de éste su humilde blog. Les doy la bienvenida nuevamente a uno de mis días pasados, los días que debo rememorar y traducir en palabra escrita para que dejen de estar en mí y se conviertan en un poco de ustedes. Sigo pensando que cada que hago esto corro el riesgo de desaparecer de mi vida los días contados, sin embargo tomo el riesgo, ¿a caso sería más recomendable guardarme mis vivencias para mí mismo? Como ya se habrán dado cuenta, este blog se ha convertido «sin querer» en una bitácora de mis pairos en un valle surreal. Qué le puedo hacer, me he abierto paso en este camino.

Por más que esta entrada haya tomado un tinte sublime, solemne, de lo que les quiero hablar es de rock, mejor dicho: de hard rock.

deep en guadalajara

Tuve la oportunidad, junto con la reina de mis horas, de asistir a un concierto de Deep Purple. Creo que sería más adecuado decir, busqué, o adquirí, o luché por la oportunidad. En este valle no llegan los boletos para los grandes conciertos, así que uno tiene que ir personalmente hasta la taquilla a conseguirlos (incluso si esta se encuentra a más de 150 kilómetros de distancia). Esto implica doble gasto en transporte: para conseguir el boleto y para asistir al concierto, ya que si nos esperamos al día del evento, seguramente no habrá más en taquilla. Pero este no fue el caso.

Cabe señalar que aquel día teníamos tres boletos, mas éramos sólo dos, así que íbamos con la inconcusa idea de “revenderlo”, claro, al mismo precio, no queríamos lucrar como hacen los malditos revendedores que le provocan tanto mal al mundo de los conciertos. No se pudo. Todavía existían boletos en la taquilla y, además, los revendedores los estaban dando más baratos (lo hacen porque a) son falsos, b) son robados).

Entramos al concierto con un boleto de más, así, como si un fantasma nos hubiera pedido permiso de ver a Deep Purple. Yo no conocía el auditorio más que por fotografías, y en realidad se veía algo pequeño. Esa es una gran ilusión que provocan los lugares vacíos, se ven mucho más pequeños que cuando están llenos, será por el fervor, la expectativa, no lo sé.

Ya que no pudimos comprar boletos más costosos, subimos por las escaleras que daban hasta el segundo balcón. Como no se llenó —cosa que me extraña por la magnitud de la banda— nos bajaron un lugar, o sea en donde irían los siguientes boletos en la lista de precios (vaya suerte, ojalá se repitiera). Nos sentamos exactamente en el centro, por coincidencia talvez, ya se habían llenado los siguientes. En verdad la vista era muy buena.

No hablaré mucho de la banda, no soy una enciclopedia del rock, pero tiene una gran trayectoria en el hard rock y además continua muy vigente, por lo menos entre los que asistentes, ya que los integrantes están algo… vetustos. Ian Gillan, vocalista, tenía que caminar hacia el fondo del escenario entre canción y canción, y a veces a mitad de una. Seguramente aspiraba un poco de oxígeno, o algo macrobiótico. Debo admitir que, aunque me gusta casi toda la discografía, esa vez yo iba a escuchar Hush. Es una manía mía, concentrarme en una canción y en esa brincar y cantar como un loco, qué loco ¿no?

Dejando de lado mis vesanias, la gran sorpresa de la noche la dio el tecladista, cuando se quitó el saco dejando ver que debajo traía una camisa de las chivas y comenzó a tocar la bamba, después la cucaracha y creo que hasta el jarabe tapatío se aventó. Después, no recuerdo cómo le hicieron, pero sin dejar de tocar las melodías mexicanas, ya estaban tocando Hush.

Esto sucedió el 27 de febrero. Nota mental: creo que no dejaré pasar mucho tiempo entre la fecha y el escrito porque me olvido de demasiados detalles.

Los colores de quince minutos de oscuridad (Antología de mis días)

Estimadísimos, apreciadísimos lectores de éste su humilde blog, de nuevo he venido a contarles lo que acontece en mis días, aquello que sucede en este valle surreal. Como ustedes ya saben, asiduos lectores, en estos días vivo en una ciudad tan pintoresca que cualquier cosa que les narre parecería mentira, pero no lo es, aunque tampoco es mentira que todo lo narrado (pongámosle así a lo escrito) se desvanece de la realidad. Por lo tanto, y siendo éste el tema de un cuento que escribiré pronto, me estoy arriesgando a desaparecer de mi vida los días que les cuente, a desandar en la ficción mis pasos, a convertir en argucias mis líneas, etc.

Me considero un, más que aprendiz, aprendedor, igualmente creo que todos lo somos. Uno siempre va por la vida aprendiendo, oh, desdichado aquél que malgaste sus horas sin capturar un instante de novedad. Hasta hace algún tiempo, quizá un mes, mes y medio, yo no contaba con un trabajo propiamente dicho (lugar donde te cambian tus horas por monedas, tal cual lo hacían antes con la riqueza y los espejos). Ahora sí, ahora soy una persona formalmente empleada. Las cosas en el trabajo, sin banalizar, se han puesto densas; el sábado pasado, al salir de clases, me dirigí a aquél sitio con todas las ganas de realizar mis deberes, mis menesteres. Por políticas de la empresa, me prohibieron laborar mis ocho horas sabatinas.

Pensará usted, muy respetado lector, que, de alguna manera, yo estaba predispuesto a pasar aquellas horas enclaustrado, y, al no permitírseme actuar debidamente, tendría ese tiempo para convertirlo en eso que el diccionario despectivamente llama cesación del trabajo, inacción o total omisión de la actividad. Hace poco leí en un periódico que un investigador alemán descubrió que tomarse cinco minutos de cada hora (u hora y media) en el trabajo para hacer nada, es completamente aconsejable y saludable. Según lo que recuerdo de la nota, esto ayuda a aumentar la creatividad y evitar el estrés, como una válvula de escape. No hacer nada, que en alemán se llama nichtstun, es ejemplificado por el investigador en el ascenso a una montaña, si usted tuviera sólo un descanso, a mitad de la escalada, seguramente no podría llegar a la cima, sin embargo al descansar por periodos cortos cada cierto tiempo el alcanzar la meta sería mucho más sencillo. Así que, a mansalva, sin temor a que me vayan a despedir, yo lo hago, tomo mis cinco minutos cada hora y no hago nada.

Regresando a las horas que tuve libres el sábado, pensé en hacer algo productivo, aunque sí soy un ocioso funcional, no quise desaprovechar esta oportunidad. Siempre he tenido una especial atracción a los días sábados, que se me hacen más apacibles que los domingos y sobre todo menos desesperante que cualquier día entre semana; sobre todo las mañanas en el jardín central de este valle surreal. Pero era la una de la tarde, sol, calor, gente. Como salí temprano de la casa para llegar pronto al trabajo, llevaba puesta una camisa relativamente gruesa, de una tela que no es aconsejable usar en primavera (aunque aquella camisa me la regaló la dueña de mis horas). Después de mostrarme, como se debe, molesto y enojado por la decisión del que se le puede llamar ahora mi jefe o mi patrón, gritar algunas infamias, azotar una que otra puerta, salí de ahí.

Caminé en dirección al saliente por aquella calzada. Como estoy por adquirir una motocicleta, decidí comprar un casco, para poder usarla en el mismo momento de la entrega, y, claro, buscarle uno a la dueña de mis horas también. Hacía mucho calor, el lugar estaba a varias cuadras que tuve que caminar bajo el intenso sol del medio día (gracias horario de verano). Llegué acalorado y pedí que me mostraran muchos, pregunté precios, di las gracias y me fui comparar precios en otro establecimiento. Cuando salí de ahí ya no podía con el recalentamiento global, me dirigí a una de esas tiendas de ropa donde venden camisas a precios muy bajos, compré una blanca, me la probé y dije que me la llevaría puesta. Así fue.

Ya renovado y fresco, pensé en caminar hasta la parada del camión en el centro de la ciudad, pero estaba relativamente lejos y había una más cerca. Milagrosamente el camión urbano —léase con sorna— no tardó en aparecer, subí. Se podría hacer un estudio, una clasificación psicológica, quizá de ideología, por el lugar en que las personas se sientan en el transporte público. Inmediatamente detrás del conductor las ancianas con bolsas del mandado y con nada de prisa, a su derecha los ancianos de sombrero y bastón, con arrugas de historias en los ojos, detrás de ellos las mujeres jóvenes solas nerviosas, detrás de las primeras las parejas, señoras, señores, introvertidos… vaya vaya, tema para otra ocasión.

Aunque los cascos costaban cincuenta pesos más en el segundo lugar, compré ahí el mío porque había más variedad, además no pensaba regresar, con el méndigo calorón. Caminé muy orondo con mi casco negro forrado de piel (ajá). Quizá me encontraba a siete u ocho cuadras del centro, así es, este valle a menudo se torna pequeño, se contrae y se expande tanto que aquí ya ni nos damos cuenta. Caminé, me encanta caminar, es como poner en marcha toda la humanidad, tangible e intangible. Caminar desata nudos, hace pensar, activa la inventiva. Recordé que en mis años de prepa solía sentarme junto con mis compinches en unas gradas que están en los portales, situadas frente a un banco. Casi instintivamente me dirigí hasta ahí para descansar unos minutos.

En el camino compré un litro de agua con un insolente y maleducado dependiente, normalmente la compro a temperatura ambiente, pero en esta ocasión determiné que sería mejor adquirirla helada, por aquello del calor y las cuadras que aún tenía que andar, y como diría un vecino de esta ciudad: se me ocurre que he caminado más de lo que llevo andado, de haber llovido quizá se me ocurrieran otras cosas. Sentado esperé el tiempo. Desde ese lugar se tiene una panorámica del centro de la ciudad, a la derecha se observan los portales del sur, un poco más al centro está catedral suntuosa, al centro las fuentes que divierten a niños y jóvenes, y que empapados descubren párrafos de vida, ahí mismo las lámparas adecuadas cual pista de aterrizaje, más al norte el jardín principal, me atrevería a decir ciclópeo, los árboles, pinos, primaveras, malditas palomas, al frente, en la acera del otro lado del cuadro central, el portal del saliente, con el edificio de la presidencia, los cafés para exhibicionistas, todo enmarcado por los portales de cantera monolítica. Ahí, a un costado de catedral, se pueden observar tres iglesias y una parroquia, vaya lugar.

Soy persona que se aburre fácilmente, así que me puse de pie para discurrir por el jardín, y como me gustó otra imagen de la ciudad, me senté de nuevo en una banca, casi me quedo dormido. Ahí la vista era diferente, al frente el kiosco con el mimetismo avergonzado de Clemente Orozco, hijo ilustre, muy diferente pero semejante a los hijos sin lustre. El cielo azul, los portales del norte, el escenario que estaban levantando. Circunnavegué el jardín hasta llegar a la librería del centro, estaba cerrada. Me dirigí a otra, a una cuadra de la primera. En ésta también venden revistas y café con letras. Compré la revista que genera adicción y otra titulada casi como una obra de Kafka, Proceso. En ese momento ya sabía bien lo que haría.

En esta ciudad, como en muchas otras, hay lugares que me atraen con un raro magnetismo; lugares que me otorgan cierta paz, ganas de permanecer. Son pequeños territorios que por alguna razón encuentro gratos y apacibles. Uno de ellos es el estacionamiento de la universidad, el que está por la avenida Colón, desde ahí hasta las jardineras de los enamorados. Otro es el cerro que está al este, ese que está donde termina lo que Arreola nombra el lugar de los claridosos, Chuluapan. Y otro es la parte de atrás de la casa del maestro Juan José Arreola. No sé por qué, pero ahí, esa barda de piedra, desde donde se aprecia el valle surreal casi completito, el árbol, la barranca con las gallinas calladas pero ruidosas; esa subida contrastante de hogares, donde puedes apreciar en el número 66 una casa humilde y enfrente una mansión del tamaño de la manzana entera y muchas como ésa. Ahí me gusta. Un día soñé, sin haber estado ahí antes, que era ese lugar donde se encontraba el teatro mágico de Hermann Hesse, ahí la puerta, ahí donde no hay nada. Desde entonces, cada que puedo asisto ahí a ver llover, el atardecer, leer, etc.

Para llegar se debe caminar al este toda la cuadra Pascual Galindo, que también tiene unas casas hermosas. Luego al norte una cuadra, al este otra, al norte otra, al este otra y nuevamente al norte, no hay pierde. En el camino me encontré a un pequeño personaje con cara de calavera sobre una pequeña moto chopper, casi vi las llamas que desprendían los neumáticos. Ahí leí, detrás de aquella casa imaginaria, escuchando el susurro de una pareja que el árbol escondía y los sonidos de las gallinas en la barranca. Peyote fractal, Chéjov platicadito, y varias frases que consideré rescatables: aquel delicado instante en que tus principios se vuelven tus últimos.

Después regresé al centro, debía realizar unos pagos, cosa que no hice porque ya habían terminado de armar el escenario en el centro, y, si esto no lo convence de que éste es un valle surreal no sé qué lo hará, habían colocado un cuadrilátero de lucha libre. Eran como las siete de la tarde y en realidad yo me dirigía al baño, pero la voz del presentador gritando Lucharán de dos a tres caídas sin límite de tiempo, con relevos sencillos… me hizo adueñarme de un lugar, además que era la primera de las luchas. Según recuerdo fueron cuatro luchas, mas siento que se me escapa alguna. Grité leperadas a los rudos como hace tiempo no lo hacía, y vaya que los de la última pelea sí eran muy rudos.

En la primera lucha arrojaron hasta mi lugar a un luchador llamado Aaron el hermoso, que era un personaje puñalesco como abundan en las luchas, para divertimiento de los presentes hizo la pantomima  de abrazarme y propinar un ósculo en mi mejilla izquierda, supe que no había sido uno de los mejores lugares para mirar las luchas, al frente, en primera fila. Ganaron los técnicos. En la segunda hubo hombres y mujeres (parejas), el público verdaderamente se encariñó con Zeta, que, lamentablemente, al final sufrió un accidente al caer mal y fue trasladada en camilla; en esta lucha, cuando el rudo intentó volar sobre la tercera cuerda, sus pies se atoraron y aterrizó de una manera muy aparatosa, para su fortuna ganaron los rudos.

La buena fue la lucha final: tres técnicos contra tres rudos en relevos australianos. Si los primeros interactuaron de cierta manera con el público, estos últimos se ganaron la noche, los rudos maldijeron a esta cuna de grandes artistas, tergiversaron el nombre, los (nos) ofendieron, y hasta agarraron a las mascotas de los presentes para aplicar llaves, acto que le ganó el odio y las lágrimas de una pequeña al luchador llamado El Perro, que al final resultó verdaderamente adolorido.

Quizá después les cuente más sobre las luchas, o sobre las lecturas en aquel lugar, las caminatas, hoy ya me explayé demasiado con estas líneas que tenía muchas ganas de compartir con ustedes. Caminen mucho, nunca se sabe qué se podrá encontrar a la vuelta de la calle. Nos vemos, muy importantes lectores.

Necronomástico

Bienvenidos una vez más a una de estas pequeñas entradas fugaces que de vez en cuando se permiten publicarse aquí. Quizá se pregunten ¿qué lo trae por aquí un miércoles? y quizá podría responderles que nada, simplemente el deseo de compartir unos momentos escritos con ustedes, pero en realidad quiero contarles algo.

Si mal no recuerdo, el mes pasado leí una convocatoria a un concurso de cuento regional, y me pregunté a mí mismo ¿por qué no he de entrar? Así que lo hice. Desenterré una idea para un cuento que quería escribir desde hace algún tiempo. Todo empezó cuando en la biblioteca la dueña de mis horas me leía un párrafo de un libro en el cual se narraban las vicisitudes que dieron vida a mi cuento titulado Necronomástico. Así, con los días, hilé una pequeña narración con un toque de realismo mágico. Lo corregí, lo leí, lo volví a corregir, quedó terminado y lo mandé en su precioso sobre amarillento a la dirección marcada en la convocatoria.

Esperé.

Me desesperé. Los resultados serían publicados el sábado pasado en un diario regional, pero con el trabajo, la escuela y el ocio, no tuve tiempo de comprarlo. Domingo: nada. Lunes: descubro que en mi bandeja de correo hay una carta con el título de la convocatoria, oh sorpresa, he ganado una mención honorífica.

Aunque no sea el primer lugar, ser reconocido de alguna manera en uno de estos concursos le mantiene a uno la esperanza pueril de aquello que se está haciendo está bien hecho. Según el diario, se recibieron más de 50 cuentos, y además del primer lugar se le hizo mención honorífica a 3 cuentos  (ó 5, algo así).

Mañana entregan los premios, y por allá andaré, a ver qué me toca, una felicitación, algo de pavoneo, etc., y regresar a escribir.

Si quieren una copia del cuento con gusto se las mandaré si dejan un comentario aquí con su correo electrónico, son 5 cuartillas a doble espacio, así que ya van a la mitad.

Saludos.

(No sé qué pasó hoy con las oraciones tan largas).

Más egotista que nunca

Recuerdo la primera vez que hablé de mí, conocer el yo y el poder de narrar en primera persona mi vida; yo esto, yo aquello, decirlo sin más. Es fácil escribir acerca de sí mismo, es, incluso, más sencillo que hablarlo, porque hablado resultas una persona egoísta, pero escrito es diferente, es un recurso facilísimo. Me gusta ser parte de las personas involuntariamente, que me conozcan, que retengan un poco de mí: una palabra, una canción, un gesto, lo que sea. Por ejemplo, me gusta regalar música que me agrada, y de vez en cuando he regalado algún disco con canciones de aquella banda de culto que toca blues y que se llama igual que como se conoce a Real de Minas de Nuestra Señora de la Limpia Concepción de Guadalupe de los Álamos de Catorce; no sé, es egotismo puro, pensar que uno tiene la razón, que lo que uno cree es lo mejor, e inculcarlo por ahí a todas esas personas ávidas de más, abiertas a nuevos rumbos, es sencillamente delicioso.

Uno va por ahí, por la vida, dejando un poco de sí en todo lo que conoce (voluntaria e involuntariamente). Cuando llegas a este mundo eres algo nuevo, completamente diferente a lo existente, y te espera (el mundo) con ansias de ti. Algunos han llegado a cambiar la manera en que el mundo espera, por no decirlo de manera más obvia. Sin más, hoy le dije a un taxista que en algún momento de mi vida me gustaría practicar su profesión, así, como quien habla desde el asiento trasero. Si tienes suerte, si te encontraste a uno de aquellos que les gusta charlar en el trayecto y hacer el viaje más ameno (qué banal yo), te contará y te explicará bastante —bastante es sinónimo de suficiente—. Quizá mañana cuando a la hora de la comida esté por comerme unos ricos tacos al pastor, le cuente al taquero que en algún momento de mi vida me gustaría rebanar el trompo y hacer volar la piña, aunque esta vez estaría mintiendo.

Hoy es 10 de mayo, felicidades a todas las madres, a mi madre.

real de catorce
Blues y luz

¡Ah! Y quería compartir desde hace un tiempo esto con ustedes, es el altar que le tengo al maese José Cruz en la cima de mi librero.