Luego de varios finales (1)

Leí “Relato de un náufrago” en dos partes —debo agregar, para no dejar en usted, lector, la impresión de que este blog es un recoveco de ligerísimas reseñas de libros, que no encontré otra manera de empezar este breve texto—. La primera de ellas fue la importante. Me acompañó como polizón en la mochila a un viaje que hice a la ciudad de Guadalajara hace apenas dos semanas. Un viaje que pudo durar un día (y si nos ponemos estrictos: pudo no haber existido), y que, sin embargo, se prolongó tres o cuatro.

Pero existió, y después de esos días yo regresé al lugar de donde partí. Regresé en un viaje tedioso y lleno del presagio de la primavera. El camión debió salir a las tres y media de la tarde y lo hizo una hora después; el viaje, que se supone se debe recorrer en dos horas, tardó cuatro. Afortunadamente el asiento contiguo al mío estaba desocupado —en verdad fue suerte, en estos camiones la gente se sienta incluso en bancos en el pasillo—. Un dato rescatable de este viaje es que obtuve el título de un cuento. Me ha sucedido últimamente: no se me presentan las historias completas —o por lo menos no tan continuamente—, sino que sólo aparecen títulos, nombres de personajes, primeras líneas, y aparecen como quien se encuentra un tornillo en la calle para guardarlo y utilizarlo después.

En el camión no había mucho que hacer: desgastarme intentando abrir las ventanas, o investigar qué traía en la mochila. Ahí encontré el libro que acababa de leer durante mi estancia en Guadalajara, “Fotografía de la página 14”, y junto a él “Relato de un náufrago”. Lo leí mientras me lo permitió la luz que entraba por la ventana del camión, apenas dos horas.

Las sacudidas del camión, la falta de una botella de agua, y el calor excesivo, me hicieron sentir como Luis Alejandro Velasco, el náufrago. Hoy tomé el libro de nuevo y terminé de leerlo en el sillón de la sala, como si fuera en la hamaca en la que lo llevaron a Mulatos. El problema es que leer “Relato de un náufrago que estuvo diez días a la deriva en una balsa sin comer ni beber, que fue proclamado héroe de la patria, besado por las reinas de belleza y hecho rico por la publicidad, y luego aborrecido por el gobierno y olvidado para siempre”, provoca sed.

Lo peor de todo es que esta noche descubrí que los garrafones de agua de la casa están casi vacíos, apenas un vaso de agua, del que ya me he tomado la mitad y ahora cuido celosamente la otra

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Tenía que ser una segunda parte (dentro de la Casa Arreola)

Recuerdo la primera vez que leí Las batallas en el desierto como si hubiera sido ayer. José Emilio Pacheco se me presentó póstumo. Caminaba entonces por aquellas calles color sepia de la ciudad, justo frente a catedral, y sobre los adoquines incompletos que intentan darle a este lugar una imagen diferente —empezaron antes de octubre, ahora es enero y todavía no concluyen su remozamiento—. Decidí entrar a la biblioteca “Juan José Arreola”, y leer el libro. Quién lo diría, yo leyendo al amanuense de Arreola en ese lugar, en esa ciudad, en ese día.

Eran aproximadamente las seis y media de la tarde. En la entrada de la biblioteca una mesa ofrecía los libros de José Emilio Pacheco: Las batallas en el desierto, El principio del placer, Poesía completa, y uno más de poesía para niños y jóvenes. Caminé hasta el lugar donde deberían estar los demás. Encontré el lugar vacío, apenas otros dos, así que decidí tomar Las batallas de la mesa y leerlo cerca de una ventana. No firmé el libro de visitas, últimamente me hace sentir mal al llegar a la parte que dice ocupación.

Las batallas en el desierto me sensibilizó. Me sensibilizó con la belleza, con la muerte, con las pequeñas gratitudes de la vida, y me hizo recordar mi infancia, el primer amor imposible de un niño. José Emilio Pacheco escribió alguna vez que a su entrada al infierno, cuando los demonios le pregunten: “Y usted, ¿qué fue en la vida?”, podrá responder con orgullo: “Fui amanuense de Arreola”. Seguramente le preguntaron eso, pero en el cielo de las letras.

La historia detrás de esta frase es increíble. El mismo Pacheco la cuenta con unas palabras dignas de releerse, como todo él. Arreola había recibido un pago por adelantado por un libro que debía escribir: Punta de plata. Sin embargo, el término perentorio llegó, Arreola tenía lo mismo del libro que del adelanto: nada. La editorial señaló una nueva fecha de entrega, y Juan José Arreola, a una semana de ese día, seguía en las mismas: la tinta y el papel no podían consumar su relación.

Pacheco, en su escrito, infiere el bloqueo del escritor, y narra la angustia por la que pasaba Arreola: “Mientras más perentoria es la urgencia de entregar un texto más imposible se vuelve el sentarse a escribirlo”. Y justo esa semana, la última antes de que los abogados le exigieran a Arreola devolver el adelanto, José Emilio lo visitó en su casa, lo hizo recostarse en su catre, sacó papel y pluma —una Sheaffer—, y le pidió que le dictara el libro. De acuerdo con Pacheco, el primer animal que subió al libro fue la cebra:

“La cebra toma en serio su vistosa apariencia, y al saberse rayada, se entigrece. Presa de su enrejado lustroso, vive en la cautividad galopante de una libertad mal entendida”.

Y el último:

“Para el macho que tiene sed, el camello guarda en sus entrañas rocosas la última veta de humedad; para el solitario, la llama afelpada, redonda y femenina, finge los andares y la gracia de una mujer ilusoria”.

(No sé si me pueda meter en problemas, pero compartiré con ustedes durante lo que queda de enero y febrero, el texto escrito por José Emilio Pacheco, para leerlo da clic aquí: “José Emilio Pacheco, el amanuense de Juan José Arreola”.)

Sin embargo, la historia que quiero contarles comienza una semana antes, un día domingo dentro de la casa que imaginó Juan José Arreola —es posible que usted, muy apreciado lector, encuentre en este breve texto el nombre de este escritor zapotlense tantas veces como José Saramago escribió Tertuliano Máximo Afonso en su libro El hombre duplicado. No sé por qué, pero a veces los nombres se clavan en la médula del escrito y demandan su presencia; no es cosa mía.

Era un domingo a las nueve de la mañana. En la Casa Taller Literario y museo de sitio “Juan José Arreola” —como se le conoce ahora— un grupo de aficionados a la fotografía esperaba con ansias un seminario impartido por un profesional. Vanzini algo, o algo Vanzini, era el nombre del fotógrafo regordete que se jactaba de haber tomado fotos todas sus fotos con flash —no me haga caso, no me acuerdo de qué se jactaba, pero sí recuerdo que era regordete, tenía una graciosa barba y llevaba una camisa roja con un chaleco encima; hombre de pocas palabras—. Yo estaba ahí por casualidad, la inscripción al seminario la pagó un amigo a quien una semana antes tomé varias fotografías: era la manera en que me agradecía.

Debo decir desde ahora que el seminario resultó decepcionante. El hombre de camisa roja y chaleco resumió todo de la siguiente manera: “Soy fulanito de tal Vanzini, tengo esta cámara, estas sombrillas, y ahora vamos a tomarles fotos a unas chicas”. En lo que recogió su equipo nos dejó con una presentación de diapositivas de sus fotografías de estudio, ya sabrán: niñas en traje de quinceañera, familias enteras en poses incómodas, y retratos con transparencias en blanco y negro que me hacían pensar seriamente que ésa fue la última fotografía de aquellas personas.

Desde las diez de la mañana hasta las tres de la tarde los aficionados se dedicaron a seguir al barbitas cual flautista, quien se limitaba a hablar y acomodar a las chicas, sin explicar una sola cosa de su trabajo. En fin, yo estaba dentro de aquella casa y tenía que aprovechar el tiempo, así que hice lo siguiente:

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El estudio de Juan José Arreola en Zapotlán el Grande

Arriba vemos el estudio de la casa, no es difícil imaginarse a Arreola sentado frente a ese escritorio. Aquí, al frente, está una gran mesa lustrosa, es de madera y justo en medio tiene un tablero de ajedrez, conocida afición del creador de La feria. 

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Una vista del museo de sitio.

Además de conservar muebles, fotografías y otros objetos personales, la casa lleva en sus entrañas un museo de sitio donde se exponen las ediciones en varios idiomas de los libros de Arreola, su ropa, máquinas de escribir, tableros de ajedrez, y manuscritos. Esta parte de la casa fue remodelada recientemente.

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Un par de fotografías, en su juventud, y con sus nietos

Arriba vemos un par de fotografías que se encuentran encima del gran mueble de la primera imagen que les presenté.

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Parte del patio de la casa del escritor

Dentro del terreno de la casa, Juan José Arreola colocó grandes jardines que han sido adornados con esculturas de otro artista de la región, aquí le llaman Tijelino —no me pregunten cuántas hay, cada vez que visito el lugar encuentro alguna más—. Su casa es un contraste con la de los vecinos: casas lujosas, enormes, de dos o tres pisos en la ladera de un cerro cubierto de árboles, desde donde se tiene una vista privilegiada de este valle surreal. La casa de Arreola también es grande, pero más parece un sueño que un lujo. Tiene lugares escondidos, escaleras minúsculas que se pierden en sótanos desconocidos. Alguna vez me contó alguien que el mismo Arreola los había diseñado así para huir de las personas que lo visitaban y que él no quería ver.

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Parte de los jardines de la casa

De nuevo podemos ver las esculturas, algunas de ellas tienen péndulos y partes que se mueven, los visitantes pueden interactuar con algunas cuantas.

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Manuscrito de Juan José Arreola

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Una de las ventanas de la casa

 

 

 

 

 

 

 

 

A veces me arrepiento de muchas cosas (antología de mis días)

Desocupados lectores de éste, su humilde blog. El día de hoy vengo a contar lo que sucedió el día de hoy. Quizá a usted no le interese porque, al igual que yo, tuvo un día de 24 horas donde transcurrieron muchas cosas interesantes. Y al decir día no me refiero al momento en que el sol aterriza sobre el asfalto en una ciudad determinada, no, lo explico para evitar ambigüedades. Recuerde que este es un espacio intimista, donde trato de exponer de manera explícita y fantasiosa lo que acontece en este valle surreal.

Este día empezó ayer. Cuando rompí desesperadamente el empaque de un libro nuevo. Existió un tiempo donde yo no entendía por qué la gente lee tantos libros al mismo tiempo. Incluso llegué a pensar que hacerlo implicaría una desatención a uno y a otro, sin embargo, ahora he entrado en ese círculo vicioso involuntariamente. Sí: son lecturas muy lentas, muy largas, pero siempre hay un momento en el día (aún más en la noche) para cada una de ellas. Es un libro que, debido a un tiempo que se acerca estruendoso, consideré oportuno leer.

Ahora que lo pienso más detenidamente, este día empezó hace una semana.

Fue en el momento en que se ponchó una de las llantas de mi motocicleta. Era sábado, probablemente al día siguiente las llanteras se encontrarían cerradas. Por lo tanto dejé mi vehículo en la casa de la dueña de mis horas. Y fue hasta el día de hoy que tuve tiempo suficiente para llevarla con los señores de las llantas. Afortunadamente la llantera no se encontraba demasiado lejos de mi punto de partida, unas seis o siete cuadras, calles más, calles menos. Sin embargo, elegí un mal momento para empujarla hasta allá: bajo el terrible sol que presagia la primavera.

Como podrán imaginar, llegué al lugar en cuestión deshidratado, cansado y con los nervios crispados por los conductores que pasaban peligrosamente a mi derecha. Quizá no tan peligrosamente, pero posiblemente más de uno de ellos tuvo la idea descabellada, sin llegar a cometerla, de hacer algo en mi contra. Está bien, exageré un poco.

Los llanteros, enfadados por la falta de clientes, en un local situado en una esquina, con manchas de grasa en todas las paredes y con llantas en la entrada que servían tanto de distintivo como de asiento, veían un estentóreo programa de televisión abierta más vacuo que mi llanta problemática. Me atendieron rápido, quizá porque una hora antes había llegado a verificar —casi a hacer cita, por si las dudas— que estuviera abierto, quizá porque era el único cliente. Después de mí, cuando ya desmontaban la llanta trasera de mi vehículo azul, llegaron otras dos preocupadas personas.

Las noticias fueron malas, lo supe cuando me dijeron parece que la rodaron baja. Uno siempre intenta saber de qué hablan las personas a las que se recurre para solventar nuestros problemas, y ellos sólo hablan con tecnicismos. Sé que no era tan difícil entender el significado de rodado bajo, pero recuerde usted, lector, que yo estaba asoleado, crispado, deshidratado, confuso, casi como niño que se pierde en tianguis. Significaba que tuve la osadía de andar en la moto cuando la llanta ya estaba ponchada. Claro, me di cuenta después y por eso la llevé con ellos.

Ahora imagine usted, lector, lo siguiente. Como me la llevé casi arrastrando, pesada por la culpa de la llanta ponchada, muy pesada, no pensé en encenderla por ningún motivo. De la misma manera, olvidé llevar la llave de encendido. Oh, segundo infortunio en la retahíla de desventuras. La llave no estaba en mi lugar de partida con la moto, sino en mi casa, en un extremo de la ciudad. Para remediar esto, una vez que estuvo completo el trabajo de los llanteros —que se limitaron a decirme que mi llanta no servía y que debía comprar otra, y que lo hice— les pedí que la cuidaran unos minutos, mientras iba por la llave a mi casa y regresaba. Satisfechos por la paga respondieron que sí.

Oh no, había dejado las llaves de mi casa en la casa de la dueña de mis horas (en el centro de la ciudad). Qué coincidencias de la vida tan arteras. Hablé con ella por teléfono y accedió de buena gana a traerme mis llaves para poder abrir mi casa y sacar la llave de encendido de mi motocicleta y regresar por la motocicleta, oh.

Estuve a diez segundos de morir por deshidratación, así que fui a la tienda más cercana y compré una botella de agua mineral. Santo remedio. Me mantuvo con vida mientras leía, acostado en la caja de una camioneta para cubrirme del sol —sí, dentro de la caja—, y afortunadamente (quizá lo único afortunado del día) llevaba el libro que acababa de abrir la noche anterior: Ensayo sobre la lucidez.

Leí unas cuantas páginas cuando llegó ella con las llaves. Sonreí. Luego no tanto. No eran las correctas. Días antes, había separado el racimo de llaves y había creado varios; el que ella traía no era el de las llaves de mi casa. Tenía ganas de gritar fuerte, muy fuerte, pero sólo pude soltar una carcajada medio fragorosa. Oh, no sé qué hice para merecer esto.

Regresamos a su casa —ella traía automóvil—, recogí las llaves correctas, regresé a mi casa, abrí la puerta, recogí la llave de encendido de la motocicleta, regresé por la motocicleta.

Algo muy malo hice esta semana para merecer esto. Lo sé. Quizá llamarle continuamente marrano a un marrano, burlarme sin recato de las personas que ven televisa los domingos, desearle la vida a alguien, no lo sé, pero algo, algo fue.

Los cuentos que yo cuento (Antología de mis días)

Ínclitos lectores de éste su humilde blog. Les doy la bienvenida nuevamente a uno de mis días pasados, los días que debo rememorar y traducir en palabra escrita para que dejen de estar en mí y se conviertan en un poco de ustedes. Sigo pensando que cada que hago esto corro el riesgo de desaparecer de mi vida los días contados, sin embargo tomo el riesgo, ¿a caso sería más recomendable guardarme mis vivencias para mí mismo? Como ya se habrán dado cuenta, este blog se ha convertido «sin querer» en una bitácora de mis pairos en un valle surreal. Qué le puedo hacer, me he abierto paso en este camino.

Por más que esta entrada haya tomado un tinte sublime, solemne, de lo que les quiero hablar es de rock, mejor dicho: de hard rock.

deep en guadalajara

Tuve la oportunidad, junto con la reina de mis horas, de asistir a un concierto de Deep Purple. Creo que sería más adecuado decir, busqué, o adquirí, o luché por la oportunidad. En este valle no llegan los boletos para los grandes conciertos, así que uno tiene que ir personalmente hasta la taquilla a conseguirlos (incluso si esta se encuentra a más de 150 kilómetros de distancia). Esto implica doble gasto en transporte: para conseguir el boleto y para asistir al concierto, ya que si nos esperamos al día del evento, seguramente no habrá más en taquilla. Pero este no fue el caso.

Cabe señalar que aquel día teníamos tres boletos, mas éramos sólo dos, así que íbamos con la inconcusa idea de “revenderlo”, claro, al mismo precio, no queríamos lucrar como hacen los malditos revendedores que le provocan tanto mal al mundo de los conciertos. No se pudo. Todavía existían boletos en la taquilla y, además, los revendedores los estaban dando más baratos (lo hacen porque a) son falsos, b) son robados).

Entramos al concierto con un boleto de más, así, como si un fantasma nos hubiera pedido permiso de ver a Deep Purple. Yo no conocía el auditorio más que por fotografías, y en realidad se veía algo pequeño. Esa es una gran ilusión que provocan los lugares vacíos, se ven mucho más pequeños que cuando están llenos, será por el fervor, la expectativa, no lo sé.

Ya que no pudimos comprar boletos más costosos, subimos por las escaleras que daban hasta el segundo balcón. Como no se llenó —cosa que me extraña por la magnitud de la banda— nos bajaron un lugar, o sea en donde irían los siguientes boletos en la lista de precios (vaya suerte, ojalá se repitiera). Nos sentamos exactamente en el centro, por coincidencia talvez, ya se habían llenado los siguientes. En verdad la vista era muy buena.

No hablaré mucho de la banda, no soy una enciclopedia del rock, pero tiene una gran trayectoria en el hard rock y además continua muy vigente, por lo menos entre los que asistentes, ya que los integrantes están algo… vetustos. Ian Gillan, vocalista, tenía que caminar hacia el fondo del escenario entre canción y canción, y a veces a mitad de una. Seguramente aspiraba un poco de oxígeno, o algo macrobiótico. Debo admitir que, aunque me gusta casi toda la discografía, esa vez yo iba a escuchar Hush. Es una manía mía, concentrarme en una canción y en esa brincar y cantar como un loco, qué loco ¿no?

Dejando de lado mis vesanias, la gran sorpresa de la noche la dio el tecladista, cuando se quitó el saco dejando ver que debajo traía una camisa de las chivas y comenzó a tocar la bamba, después la cucaracha y creo que hasta el jarabe tapatío se aventó. Después, no recuerdo cómo le hicieron, pero sin dejar de tocar las melodías mexicanas, ya estaban tocando Hush.

Esto sucedió el 27 de febrero. Nota mental: creo que no dejaré pasar mucho tiempo entre la fecha y el escrito porque me olvido de demasiados detalles.

Los colores de quince minutos de oscuridad (Antología de mis días)

Estimadísimos, apreciadísimos lectores de éste su humilde blog, de nuevo he venido a contarles lo que acontece en mis días, aquello que sucede en este valle surreal. Como ustedes ya saben, asiduos lectores, en estos días vivo en una ciudad tan pintoresca que cualquier cosa que les narre parecería mentira, pero no lo es, aunque tampoco es mentira que todo lo narrado (pongámosle así a lo escrito) se desvanece de la realidad. Por lo tanto, y siendo éste el tema de un cuento que escribiré pronto, me estoy arriesgando a desaparecer de mi vida los días que les cuente, a desandar en la ficción mis pasos, a convertir en argucias mis líneas, etc.

Me considero un, más que aprendiz, aprendedor, igualmente creo que todos lo somos. Uno siempre va por la vida aprendiendo, oh, desdichado aquél que malgaste sus horas sin capturar un instante de novedad. Hasta hace algún tiempo, quizá un mes, mes y medio, yo no contaba con un trabajo propiamente dicho (lugar donde te cambian tus horas por monedas, tal cual lo hacían antes con la riqueza y los espejos). Ahora sí, ahora soy una persona formalmente empleada. Las cosas en el trabajo, sin banalizar, se han puesto densas; el sábado pasado, al salir de clases, me dirigí a aquél sitio con todas las ganas de realizar mis deberes, mis menesteres. Por políticas de la empresa, me prohibieron laborar mis ocho horas sabatinas.

Pensará usted, muy respetado lector, que, de alguna manera, yo estaba predispuesto a pasar aquellas horas enclaustrado, y, al no permitírseme actuar debidamente, tendría ese tiempo para convertirlo en eso que el diccionario despectivamente llama cesación del trabajo, inacción o total omisión de la actividad. Hace poco leí en un periódico que un investigador alemán descubrió que tomarse cinco minutos de cada hora (u hora y media) en el trabajo para hacer nada, es completamente aconsejable y saludable. Según lo que recuerdo de la nota, esto ayuda a aumentar la creatividad y evitar el estrés, como una válvula de escape. No hacer nada, que en alemán se llama nichtstun, es ejemplificado por el investigador en el ascenso a una montaña, si usted tuviera sólo un descanso, a mitad de la escalada, seguramente no podría llegar a la cima, sin embargo al descansar por periodos cortos cada cierto tiempo el alcanzar la meta sería mucho más sencillo. Así que, a mansalva, sin temor a que me vayan a despedir, yo lo hago, tomo mis cinco minutos cada hora y no hago nada.

Regresando a las horas que tuve libres el sábado, pensé en hacer algo productivo, aunque sí soy un ocioso funcional, no quise desaprovechar esta oportunidad. Siempre he tenido una especial atracción a los días sábados, que se me hacen más apacibles que los domingos y sobre todo menos desesperante que cualquier día entre semana; sobre todo las mañanas en el jardín central de este valle surreal. Pero era la una de la tarde, sol, calor, gente. Como salí temprano de la casa para llegar pronto al trabajo, llevaba puesta una camisa relativamente gruesa, de una tela que no es aconsejable usar en primavera (aunque aquella camisa me la regaló la dueña de mis horas). Después de mostrarme, como se debe, molesto y enojado por la decisión del que se le puede llamar ahora mi jefe o mi patrón, gritar algunas infamias, azotar una que otra puerta, salí de ahí.

Caminé en dirección al saliente por aquella calzada. Como estoy por adquirir una motocicleta, decidí comprar un casco, para poder usarla en el mismo momento de la entrega, y, claro, buscarle uno a la dueña de mis horas también. Hacía mucho calor, el lugar estaba a varias cuadras que tuve que caminar bajo el intenso sol del medio día (gracias horario de verano). Llegué acalorado y pedí que me mostraran muchos, pregunté precios, di las gracias y me fui comparar precios en otro establecimiento. Cuando salí de ahí ya no podía con el recalentamiento global, me dirigí a una de esas tiendas de ropa donde venden camisas a precios muy bajos, compré una blanca, me la probé y dije que me la llevaría puesta. Así fue.

Ya renovado y fresco, pensé en caminar hasta la parada del camión en el centro de la ciudad, pero estaba relativamente lejos y había una más cerca. Milagrosamente el camión urbano —léase con sorna— no tardó en aparecer, subí. Se podría hacer un estudio, una clasificación psicológica, quizá de ideología, por el lugar en que las personas se sientan en el transporte público. Inmediatamente detrás del conductor las ancianas con bolsas del mandado y con nada de prisa, a su derecha los ancianos de sombrero y bastón, con arrugas de historias en los ojos, detrás de ellos las mujeres jóvenes solas nerviosas, detrás de las primeras las parejas, señoras, señores, introvertidos… vaya vaya, tema para otra ocasión.

Aunque los cascos costaban cincuenta pesos más en el segundo lugar, compré ahí el mío porque había más variedad, además no pensaba regresar, con el méndigo calorón. Caminé muy orondo con mi casco negro forrado de piel (ajá). Quizá me encontraba a siete u ocho cuadras del centro, así es, este valle a menudo se torna pequeño, se contrae y se expande tanto que aquí ya ni nos damos cuenta. Caminé, me encanta caminar, es como poner en marcha toda la humanidad, tangible e intangible. Caminar desata nudos, hace pensar, activa la inventiva. Recordé que en mis años de prepa solía sentarme junto con mis compinches en unas gradas que están en los portales, situadas frente a un banco. Casi instintivamente me dirigí hasta ahí para descansar unos minutos.

En el camino compré un litro de agua con un insolente y maleducado dependiente, normalmente la compro a temperatura ambiente, pero en esta ocasión determiné que sería mejor adquirirla helada, por aquello del calor y las cuadras que aún tenía que andar, y como diría un vecino de esta ciudad: se me ocurre que he caminado más de lo que llevo andado, de haber llovido quizá se me ocurrieran otras cosas. Sentado esperé el tiempo. Desde ese lugar se tiene una panorámica del centro de la ciudad, a la derecha se observan los portales del sur, un poco más al centro está catedral suntuosa, al centro las fuentes que divierten a niños y jóvenes, y que empapados descubren párrafos de vida, ahí mismo las lámparas adecuadas cual pista de aterrizaje, más al norte el jardín principal, me atrevería a decir ciclópeo, los árboles, pinos, primaveras, malditas palomas, al frente, en la acera del otro lado del cuadro central, el portal del saliente, con el edificio de la presidencia, los cafés para exhibicionistas, todo enmarcado por los portales de cantera monolítica. Ahí, a un costado de catedral, se pueden observar tres iglesias y una parroquia, vaya lugar.

Soy persona que se aburre fácilmente, así que me puse de pie para discurrir por el jardín, y como me gustó otra imagen de la ciudad, me senté de nuevo en una banca, casi me quedo dormido. Ahí la vista era diferente, al frente el kiosco con el mimetismo avergonzado de Clemente Orozco, hijo ilustre, muy diferente pero semejante a los hijos sin lustre. El cielo azul, los portales del norte, el escenario que estaban levantando. Circunnavegué el jardín hasta llegar a la librería del centro, estaba cerrada. Me dirigí a otra, a una cuadra de la primera. En ésta también venden revistas y café con letras. Compré la revista que genera adicción y otra titulada casi como una obra de Kafka, Proceso. En ese momento ya sabía bien lo que haría.

En esta ciudad, como en muchas otras, hay lugares que me atraen con un raro magnetismo; lugares que me otorgan cierta paz, ganas de permanecer. Son pequeños territorios que por alguna razón encuentro gratos y apacibles. Uno de ellos es el estacionamiento de la universidad, el que está por la avenida Colón, desde ahí hasta las jardineras de los enamorados. Otro es el cerro que está al este, ese que está donde termina lo que Arreola nombra el lugar de los claridosos, Chuluapan. Y otro es la parte de atrás de la casa del maestro Juan José Arreola. No sé por qué, pero ahí, esa barda de piedra, desde donde se aprecia el valle surreal casi completito, el árbol, la barranca con las gallinas calladas pero ruidosas; esa subida contrastante de hogares, donde puedes apreciar en el número 66 una casa humilde y enfrente una mansión del tamaño de la manzana entera y muchas como ésa. Ahí me gusta. Un día soñé, sin haber estado ahí antes, que era ese lugar donde se encontraba el teatro mágico de Hermann Hesse, ahí la puerta, ahí donde no hay nada. Desde entonces, cada que puedo asisto ahí a ver llover, el atardecer, leer, etc.

Para llegar se debe caminar al este toda la cuadra Pascual Galindo, que también tiene unas casas hermosas. Luego al norte una cuadra, al este otra, al norte otra, al este otra y nuevamente al norte, no hay pierde. En el camino me encontré a un pequeño personaje con cara de calavera sobre una pequeña moto chopper, casi vi las llamas que desprendían los neumáticos. Ahí leí, detrás de aquella casa imaginaria, escuchando el susurro de una pareja que el árbol escondía y los sonidos de las gallinas en la barranca. Peyote fractal, Chéjov platicadito, y varias frases que consideré rescatables: aquel delicado instante en que tus principios se vuelven tus últimos.

Después regresé al centro, debía realizar unos pagos, cosa que no hice porque ya habían terminado de armar el escenario en el centro, y, si esto no lo convence de que éste es un valle surreal no sé qué lo hará, habían colocado un cuadrilátero de lucha libre. Eran como las siete de la tarde y en realidad yo me dirigía al baño, pero la voz del presentador gritando Lucharán de dos a tres caídas sin límite de tiempo, con relevos sencillos… me hizo adueñarme de un lugar, además que era la primera de las luchas. Según recuerdo fueron cuatro luchas, mas siento que se me escapa alguna. Grité leperadas a los rudos como hace tiempo no lo hacía, y vaya que los de la última pelea sí eran muy rudos.

En la primera lucha arrojaron hasta mi lugar a un luchador llamado Aaron el hermoso, que era un personaje puñalesco como abundan en las luchas, para divertimiento de los presentes hizo la pantomima  de abrazarme y propinar un ósculo en mi mejilla izquierda, supe que no había sido uno de los mejores lugares para mirar las luchas, al frente, en primera fila. Ganaron los técnicos. En la segunda hubo hombres y mujeres (parejas), el público verdaderamente se encariñó con Zeta, que, lamentablemente, al final sufrió un accidente al caer mal y fue trasladada en camilla; en esta lucha, cuando el rudo intentó volar sobre la tercera cuerda, sus pies se atoraron y aterrizó de una manera muy aparatosa, para su fortuna ganaron los rudos.

La buena fue la lucha final: tres técnicos contra tres rudos en relevos australianos. Si los primeros interactuaron de cierta manera con el público, estos últimos se ganaron la noche, los rudos maldijeron a esta cuna de grandes artistas, tergiversaron el nombre, los (nos) ofendieron, y hasta agarraron a las mascotas de los presentes para aplicar llaves, acto que le ganó el odio y las lágrimas de una pequeña al luchador llamado El Perro, que al final resultó verdaderamente adolorido.

Quizá después les cuente más sobre las luchas, o sobre las lecturas en aquel lugar, las caminatas, hoy ya me explayé demasiado con estas líneas que tenía muchas ganas de compartir con ustedes. Caminen mucho, nunca se sabe qué se podrá encontrar a la vuelta de la calle. Nos vemos, muy importantes lectores.