Huracán Patricia I

—¿Dónde estuvieron todo este tiempo —le pregunté.

—Allá, en una casa mejor construida —dijo. Veía la pared de su hogar, recién edificado, con los ladrillos colocados de lado para que con menos ajustara más. Me dijo que su apellido era Martínez, y vivía ahí, en ese lugar. —Destruyó mi casa —agregó con las manos en la cintura, para luego ponerse a recoger las gruesas ramas de las palmas en su lomo, y comenzar de nuevo el techo de los hogares de las cuarenta y dos familias que casi lo pierden todo por el Huracán Patricia.

Me dijo que las cuarenta y dos familias se habían resguardado en una construcción más grande. Familias. Para saber cuántos eran, pregunté cuántos vivían con él. Sus dos hijos, o hijas, su esposa, su suegra y su suegro. Con él sumaban seis. Si lo demás eran tan numerosos —y lo parecían— habrían sido doscientos cincuenta por lo menos los afectados en Chamela, del Municipio de La Huerta, Jalisco.

¿Cómo los encontramos? Por la inclinación de los árboles. Porque cada vez la carretera se hacía más intransitable. Pasamos de conducir entre un paraje selvático, con las hierbas grandes, de frondas prominentes, de gruesos árboles color claro como la ceiba, a un desierto acostado de ramas, de palmas despeinadas, de cerros y cerros sin una sola hoja.

¿Cómo nos ven ellos? Después leí que a otros reporteros les dijeron ‘nomás vienen, toman fotos y se van’. Pocas veces me he sentido más invasivo, más incapaz de hacer algo en el momento. No sabía si ya había traspasado propiedad privada pues los cercos de madera estaban arrancados. No podía levantar ninguna pieza de ropa empapada, acercar la lámina de zinc llevada por los vientos. ¿Qué podía hacer?: preguntar.

—Nos fue peor que con Jova —relató acerca de su última experiencia con huracanes.

¿Dónde estábamos nosotros en ese momento? En Puerto Vallarta, turístico lugar a punto de ser devastado por un un huracán categoría cinco, la mayor. Ahí se reunieron los ojos de los medios de comunicación. En salas de redacción, cabinas de radio, estudios de televisión, algunos esperaron para recibir en cualquier momento la primera información sobre los fuertes vientos que azotarían al Puerto. Las primeras imágenes: los vidrios rotos, los automóviles levantados por el aire, las intensas marejadas. Pero no. No hubo viento, y apenas una llovizna acarició el malecón abandonado de turistas y comerciantes.

A ciento cincuenta kilómetros por la carretera 200, desde Tomatlán hasta Cihuatlán, los poblados sí resintieron la furia del fenómeno natural.

—Se movían hasta los cimientos —recordó otro de los pobladores mientras apuntaba las bases de su casa. Enfrente de su domicilio, los vientos se llevaron una ramada, tiraron un techo de lámina. Donde él vive, a pesar de tener también el una palapa con techo de palma, tuvo la precaución de atarlos con un lazo color amarillo y de ahí no se movió. La que parecía ser su nieta salió por entre una estrecha puerta y dijo «detenimos acá». La niña señaló dentro de su hogar. Ellos viven en la entrada del pueblo, justo frente a un lugar que conocían como el ‘Súper Chamela’, una amplia tienda de abarrotes.

Las primeras familias estaban casi del otro extremo del pueblo. Ya con el sol sobre sus cabezas, con un tenue viento caluroso, un joven había rescatado de entre sus pertenencias mojadas sus libros de texto y libretas de la escuela. Los puso a secar sobre un colchón empapado. Al parecer fue de las primeras cosas en recuperar. No supe quién era, porque apenas duré unos minutos, pero el gesto, ese gesto de salvar sus útiles escolares, es una metáfora que la palabra escrita no puede repetir.

Esos 150 kilómetros los recorrimos en seis horas. Los carriles de la carretera 200 estaban ocupados por los árboles, las ramas, los derrumbes, los cables y los postes de energía eléctrica. Quienes comenzaron a abrir el camino fueron los ‘pelícanos’ de la Comisión Federal de Electricidad, se movieron de Puerto Vallarta en convoyes de hasta treinta de estos curiosos vehículos, y de par en par, cada uno se detenía en las localidades afectadas. Llegó un momento donde alcanzamos a los más retirados. Un policía federal trataba de cortar el tronco de un árbol mediano que atravesaba la carretera de lado a lado con un machete. Detrás del sonido metálico apenas se levantaban astillas.

De la nada, tras su infructuosa labor, apareció una persona con una sierra eléctrica y en unos segundos cortó, ante los ojos del policía que creía haber reinventado las herramientas más primitivas, el árbol.

Pudimos continuar todos, primero en un sentido, luego en otro. Los kilómetros de camino bordeados por árboles acostados y sin hojas mantenían desperdigadas poblaciones con la misma imagen de Chamela.

Yo vi su situación bajo los rayos del sol, ya con el cielo azul sobre nuestras cabezas. Pero ellos, en cuanto sintieron calmarse el viento y la lluvia, salieron de sus refugios, eso fue cerca de las 23:00 horas del viernes, en la oscuridad de la nublada noche.

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