Un par de apuntes

Para no olvidar, creo necesario escribir aquí dos días pasados. Compartirlos con ustedes para que también me ayuden a recordar después.

Hace como un mes me tocó asistir a un concierto múltiple, de esos donde tocan varias bandas de rock al mismo tiempo pues hay diferentes escenarios en el mismo lugar. Ahí vi a Orgy, The Original Wailers, Suicidal Tendences, Molotov, Calle 13, de lejitos a Kinky —pues estaba en otro escenario mientras esperábamos a Molotov—, y estuve cerca también de ver a La Maldita Vecindad.

Como escuchamos a varios más, quizá se me escape el nombre de otra banda, pero no los reconozco.

Debo admitir que escribir las anteriores líneas fue difícil, en especial porque rehuía a teclear la palabra “banda”, terrible palabra que en los últimos… ¿será meses, serán años?, remite en este país a aquella aberrante música de gente con sombrero, camisas ridículas, botas picudas, voces e instrumentos desafinados… en fin, sabrán a cuál, pero no me refiero a eso.

Y fue interesante. Fue interesante ver cómo los jóvenes se juntaban con los mayores en una multitud sin nombre, cómo las chicas fresas que verían a Calle 13 caminaban a un costado de los tatuados cuyo gusto se infería por La Maldita Vecindad. Fue interesante el olor a hierba quemada acercándose poco a poco, cuando el cigarro llega a la persona a tu lado y luego te lo ofrece y tú dices no, y piensas en todas las maneras posibles como fue ingresado el curioso pitillo de papel.

Aunque, si soy sincero, deberían ser tres apuntes, pues hace más tiempo, quizá medio año, se había presentado en la ciudad La Barranca, en un ligero escenario apenas adecuado para un público de quinientas personas.

Pero también fue memorable. Fue memorable la salida, el aguacero, la desvelada, y luego peregrinar alrededor de siete kilómetros a pie, bajo las pequeñas gotas, las grandes gotas, el frío, el sol, la sombra; se dicen siete kilómetros, pero caminar detrás de la Virgen de Zapopan es algo complicado… el mar de gente, más que mar: río, el río de gente, los pies descalzos que parecían rebotar en oscuros espejos de agua negra, los apuntes… y todo eso tras dos horas de sueño.

Quizá luego abunde en ese recorrido más de lo que ya lo hice en el papel. Por ahora regreso a la música.

En aquel vertiginoso concierto de tantas y variopintas bandas yo esperaba ver a Molotov. A aquella grosera banda que desde la primaria escuché sin razón alguna. Aún me recuerdo recostado en la cama con los audífonos pegados a la grabadora y a mis orejas, la carátula del cassete, no recuerdo cuál pero debió ser dónde jugarán las niñas, su primer disco allá en 1997, y si ponemos un atraso de uno o dos años, yo debí tener cerca de diez años cuando los escuché por primera vez.

No sé cómo llegó a la casa ese casete, ni qué sabían mis papás de la grosera banda que yo escuchaba por alguna razón que también desconozco, pero sí que eran horas enteras reproduciendo una y otra vez las canciones luego de llegar de la escuela. Pero eso sí, tampoco recuerdo haber cantado tanta grosería en los pasillos de la primaria, en el salón o con mis compañeros.

Pasaron unos quince años para que yo pudiera ver en vivo a esos cuatro integrantes del coctel molotov; antes vi a otras bandas, pero no a ellos. Hubo intenciones frustradas antes, recuerdo, por ejemplo, que un día cualquiera visitarían la ciudad donde vivía, pero cancelaron. Qué fresas, pensé, seguro no vendieron todos los boletos y no quisieron llegar.

Pero tocaron y los vi en vivo, tocaron cerca de una hora pues el tiempo estaba medido entre banda y banda, y la siguiente era Calle 13, que no me llaman mucho la atención, pero sé que tienen buenas canciones, letras atropelladas, y un ritmillo contagioso. También los escuché y es tiempo que todavía no saco de mi cabeza dos de sus canciones.

El segundo apunte, para no hacer el texto tan largo —pues no sé ni lo que estoy escribiendo y como hace mucho que no lo hacía aquí no sé si lo estoy haciendo bien o mal— es el concierto de los 20 años de La Barranca en el Teatro Diana en Guadalajara.

Hace veinte años tocaron por primera vez en vivo en esta misma ciudad, acompañados en el escenario de Cecilia Toussaint. Antes formaban una agrupación llamada Sangre Azteka, donde tocaba José Manuel Aguilera y Humberto Álvarez. Álvarez y Toussaint estuvieron presentes como invitados especiales en el concierto en el teatro.

Fue inolvidable y tocaron la canción que yo quería escuchar en el otro concierto: Tempestad. Y bueno, muchas otras canciones geniales cuyo significado no conozco del todo pero que sí disfruto escuchar una y otra vez.

Este concierto fue diferente al de Molotov, pues aquí hubo lugares numerados y sentados escuchamos las canciones. Ya al final, al tocar la canción Don Julio, Aguilera invitó a bailar a los asistentes y sus palabras fueron replicadas por el cadencioso movimiento de unas cuantas mujeres.

Llega un momento en la vida donde todo lo que viviste tratas de colocarlo en los años que pasaron, como si fueran gavetas, para no olvidarlos. Y recuerdas algo y quieres ponerlo en 1992, ah no, porque era demasiado joven, entonces debió ocurrir en el 2001… ¿pero cómo, tan cerca? Y así, te vas dando cuenta de cómo los días se alargan, se convierten en meses y los meses alejan el primer día de tu vida con grandes bloques de años.

Espero no llegar a ese momento pronto.

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