El estómago y la escritura (teoría del vacío lineal)

Justamente ahora, en mitad de la noche —mi noche— llegó a mi cabeza, entre muchas otras, la idea de una coincidencia entre la necesidad de escribir con la de comer. Pensaba en ello justamente como una pieza recóndita, pequeña y pocas veces activada, dentro de la genética humana. Trataré de ser más claro: como si un estómago vacío activara un mecanismo de supervivivencia en el que, inconscientemente, el cerebro enviara una señal diciendo: “intercambia palabras por comida”.

Y ahora que lo pienso, no detenidamente, sino ipso facto, es posible. Cuántos escritores no se han visto en la penosa circunstancia de pasar hambres sólo porque su vocación no rinde frutos comestibles. Cuántos de ellos han optado por llenar sus entrañas con otras sustancias, digamos alcohol, para matar dentro de sí mismos ese vacío que les quema.

Entonces se escribe, esperando, de algún modo, que esas palabras quiten el hambre. La hoja en blanco como una mesa que está a la espera de la pitanza. No sé muy bien en qué momento se habrá instalado dentro de la genética humana ese extraño desorden, pero habrá de remontarse casi a la creación misma del hombre. En ese momento donde el hombre primigenio cazaba animales con una sapiencia ínfima, haciendo uso de sus pocas habilidades con la roca, que después convertiría en lanza. Pero ahí, en esas manadas tan primitivas, siempre habría aquél cuya facilidad para la caza sería casi nula. Entonces comenzó a desarrollar otro método para sobrevivir, quizá la observación meticulosa que le llevaría a descubrir los escondites de los ansiados animales.

Fue ahí, quizá, donde comenzó a intercambiar un conocimiento por carne. De alguna manera se daba a entender con los fuertes hombres que prestos acudían al lugar señalado, o que seguían las indicaciones de aquél al pie de la letra para evitar la huida de los animales. Luego comenzaría a escribir, a guardar en algo más confiable que la memoria aquellos datos tan estimados. Pasó de las pinturas rupestres hasta la escritura en papel, y luego hasta oprimir teclas inexistentes en pantallas luminosas.

Pero siempre con el mismo objetivo. Esa magia, esa metamorfosis de palabras en alimento. Aunque en este mundo, el intercambio sea cada vez más magro.

Algunos negarán esta hipótesis, y se atreverán a decir que sus razones para escribir son mucho más interesantes, muy alejadas de un instinto animal. Dirán, entonces, que escriben porque la realidad no sólo no los satisface, sino que también los acongoja. Porque cada ficción que escriben o leen, tiene el mismo fin que un puente o que una roca sobre el cauce de un río: evitar que los pies del que cruza se mojen. En este caso se infiere que la realidad, a pesar de ser comparada con el agua, no es tan cristalina ni tan vital.

Pero habrá los realistas, claro, aquellos que no ven a la escritura como un método de escape (de escape de la caza, por ejemplo), sino que además de involucrarse en una realidad que les vuelve piedra el rostro, se empeñan en conservar ese sentimiento en el renglón seguido. Allá ellos.

Yo, desde que escribo con esta libertad, tan lejana al método —quiero creer—, lo hago para divertirme. Disfruto ese dictado inconsciente, y pienso en la siguiente línea como en algo que me dibuje una sonrisa, por leve que sea.

Para sufrir está el mundo.

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