Sitibundo

Hay debajo de este escritorio, desde donde escribo estas sencillas palabras, una moneda. Pequeña y barata, está ahí desde no sé cuánto tiempo, esperando a que la levante y la gaste, no aspira a más. Pero yo la he dejado. La miro con cierta displicencia (como si tuviera más de ella en algún lugar fuera de su vista), y a menudo busca el momento para recordarme que sigue ahí: lista para ser canjeada. Es claro que no conoce su valor pecuniario —como ya dije antes: es barata, es de a peso—, porque me ha llegado a reclamar, como si yo pudiera hacer de ella gran cosa.

Hace unos minutos, después de descalzarme, la sentí con la planta de los pies y la recordé. También recordé esas veces, que no son pocas, en las que hace falta el cambio, el efectivo, la morralla, por ejemplo las grises mañanas en las que llegan hasta la puerta de mi casa los vendedores de garrafones de agua. Ellos, hombres que viven desde temprano, desconocen que la noche es larga y que mi madrugada está peligrosamente cerca de su rutina, por lo tanto atacan mi puerta —negra, con cuatro ventanas de vidrio rugoso que impide ver más que las siluetas— como si yo hubiera dejado una botella de mar (en su mar de agua potable) donde, con palabras conmovedoras, les anuncio en un pequeño rollo de papel que estoy sitibundo y que por favor hagan todo lo posible por despertarme de mi marasmo por deshidratación. Entonces ellos, estentóreos, y yo, duermevela, nos encontramos en un limbo donde ellos, abstraídos en su líquida tarea, y yo, desandando el hilo de Ariadna, intentamos comunicarnos.

Mis sueños son caprichosos, estoy seguro de que es un castigo por extender la vigilia a veleidad, y por ello mismo, se vengan de mí de esa manera. Es un toma y daca en el que yo obligo a la conciencia a trabajar horas extras, y ellos, los sueños, se entreveran con la realidad para imposibilitarme el despertar. Y me ha pasado en varias ocasiones, con resultados infelices: duermo, estoy dormido, entonces suena el despertador porque tengo que tomar un camión dentro de hora y media, y en algún momento mi yo onírico despierta antes que mi yo físico y apaga el despertador, luego se queda quieto, sentado a un lado de la cama, y me hace soñar que ya voy rumbo a la central camionera, que ya estoy a bordo del camión, o que ya estoy en mi destino. Hasta ese punto su crueldad, hasta ese extremo su perversidad.

Yo no soy así. En realidad lo que hago es involuntario. He escrito antes que la madrugada es quien reclama, que es ella la que recorre las crujías y verifica que cada uno de nosotros —los exiliados de la mañana— le demos vuelta al mundo desde su lado oscuro. No la contradigo, es imposible hacerlo. Cuando sus tacones se escuchan a lo largo del pasillo, sabemos que pronto aparecerá ella con su vestido entallado largo y oscuro, sugerente, y que con cada uno de nosotros repetirá el mismo ritual: mirar fijamente luego de apartar hacia sus mejillas el mechón de cabello negro que cubre sus profundos ojos, esbozar una sonrisa intrigante, insinuar una larga compañía, y luego dejarse caer sensualmente en los brazos de uno para que hagamos con ella lo que nos plazca —se alimenta de fantasías, sueños, anhelos, así es como en realidad las antípodas cumplen su periplo; de día es más sencillo hacerlo, aunque mi conocimiento en el tema es ambiguo y superficial, así que prefiero no hacer declaraciones en ese rubro.

Por eso yo no sé por qué mi ensueño se ensaña: yo no tengo la culpa. Por eso hay semanas en las que tengo que sobrevivir con el mínimo líquido posible, porque no sé cuándo podré abrir la puerta de nuevo para recibir el garrafón de color rosado. Por eso no recojo la moneda, porque sé que seguirá ahí en la realidad, que mi sueño no la conoce, no la ha sentido con la planta de los pies, no sabe cuál cara muestra. En algún momento podré levantarla del suelo, alejarla de su sueño de convertirse en un zahír, para dejarla cumplir su objetivo junto con un puñado de monedas similares y permitirme no morir de sed.

moneda

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s