Por qué no soy pez

Si fuera pez no me preocuparía la humedad. No rasguñaría la noche imaginando el nuevo lugar donde se ha colado el agua, a través de la azotea, por entre las paredes, justo en las esquinas de la habitación. Tendría una pecera y estaría siempre mojado. El diluvio de hoy significaría una oportunidad para realizar sin demasiados problemas ese inconcuso plan que he postergado: regresar a las grandes aguas. Esperaría a que todo se inundara (falta poco) y saldría de la pesera dando un salto que haría palidecer de envidia al más virtuoso delfín. Ya afuera todo sería más fácil, dejarme llevar por la corriente.

Las frías gotas no me harían encorvar la espalda y caminar más rápido, caerían justo encima de la fina película que al contacto las acoge sin llegar siquiera a lastimarme. Y ahí me movería yo, como un pez despreocupado. Pero no tendría manos, y no podría limpiarme los ojos cuando una partícula de polvo en el agua dificultara mi vista. Pero no necesito ver hacia donde voy. Cerraría entonces los ojos, y a mansalva esperaría a que todo sucediera. Así de infalible es el plan, dos pasos: brincar y esperar.

No estaría aquí, con el olor de casa vieja y olvidada recorriendo mi nariz, no tendría nariz. No tendría tampoco oídos. El pertinaz sonido que las violentas gotas producen al chocar contra las láminas sería imperceptible para mí, nada desasosegador. Ni ojos, ni manos, ni nariz, ni oídos, pero tendría boca. Una boca pequeña, apenas lo suficientemente amplia como para dejar pasar las sucias láminas de alimento que una vez al día deja caer ese par de gusanos que se posan sobre mi pesera. Tendría boca y de vez en cuando la abriría para probar qué tanto me he alejado de mi pesera, y cuán cerca estoy de las grandes aguas, que no sé dónde están, pero estoy seguro de que cada gota —excepto las de mi pesera— llega a ellas, y yo estará ahí, flotando con rumbo al triunfo.

Quizá me encuentre otro pez. Aunque pensándolo bien, existe la posibilidad de que sea más grande, más astuto, y que lleve la boca abierta por si se encuentra a uno como yo: con la lisura causada por la pesera en mi imbricada existencia. Entonces no. Pero eso es si yo fuera un pez, y no lo soy.

O no lo sé.

Es tanta la humedad. Son tantas las gotas que destruyen la casa. De repente el color de la pared se vuelve más oscuro en algunos lugares, luego se dibuja lenta una línea que la recorre verticalmente. Es como si a las paredes de la casa le brotaran unos ojos que lloran, cuyas lágrimas se pierden detrás de los muebles, del olvido. Entonces hay que mover los muebles, la casa no dejará de llorar: advierten las láminas.

 

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