Parte dos de una inusitada crónica de una feria entre palabras y cantera

Mayo 25, 2011.

Ésta, más que una crónica, podría ser una queja al territorio, al sitio, una crítica, un vilipendio, etc., escrita por alguien que también debería ser fustigado (aunque es una divagación). Quizá usted, amable y muy apreciado lector, no comprenda bien de qué tratan estas breves líneas que hoy les hago llegar con una cuasi-rabia que no tiene mucha razón de ser, por lo que pido comprensión, tolerancia y releer en algunos casos. Poco a poco se dará cuenta que estas infamias tienen muy poco cimiento, descuide, usted podría estar en el mismo caso.

(continúa en: https://desnudateyhazunritual.wordpress.com/2011/05/25/inusitada-cronica-de-una-feria-donde-las-palabras-se-leen-entre-ellas/)

El párrafo anterior es parte de un escrito realizado hace más de un año. Lleno de digresiones, como todo yo. Escuchaba atentamente “En la estación del metro Balderas” de Rodrigo González, quizá como hoy —una vez tras otra—, la armónica, la guitarra, la reverberación en la voz; la historia tan triste, tan cerca de la ficción, peligrosamente cerca de la realidad: un hombre perdió hace muchos años a su novia entre los múltiples pisos de la estación del metro Balderas, y cuatro años después regresó para secuestrar un convoy. Lo lamentable: el metro no podría llevarlo ni con ella, ni a ningún lugar fuera de los dos rieles. Triste, sin duda.

En aquellos días me avisaron: uno de mis cuentos obtuvo una mención en un concurso de narración breve. La onda cultural en la ciudad estaba densa; de repente los jóvenes estudiantes (algunos) recordaron su compromiso de reivindicar el mote de la ciudad, “cuna cultural del occidente de México”. Azuzados, crearon el manifiesto metastásico, un montón de palabras rabiosas, con imágenes violentas (claro, todo literal), donde se reconocía la cultura muerta como tal —raíces—, y a la nueva como un reverdecer. Y me invitaron a firmarlo. Ahí aparecía mi nombre, casi al final, mezclado entre tantos seudónimos, firmas de manos contradictoriamente fenecidas.

El colectivo tomó el nombre de “Bajo el volcán”; no ha muerto, movimientos así se vuelven imparables, pero sí se ha difuminado. Algunos días después, o semanas, llegó a la ciudad una feria del libro. Humilde, aunque respetable. Y seguramente en la crónica escrita en aquellos días me extralimité, y casi estoy seguro: fue menos crónica, más denuesto.

Ayer (10 de diciembre), llegó de nuevo, junto con la nieve del volcán, la feria del libro. En otro mes, en otro año. Una versión aumentada: más libreros, más libro usado, más variedad, más actividades culturales. Entre ayer y hoy, mi modesta y humilde biblioteca personal, se hizo de seis libros. Hoy, mientras compraba uno sobre corresponsales de guerra en Nicaragua, escuchaba al vendedor: “un día compré un libro usado, me costó menos de cincuenta pesos, y al abrirlo encontré un dólar en sus primeras páginas, luego otro, y otro, así hasta sumar ocho dólares, los cambié y fue un gran hallazgo”, palabras más, palabras menos.

Recordé un cuento procrastinado, cuyo eje central no revelaré ahora, donde una persona descubre en el interior de un libro usado recién adquirido, algo muy especial. Por lo pronto, en los libros adquiridos entre ayer y hoy, encontré algo incomparable: narraciones exquisitas, ficciones mayúsculas. En uno de ellos (un libro de escritos de un periodista mexicano), me hice de una idea: escribir sin una palabra muy utilizada en el idioma español, y la he puesto en práctica en estos cinco párrafos de hoy. Una tarea difícil, pero un incentivo al ingenio, una pulcritud en el estilo, un lujo posiblemente innecesario.

No se preocupe, estimado lector, si hasta este momento no ha descubierto cuál es aquella palabra, será dicha en las siguientes líneas.

No sé cómo habrá perdido a su novia. Aquella entraña metálica del Distrito Federal es surreal, como toda la ciudad. Una ola de gente se la llevó, dice…

Y así me agarró la madrugada, y yo con sueño, y mañana miércoles… y luego jueves… Vienen las fiestas, espero escribir más seguido por acá. Ah, y la palabra es “que”.

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