Líneas transparentes (sólo quiero ver las luciérnagas)

Podría escribir de nuevo “he regresado”, pero no lo hago. Podría pensar que me he ido, mas no lo he hecho. Son las palabras las que pertenecen a este lugar, no soy yo, no soy una persona detrás de las líneas, soy líneas que caen como las ramas verdes de esas plantas colgadas del techo con débiles alambres.

Aquí estoy, dentro de cada párrafo, dentro de cada página. No tengo el tiempo de antes, mas el tiempo no me reclama. Si necesito reencontrarme, tengo la madrugada, un poco de ella como ungüento mágico. Y es que, como ya dije antes, estoy entre el que fui y el que seré. Pero es una posición perenne, por más que camine siempre estaré aquí.

Qué pido, le grito al tiempo un poco de tiempo para visitar aquella barda enmohecida junto a ese árbol que desafía la gravedad, carrancudo en su enorme maceta bien merecida para poder dar compañía a los solitarios que sólo quieren ver las luciérnagas. Quién lo diría, alguien, sentado en una triste escalera al lado de una casa semi-abandonada (no por gente, sino por ideas, palabras inconmensurables) levanta suspicacias de alguien que hasta el momento no he decidido si estaba ebrio o no.

Él se bajó de la camioneta, maldito irrespetuoso, pensé, venía a mear en su camisa de playa el árbol tranquilo que hablaba años con su voz de viento y hoja; pero quién estaba ahí, alguien que ante sus ojos quería quitarse minutos de vida, dejarlos ahí, —es como un suicidio pequeño, ¿lo has intentado?—, qué sabría él de alguien que sólo camina para dejar marcados sus pasos en lugares que jamás ha visitado. Y yo tuve que disimular mi incomodidad y creo que lo hice tan bien que por eso se quedó.

Traía su camisa como recién llegado de la playa; camioneta grande, de motor ruidoso para poder subir “Lomas del Barro”, lo más caro de Zapotlán, será. Y no sé ni cómo ni cuando, yo ya estaba inventando una excusa para no tener que explicar que sólo quería ver las luciérnagas; lo verde ni mencionarlo, ya era de noche, la noche me cayó en los hombros como chamarra prestada. Y qué podía saber él si se decía tan ocupado en la vida, qué podía saber él de la magia escondida entre el sufrimiento de los piquetes de mosquito, el frío, la humedad, pero el lugar, el lugar… el lugar, sólo para locos, ¿dónde quedó el teatro, la puerta?

Y para desgracia, nunca fui bueno en las escondidillas. Sí, me escondía con cuidado, pensaba bien dónde, pero yo que nunca fui bueno en eso siempre resultaba encontrado. Y ahí estaba yo, inventando frases ingenuas, mirando de reojo su pequeña luz verde, que minutos antes parecían encender luces amarillas en la ciudad. Una verde aquí, una amarilla allá.

No recuerdo qué tanto dijo, pero entre palabras habrá dicho algo interesante, algo como que la gente nunca sabe quién es uno en realidad. Y los silogismos, que te siguen tanto desde los exámenes para entrar a la prepa, la universidad, deduje que entonces es uno mismo quien lo sabe y no lo debe decir. Pero aquí estoy yo, diciendo quién soy, o quién fui, o quién seré.

Y qué le pido al tiempo, un poco de tiempo para visitar ese lugar, y aunque sé que es imposible —pero he tratado, he tratado mucho— llevarme un poco de su magia dentro de mí, como amuleto pequeño colgado al cuello cerca del corazón.

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