Empapado (qué bonito es ver llover y no mojarse)

Amables, distinguidos y asiduos lectores de éste, su humilde blog. He regresado. Como sabrán, lo que yo escribo aquí es el resultado de exprimir el subconsciente, de hacer remembranza de mis días, de antologar mis vivencias. Así que no puedo escapar del tema del que escribiré en esta ocasión, porque, más que quererlo, me conmina a escribirlo.

Ya estarán hartos, igual que yo, de las elecciones. Tanta campaña que de repente terminó el primero de julio en un resultado en el que el único derrotado es el pueblo de México. Qué puedo decir, soy un ciudadano promedio a quien la palabra política le provoca sensaciones desagradables, imágenes de infructuosos trajeados sentados con la mitad de la espalda en un sillón de cuero rechinante. La memoria histórica de los mexicanos ha pasado por un lapso de inicua amnesia. Si yo, persona que aún los desconocidos me llaman joven, tengo una desconfianza fundamentada (no infundada) hacia el partido que ha ganado la presidencia de la República, ¿por qué dieciocho millones setecientos veintisietemil siento diecisiete mexicanos han tomado una decisión que va tan en contra de la patria?

Estábamos al borde del abismo y dimos un paso adelante. Aunque tampoco quiero sonar catastrófico, no quiero decir que con esto simbolice la primera trompeta del apocalipsis (habrá quien se aventure a decir que quizá sea la segunda o tercera), pero sí me causa cierto escozor. No pienso hacer un berrinche en la primera plaza pública que se me presente. No. Yo respeto la decisión de las mínimas minorías de este país tan campechano, por no encontrar un mejor adjetivo en estos momentos.

Lo malo es que existen sectores en esta sociedad que podrían resultar mayormente afectados por esta ignara decisión. Recuerden qué sucedió la última vez que un grupo de estudiantes se manifestó en contra de un régimen represor en este país. Les sonará el dos de octubre. O el uso desmesurado de las fuerzas militares en contra de indígenas en Chiapas. Acteal.

Lamentablemente, este régimen político es poco pensador, y muy temeroso con las oposiciones. Es intolerante y agresivo en demasía con todo aquel que intente enfrentarlo. En fin, lo bueno es que ellos los de ayer, no somos nosotros los de ahora. Esperemos que estos hechos despierten la conciencia del mexicano, y además, que se espavile pronto.

Y para terminar de hablar de política: ahora sí el monopolio televisivo hizo de las suyas, una novela que durará seis años y que, seguramente, tendrá el mayor rating de la historia.

Estimado lector, disculpe estas líneas a manera de hemoptisis, pero de alguna manera tenía que despotricar en contra de aquello que me indigna. Le prometo que el siguiente texto estará más cargado que nunca de elucubraciones, divagaciones y sinsentidos.

Si es que lo hago antes de diciembre.

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