Las habitaciones de mi alma

Sí, estimado lector, aquí estoy de nuevo. Y estoy con un tema doloroso, uno de esos que duele el gotear en los dedos. Vivencias, nostalgias, tiempos que se van, tiempos que llegan. Momentos perdidos, apostados, mas no postrados. Piense usted en un momento hermoso que termina, piénselo.

Hagamos la prueba. El término de un concierto, cuando usted camina hacia la entrada que lo vio llegar lleno de música en las venas, y usted piensa que las últimas dos horas pasaron como un instante en el viento. El largo caminar antes de llegar a casa, cuando, de manera inconsciente, usted dibuja un círculo entre su persona y su destino, y todo lo que está dentro es suyo, todo; ese momento cuando las ideas, tan bien construídas, tan sólidas, profundas, esclarecedoras, se desvanecen, resbalan todas juntas como una cascada, como un alud que se pierde en la inmensidad. De igual manera, ese segundo en el que se toca el timbre para bajar del camión —porque habrá entre los ojos que lean estas humildes líneas, aquellos que aún viajen en el transporte urbano—, pero ¿será el brincoteo, el cambio de asfalto a empedrado, las imágenes que se dibujan como filme en las ventanas? ¿Qué es? Qué es eso que nos incita a reconstruir el mundo… El movimiento.

La última palabra del párrafo anterior no debe ser leída con vanagloria. No. Tampoco como si yo fuera el poseedor de una verdad absoluta que de repente cambie el mundo, que de un momento a otro me lleve a mí a dar conferencias en los lugares más recónditos y cobrar por una enseñanza sobrehumana. De nuevo: no. Debe ser escuchada con humildad, como cualquiera de estas líneas, como el viento que mece la hierba entre febrero y marzo. Aunque también con respeto: el movimiento, cuyo significado el diccionario se desvive por explicar en tantas palabras más, como si fuera ésta un suéter cuyas hebras haladas, separadas, alargadas en una línea abstracta, nos definieran mejor al suéter. Movimiento, cuyo antónimo es el miedo, la quietud, la calma, el sosiego, la pasividad inmunda, el conformismo inhumano. Movimiento y miedo. Miedo y movimiento.

Para cambiar hay que moverse, moverse es cambiar; persistir es quedar atrás. Y qué importa si el camión se va con tu montón de pensamientos pegados al tubo con olor a óxido del que estabas aferrado, si el concierto duró menos horas de las que brincaste, si has llegado a casa de nuevo, si el disco se repitió (imagine la aguja dando vueltas fuera del vinil), si las hojas del libro se diluyen en la mano derecha, si la charla en la mesa con velitas para dos se extendió más de lo esperado y mañana hay trabajo y la cama que nos espera no es la deseada. Qué importa todo eso si hay otros camiones a la vuelta de la esquina, otros conciertos, más libros, menos charlas, más camas…

Sí, anégate el alma de canciones tristes, escribe líneas que te rompen las lágrimas, siente la espalda desnuda, cuenta los lunes, haz lo que se te dé tu chingada gana, pero haz, muévete.

Algunos leen poemas, otros escuchan canciones, leen libros, caminan calles, se convierten en asiduos visitantes de lugares singulares. Sin embargo, todo esto se convierte en las habitaciones del alma. Y no es un término que se me haya ocurrido de la noche a la madrugada, es una definición pensada por muchos antes que por mí. El alma es como el gato que puede permanecer echado bajo el sol del patio o escondido bajo la cama de la habitación más oscura. Pero reconoce: reconoce sus habitaciones, los lugares que debe frecuentar. Y a menudo visita otros tantos, desconocidos, ajenos, dulces o lúgubres, y se va y no regresa.

Quizá, lector, si usted ha llegado con puntualidad hasta aquí, se pregunte ¿qué es lo que sucede? Qué cosa revivió el intimismo de esta alma pecadora —la mía, la suya quizá todavía no—. El busilis es el siguiente: yo creía que el alud caería estrepitoso en algún momento, y miraba hacia arriba, entrecerrando los ojos por si acaso, pero no me había dado cuenta de que ya me encontraba en él. Que en algún instante pasado por alto, cayó y que ahora no tengo tiempo de cambiar mi vida.

La imagen. Me veo cayendo despacio en una botella con el fondo ausente en la parte superior y debajo el cuello de botella atiborrado de más como yo. Gracias a las circunstancias, de alguna manera u otra, alcanzo a asirme del borde y recupero la oportunidad de no caer dentro, sino de seguir cayendo…

Y si usted, lector, aún se pregunta de qué se trata esto, lo contestaré de la manera más llana, por lo tanto menos abstrusa que se me ocurre: he terminado un ciclo de muchos años. He cerrado el círculo más grande entre mi existencia y mi destino, he terminado el libro más gordo, me he bajado del camión, estoy parado entre el que fui y el que seré.

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Un comentario el “Las habitaciones de mi alma

  1. Te voy a dedicar lo que tus palabras me inspiran, pero prefiero dártelo personalmente.
    Afortunadamente tengo el privilegio de ver tus ojos, de cerca, cuando tomo tu mano y brincamos de un ciclo a otro. Juntos.

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