La teoría de la discriminación vivencial (la máscara del luchador)

Hace unos días, en una asignatura de la escuela —porque sabrán ustedes que yo siempre he sido y seré un estudiante— hablaron sobre la lucha libre. En mi mente siniestra e imaginativa, surgió la idea de escribir algo acerca de los luchadores, y he aquí este breve texto sobre ellos.

lucha libre

Soy lector, también; leo lentamente textos hermosos y cada uno de ellos deja dentro de mi cabeza un eco que me recorre incansablemente. He comenzado a leer El laberinto de la soledad. Antes de continuar, déjenme contarles un poco de mí.

Siempre he sentido que a mí me faltó vivir muchas cosas. Más que nada en la escuela. Cada año (por ejemplo en la primaria), escuchaba los comentarios de compañeros de otros salones, en ellos explicaban actividades que llevaron a cabo en el aula. Por nombrar algunas: aquella tan conocida de cuidar un huevo de gallina (o una bolsa de harina), durante una semana y en parejas, según eso para fomentar la responsabilidad. Yo jamás lo hice. Otra —de la que no me arrepiento— es la lectura obligada de un libro que es más dañino que fumar una cajetilla de cigarros: juventud en éxtasis. También me enfermaba exactamente los días de las excursiones; llegaba tarde cuando los buscadores de talento visitaban el salón; me perdí todos los simulacros de terremotos, visitas de magos, incluso las tardeadas.

Como mi retentiva es caprichosa, no recuerdo mucho de lo sucedido antes de la primaria, sin embargo, sé que también ahí sufrí de discriminación vivencial. Lo sé, lo tengo bien presente y me frustra, me hace sentir incapacitado para reír a carcajadas en pláticas que recuerdan la niñez. Cuando esto sucede —las amenas tertulias que se inmiscuyen en la memoria cual niño que jala el hilo de su globo de helio cuando está lejos (tampoco tuve globos de helio)— lo único que me queda hacer es levantarme discretamente e ir a cualquier otro lugar. Es triste ver por la ventana a tus compañeros recordando a carcajadas cuando hirvieron a su hijo-huevo.

En estudios posteriores fue lo mismo: nunca fui a clase el día de los exámenes sorpresa (ni a los de ortografía llegué). Cuando no asistía, era posible que de la nada un enorme dinosaurio atravesara el patio cívico en mitad de los honores a la bandera, o que el director olvidara el himno nacional. Ya lo sabía: al día siguiente todos hablarían de la proeza que realizó un alumno de último grado. Tampoco leí otros libros obligados, por ejemplo sé que en algunas escuelas (si mal no recuerdo en la preparatoria) se lee El laberinto de la soledad, en alguna materia.

Por eso ahora recobro las buenas lecturas que jamás me obligaron a leer. Mi inmersión en esta vasta explicación del mexicano, es incipiente. Sin embargo, también quiero usar algunas breves ideas que pairan en la memoria para hablar sobre la máscara del luchador.

Es bien sabido, tanto nacional como internacionalmente, que la figura del luchador, aquél de la triple A, es un estereotipo mexicano. Regordete, de pecho lampiño, malhumorado, estentóreo. Su parafernalia, mallas brillantes, cabelleras dignas de rockero de los 80’s, la ropa interior remarcada sobre la ropa, y sobre todo la máscara, nos pinta un personaje único, una mezcla entre revolucionario y alebrije.

El mexicano es luchón, perrucho, peleonero. Lucha contra sí mismo, contra todos. Vive en una ambivalencia de dureza-rudeza/recato-sensibilidad. Son como capas de cebolla muy gruesas. Siempre detrás de una máscara de malo o de bueno, pero a fin de cuentas máscara que no permite ver quiénes son en realidad. El mexicano dice que lucha también por todos, aún así lucha en contra de ellos y no por todos. El mexicano puede sufrir dos o tres caídas sin sentirse derrotado. Le importa más el abucheo del público que los golpes. Puede sangrar peligrosamente y seguir adelante…

(Continuará…)

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