Divagaciones nocturnas

Muy a menudo, antes de dormir, ahí cuando el claro de la mañana se encuentra a unos minutos de regresar de su viaje hasta la antípoda, llegan a mi mente palabras y más palabras. Me descubro pensando como bola de nieve que cae, sin siquiera recordar la última frase lanzada al aire de la imaginación. Ayer, aunque no me encontraba totalmente inmerso en el estado alterado de la memoria insomne, rescaté esta pequeña idea:

Para mí, el día comienza cuando despierto y termina cuando me quedo dormido. Para mí no existen meridianos; no me importa si el fulgor de la mañana me descubre aún despierto. Quién sería yo si no viviera inmerso en la nocturnancia, sino otro. Es una decisión impropia, es la noche quien te reclama cual demonio al alma pecadora. Es la oscuridad, el silencio, mirar los sueños ajenos elevarse ligeros hasta la inmensidad, escuchar los sonidos de los alacranes, sentirse parte de la intimidad que cubre un vestido perlado, la mejor recompensa para la rara especie de insomne incomprendido que soy.

No entiendo por qué la gente se sorprende cuando, en medio de cualquier otro tema, sale a la conversación el de la hora de dormir. Sí, desvelarse para cualquier persona normal, significaría concebir el sueño a la una o dos de la mañana. Para mí no, para mí es diferente. Para mí desvelarme es quedarme dormido a las siete de la mañana. Y no lo digo por epatar, lo digo para compartir con ustedes esta existencia de los habitantes nocturnos, esa cara escondida de la sociedad que se sacia con el silencio de la oscuridad.

Si a algo soy adicto es a pervertir el estado normal del sueño, al placer de la inconsciencia obligada, a la sinapsis involuntaria que nutre elucubraciones. A escuchar el maldito canto de los gallos con el reloj biológico descompuesto, el motor del noctívago, el rechinido de las puertas del que madruga por razones desconocidas, el ritual de multiplicación felina. Déjeme, buen lector, compartir con usted algo que quizá desconozca: el tenue sonido que produce una cereza al caer del árbol, comparado con el seco golpe de una granada que al instante roba el pensamiento para llenarlo  de puntos granates. Con mucha paciencia, atención, perseverancia y práctica, se puede percibir el delicado quiebre del tallo de la cereza. Cuando la granada es grande, su sonido es parecido al de un alud, y más cuando cae desde la copa y golpea otras ramas que sueltan otras frutas; ver al día siguiente sus cortes rojizos y triangulares casi perfectos sobre el suelo, es una reminiscencia única.

Son placeres codiciados. Y hay más aún: el sonido constante de algún lejanísimo motor de fábrica (donde los haya), las palabras y acciones de los panaderos que son los primeros en llegar a las tiendas, el indescriptible sonido de las lúgubres lechuzas, el crujir de la casa (más temprano), un goteo, la reverberación de los insectos:  el largo chiflido del alacrán, y también los sonidos propios: la respiración, el parpadeo, el movimiento de las articulaciones, posar las plantas desnudas sobre el piso, el flujo sanguíneo, los latidos del corazón, el movimiento de las entrañas, de las mandíbulas. Dicen los verdaderos avezados en este arte de libar la noche, que, aún con más práctica, se puede escuchar el movimiento de la tierra, el magma dentro de ella, las olas de los océanos a cientos de kilómetros, el crecimiento de los árboles e incluso las pláticas entre ellos. Muchos de nosotros, insomnes empedernidos, eso anhelamos.

Como ya dije antes, la estancia en las habitaciones (y a menudo crujías) de la madrugada, es algo que no está dentro de nuestras decisiones. La noche reclama, pide, conmina, y cuando no: derrumba. Ha habido casos de gente que, por pisar sin permiso los nocturninos pasillos callados y oscuros, paga muy caro su atrevimiento. Insomnio fatal: jamás vuelves a dormir, mueres por inapetencia y falta de descanso.

Nunca comía, nunca dormía. Murió.

Pero hay, también, quienes reniegan de su destino. Esos sufren toda su vida el insomnio, jamás lo disfrutan. No hay que sentirse mal si somos parte de la noche, es un privilegio, es un honor. Piense usted en la cantidad de personas que, debajo de usted, caminan una tras otra para realizar su “día”. Son muchas, ¿verdad? Somos muchos menos los elegidos para darle vuelta al mundo desde su parte silenciosa, profunda y negra. También podría ser un arraigado sentimiento de rebeldía, recuerde usted cuando sus padres lo mandaban a dormir temprano.

Ha caído una granada en el patio de mi casa, mi pensamiento se tiñe de rojo. Son las cuatro de la noche, porque así son: de la noche.

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4 comentarios el “Divagaciones nocturnas

  1. disidente dice:

    Las razones de los que madrugamos te van a seguir siendo desconocidas, mientras no te acuestes temprano…

  2. Espero que ese comentario sea un aliciente y no una recriminación.

  3. Alvaro dice:

    Me siento 100% identificado con el post, Los que vivimos la noche por elección sentimos esos delicados sonidos que describís a la perfección.
    Muy buen post, Saludos desde Montevideo Uruguay.

  4. Las sinapsis involuntarias no me dejan vivir, mucho menos dormir.

    Maravilloso.

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