Paranoia por extravío (pírrica crónica de los placeres buscados)

Hola estimados y apreciadísimos lectores de éste, su humilde blog. Como ya he dicho antes —y esto se convierte en una queja para mí mismo, por lo tanto que nadie la tome personalmente— no debo dejar transcurrir mucho tiempo entre lo acontecido y el escrito que lo inmortalice. Por qué. Porque, también lo he dicho antes, escribir, dejar constancia escrita de lo que sucede, lo que veo e imagino, es siempre muchísimo más recomendable que sólo mantenerlo en la telaraña ucrónica y frágil que es la memoria.

Este texto se convertirá en unas breves líneas en una pírrica crónica que da inicio a la retahíla de remembranzas que sucedieron entre el 26 de noviembre del 2011 y el 5 de de diciembre del mismo año. Digo pírrica por el esfuerzo para retraer las imágenes, sonidos, rostros, olores, dolores, suertes, etc., que haré y que sé que en el derrotero se quedará gran parte de esto.

Clic en “sigue leyendo” para ver la crónica completa.

Sábado 26 de Noviembre, 2011. Día 1.

Sería cualquier hora de la nocturnancia del sábado 26 de noviembre cuando me quedaba dormido para despertar pocas horas después y abordar un camión que me llevaría a la ciudad de Guadalajara. Hablo en singular, sin embargo esta historia es de dos, mía y de la dueña de mis horas. La, avant la lettre*, ciudad con suerte, nos recibiría aquella mañana, sin embargo llegamos hasta la tarde.

Originalmente duraríamos allá nueve días. Como no es la primera vez que me adentro en un viaje que no es lo suficientemente largo como para cargar una tonelada de cosas innecesarias, hice mi maleta con mucho cuidado; depuré tanto que lo único que llevaba era una maleta pequeña y mi inseparable mochila en la espalda. Ahí, dentro de la mochila, llevaba dos libros muy importantes: La tía Julia y el escribidor y Los jefes, los cachorros en la edición del premio Cervantes del 96 —pasta dura, letras doradas, sin sobrecubierta; ostentoso— ambos de Mario Vargas Llosa. Este último libro lo conseguí en una búsqueda incansable de algo que no sabía que quería. Fue en un tianguis de antigüedades que se coloca los domingos allá por la avenida Chapultepec, en la ciudad con suerte, y que ampliamente recomiendo visitar con mucho tiempo disponible y con suficiente cantidad de protector solar y dinero.

Salir de este gran pueblo es fácil, o por lo menos ésa es mi percepción por la gran cantidad de veces que lo he hecho; lo difícil es regresar. Si mal no recuerdo, tomamos el camión de las 12 del día y que no nos dejaría en la central camionera, sino antes, por convicción, no por obligación. Apenas entra a la ciudad, después de la caseta de cobro, el camión se detiene para una revisión de rutina. Ahí, a mitad de la carretera, cerca de una confluencia. Yo estaba dormido, muy dormido como suelo hacerlo, pero usted, inteligente lector, sabrá que cuando se viaja en camión y éste se detiene, se activa dentro de nuestra cabeza un sensor de desasosiego vinculado a la inconsciente idea de haber llegado a un lugar lejano; a menudo una incomodidad por el breve lapso de sueño que se tuvo. Cuando se detuvo, alcancé a escuchar una voz de mujer que se quejaba —vaya que las quejas les van mejor a ellas— por lo inseguro del lugar, predisponiéndonos a un acto delictivo —y también las desconfianzas.

Días antes, muy cerca del lugar que serviría como nuestro punto de encuentro durante nuestra estancia en Guadalajara, se encontraron veintiséis cadáveres repartidos casi equitativamente dentro de tres camionetas. Seguramente esto propició el sentimiento de angustia en la señorita del párrafo anterior.

De nuevo me quedé dormido. He aquí el momento exacto para explicar la paranoia por extravío.

Paranoia por extravío:

Es un profundo sentimiento que afecta las habilidades cognitivas en momentos cruciales. Sucede más a menudo cuando, por ejemplo, una persona ha pedido información para llegar a un lugar; o que para regresar a un lugar recuerda que había una tienda en una esquina donde hay un semáforo, y esta persona se encuentra nerviosa e insegura. La paranoia por extravío es ese sentimiento de angustia por perderse y que termina extraviándonos en serio. Es ese montón de ansias que nos hace bajar del camión en el primer lugar que hay una tienda y un semáforo, para luego descubrir que estamos perdidos, lejos de nuestro destino.

Profundizaré en el tema después. La dueña de mis horas me despertó cinco minutos antes de llegar al punto donde descenderíamos del autobús (por la paranoia por extravío). Como apreciador del tiempo onírico que soy, me sentí traicionado. Obviamente olvidé esto a los diez segundos, cuando ya recobraba el conocimiento del viaje. Tomamos nuestras cosas, era el lugar, era la hora.

Tomamos el tren ligero —manera en que los tapatíos llaman al metro— porque llegar a la ciudad no es llegar al punto exacto, la ciudad es ambigua. Algunas estaciones más allá, salimos por las puertas corredizas, atravesamos una calle y tomamos la maravillosa ruta 249. Es difícil abordar un camión de estos con una gran cantidad de maletas. Algunas experiencia después, muy parecidas a las que se viven en una montaña rusa, llegamos a la parte más cercana de nuestro destino que recorreríamos en transporte público. Ahí caminamos cinco o seis cuadras hasta la casa que nos daría posada.

Cabe señalar que este viaje no tuvo un ápice de obligatoriedad. Nosotros fuimos hasta allá en busca de algo. Eran las dos o tres de la tarde cuando nos instalamos. Exhaustos y con hambre, nos recibieron con lo mejor que se le puede dar a dos viajeros: descanso y comida juntos. Digo juntos porque descansamos mientras comíamos, ya que el asunto al que nos dirigimos empezaba a las cinco de la tarde, y allá, en la ciudad con suerte, los tiempos son muy distintos.

Aquí el tiempo parece no pasar nunca, o no tan rápido. Discurre lento, tranquilo; pero estoy seguro de que es una ilusión, una trampa de este pueblo para que uno se quede aquí y no se vaya nunca. Aquí todo parece tan parsimonioso, allá no. En la ciudad con suerte es diferente, un viaje en el transporte urbano roba de una a dos horas de vida, por eso tantas personas optan por escuchar su música favorita con auriculares, para no desperdiciar del todo esos momentos que uno tiene consigo mismo; donde la mente crea universos enteros a través del vidrio, mismos que perecen en cuanto se toca el timbre. Otros prefieren viajar acompañados, para platicar y hacerlo menos oneroso.

Regresamos para tomar la ruta 63 y que nos llevaría directo a la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. Ahí nos reuniríamos a las cinco de la tarde con el nobel de literatura 2010, Mario Vargas Llosa, en una firma de libros que ansiábamos tanto.

Días antes, los nervios se apoderaban de mí. No sé por qué, como cuando se está por hacer un examen en la escuela. Yo pasaba horas pensando qué preguntarle al monstruo literario. Una tras otra pregunta, luego acciones: mejor regalarle algo, no, no me dejarán. Tamicé muchas preguntas, y no sé por qué me quedé con una que no demanda mucho, le preguntaría ¿usted se lee a sí mismo?

De nuevo hizo aparición la paranoia por extravío, sólo que esta vez un poco tardía. Nos pasamos por dos o tres cuadras de la Expo Guadalajara, nada grave. En el camino que transitamos de más hay una fábrica de chocolate. Caminamos con premura y al pasar junto a ella fue como abrir las puertas de la cocina de la abuela en el momento exacto que el chocolate hierve, listo para servirlo a la mesa. Fue un encuentro con un placer inesperado, como encontrarte inopinadamente con una palabra que describe lo que querías decir.

Eran ya las cuatro veintitrés cuando compramos los boletos para ingresar al primer día de la FIL. Rápidamente nos dirigimos hasta la zona internacional, donde se encuentra el lugar de la firma de autores. Créanme: había una fila interminable. Preguntamos, a sabiendas de que sería, si era aquella la fila de la firma de Vargas Llosa.

Faltaban quince minutos para las cinco de la tarde cuando me salí de la fila para curiosear. Miré el lugar donde Mario se sentaría, la pantalla con su nombre, los rostros expectantes, los diversos títulos que firmaría, y llegó. Antes que él, entraron al lugar varios hombres vestidos de negro con clara facha de guardaespaldas, supe que vendría pronto. Entró con un traje de color claro, camisa blanca al igual que su cabello. Enseguida tomó asiento, sacó un bolígrafo negro con pulsador y clip metálicos, y empezaron a entrar uno por uno los ansiosos lectores. Corrí hasta el lugar de la fila en el que estaba la dueña de mis horas y le avisé lo sucedido, y que no hace falta contarlo de nuevo. Ella tomó la cámara fotográfica que llevábamos y cambió el lugar conmigo. Ahora yo la esperé y avancé con la fila.

No sé por qué, tampoco sé si soy el único al que le pasa, pero casi siempre, en una fila que pronostica ser larga, tus vecinos (los de atrás, los de adelante, o alguno muy cercano) son tan estentóreos como presunciosos. Tuve que escuchar, como público cautivo, una hora de sus viajes inolvidables a burdeles del bronx, cada uno de sus rendez-vouz con personajes que consideran laudables, sus grotescas imitaciones de voces de famosos, sus risas para atraer la atención de los que aún no se percataban de su existencia, en fin, cosas que después nutrirán ficciones.

Llegó el momento. Seguíamos nosotros. Primero pasó la dueña de mis horas con el libro Los jefes, los cachorros, edición del premio Cervantes 1996, pasta dura y todo eso. Vargas tomó el libro abierto en la primera página, después rayó con letras cursivas, rutinarias, MVL. Cerró el libro y le dio la mano. Luego yo. Era el momento de plantearle la pregunta que tanto había pensado, sin embargo, dado el poco tiempo que se tomaba en cada persona y a lo acuciante de sus acompañantes, sólo pude decirle Señor Vargas Llosa, a lo que contestó Hola, joven. Firmó el libro con el mismo MVL del libro anterior, y del anterior, y del anterior. Agradecí y me dio la mano, fue todo.

Yo sé que la razón principal de asistir a una firma no es en sí la tinta que deja caer la pluma del autor, si fuera así, sería suficiente alegrarse con el hecho de que el libro entero —a veces con excepción del prólogo— ha sido escrito por esa persona. Lo que se busca es estar frente a frente, esa oportunidad para ver cómo es un escritor en su forma física. Yo salí contento y agradecido. Habíamos llegado faltando tan poco para la firma que incluso creí que no alcanzaríamos a pasar.

Después discurrimos por las instalaciones de la FIL. Recibimos varios trípticos, volantes, folletos, mapas, programas y hasta libros gratis. Ése fue el primer día, y para demostrar que esto no es ficción, dejo aquí constancia con una fotografía que la dueña de mis horas tomó en la firma de libros.

En la firma de autores, Mario Vargas Llosa, FIL 2011

En la firma de autógrafos del nobel de literatura 2010 Mario Vargas Llosa, FIL 2011 (Foto: P.A.)

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Un comentario el “Paranoia por extravío (pírrica crónica de los placeres buscados)

  1. […] texto es para otro texto que escribí aquí anteriormente. Quizá deban leer una parte de “pírrica crónica de los placeres buscados” para saber de qué […]

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