Semiótica adversa: el regreso del Sicoterrero

Discúlpeme, buen lector, si en el título de este escrito divulgué el terrible nombre de aquel ente que aterra mis sueños y que, muy probablemente, hará lo mismo con los suyos. Leíame cuando descubrí que faltaban comas, acentos, mayúsculas, sílabas y demás, denotando cacografía. Después de pensarlo por un buen rato llegué a la conclusión: ahora el Sicoterrero (además de aparecer en mis sueños como una mujer grotesca; patearme el subconciente; inculcarme pausas absurdas; hacerme razonar; acuciar los minutos; desaparecer el diccionario, etc.) también se inmiscuye silenciosamente en mi pasado. Aún no le atribuyo a él la reciente e inexplicable desaparición de incontables días. No. Además ese es tema para otra ocasión.

Hace poco escribía las primeras definiciones. Creía que escribir o hablar de él haría que se mudase de mente, que habitara la tuya, por ejemplo. Pero no es así,(aunque esta primera idea te parezca cruel, no lo será cuando intentes deshacerte del Sicoterrero) es un maldito metastásico. Él es una mezcla de repulsa, asco, miedo, terror, desesperación

El otro día me sucedió algo muy raro. Estaba aquí mismo, hace veinte días (momento en que comencé este escrito), cuando, después de escribir la palabra desesperación del párrafo anterior (no alcancé a teclear el punto), sentí que me miraban. Un frío inmenso se apoderó de mi habitación; me aterí por un momento que me pareció interminable. Se escuchaba un leve silbido. Inmediatamente pensé en el sicoterrero. A mi costado izquierdo se encuentra mi cama —que es mía mientras yo duerma en ella—, ese día la mirada provenía de ahí mismo, también el silbido.

Reconocí el silbido, entonces volteé. Era el sonido que produce una de mis pipas cuando se sopla a través de ella. Lo miré. Ahí se encontraba el infame canalla, sentado sobre mi colchón, vestido con mi ropa, jugando con mi pipa; con el rostro —si es que se le puede llamar así a la masa amorfa que está donde debería estar un rostro— hacia el suelo, y con los ojos negrísimos como si estuvieran a punto de salir de sus párpados como la última gota de agua que queda pegada al grifo cuando se cierra.

Entre el párrafo anterior y este transcurrieron diez días más. Al parecer cuando quiero escribir acerca de su grotesca existencia, él se siente invitado a recorrer de cerca mi espacio personal (tómenlo en cuenta aquellos que ya han sufrido con sus visitas nocturnas). Ahora también mueve mis muebles, lo sé porque mi mesa de centro, cuidadosamente colocada para lograr un efecto simétrico, ha perdido su forma. También ha tomado el extraño hábito de encender la luz del pasillo de la entrada; es la única bombilla de la casa que tiene un cordón para encenderla, de ésos que cuando los halas producen un clic.

Lo que pasó después fue que cayó de bruces al suelo, todo inmóvil, como un cadáver. Emitió un sonido terriblemente agudo, como si alguien gritara dentro de un tubo interminable. Se desinfló y lo que parecía su piel se convirtió en un humo negro que recorrió el piso hasta la salida y bajó por las escaleras, sólo quedó la ropa, la pipa y un olor a ropa mal secada. No pude dormir esa madrugada.

no está ahí

Sí, ahora no sólo habita en mis sueños; habita en mi habitación, en mi casa, o al menos eso es lo que me ha hecho creer. Entre sus deplorables acciones, no sé por qué se empeña en cambiar los artículos del masculino al femenino y viceversa.

Escribiré más sobre este calamitoso ente. Hoy no se ha manifestado y por fin pude terminar este texto. Seguramente el Sicoterrero ya vive en tu subconciente. Con el hecho de saber que existe se crea en la mente un lugar inhóspito que sólo puede ser habitado por él. Lo lamento.

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