Ciclotimia histriónica

En mi viaje a la India he aprendido a tocar el sitar. Soa Ewa’ah me ha regalado uno. He de confesar que aún hace dos semanas confundía la cítara con el sitar. Soa me explicó —con interminables circunloquios— que lo que Ravi Shankar toca se llama sitar, y para ser más gráfica sacó el que guardaba en el armario. Se sentó sobre esas maravillosas alfombras de colores cálidos que todos hemos visto alguna vez cuando en la televisión hablan acerca de la India; después señaló al armario de donde había tomado tan conspicuo instrumento para que yo levantara un par de diminutos tambores que si los comparáramos con su sonido sería un oxímoron muy poético. Una por una comenzó a girar aquellas interminables clavijas que uno, como simple occidental, jamás entendería (vamos, si nos sorprendemos al ver una guitarra de doce cuerdas, qué sería tener que afinar con tantas kuntis de delicado acabado), y a hacer gritar las cuerdas con el mizrab. Cuando se vio satisfecha cerró los ojos y comenzó a tocar una leve melodía que incitaba a moverse undívago.

Quizá sería demasiado, incluso algunos me han dicho que talvez fue el incienso de olores tan portentosos lo que lo provocó, pero yo aseguro que el sonido del sitar se convirtió en unas manos lentas y seductoras que me incitaron a tocar los tambores; además fueron esas manos las que me concedieron la sabiduría necesaria para hacerlo, porque yo no tengo las habilidades para hacer sonar tan bien las percusiones. Sé que fue mucho tiempo el que miré aquellas manos cuyos movimientos dibujaron toda cosa existente; quizás años.

Cuando la armonía terminó, sucedió algo inefable. Sería totalmente absurdo que quisiera explicar, con las palabras de las que soy dueño ahora, cómo desandamos de un sueño infinito. Sólo puedo decir que estábamos los dos sentados tratando de retener una inconcusa realidad que se evaporaba cual sueño en la mañana. Soa se separó lentamente de aquel instrumento que parecía haber nacido de sus propias manos, y fue de esas manos de donde lo tomé, sin necesidad de palabras.

Con las últimas rupias compré un estuche para guardar el sitar. Voy a extrañar estos colores anaranjados que adornan las calles, casas y mañanas en la India; estos sonidos de pequeñas trompetas; los gritos que vuelan de nota en nota. Mañana regreso a México, ya tengo los boletos del avión.

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