Los colores de quince minutos de oscuridad (Antología de mis días)

Estimadísimos, apreciadísimos lectores de éste su humilde blog, de nuevo he venido a contarles lo que acontece en mis días, aquello que sucede en este valle surreal. Como ustedes ya saben, asiduos lectores, en estos días vivo en una ciudad tan pintoresca que cualquier cosa que les narre parecería mentira, pero no lo es, aunque tampoco es mentira que todo lo narrado (pongámosle así a lo escrito) se desvanece de la realidad. Por lo tanto, y siendo éste el tema de un cuento que escribiré pronto, me estoy arriesgando a desaparecer de mi vida los días que les cuente, a desandar en la ficción mis pasos, a convertir en argucias mis líneas, etc.

Me considero un, más que aprendiz, aprendedor, igualmente creo que todos lo somos. Uno siempre va por la vida aprendiendo, oh, desdichado aquél que malgaste sus horas sin capturar un instante de novedad. Hasta hace algún tiempo, quizá un mes, mes y medio, yo no contaba con un trabajo propiamente dicho (lugar donde te cambian tus horas por monedas, tal cual lo hacían antes con la riqueza y los espejos). Ahora sí, ahora soy una persona formalmente empleada. Las cosas en el trabajo, sin banalizar, se han puesto densas; el sábado pasado, al salir de clases, me dirigí a aquél sitio con todas las ganas de realizar mis deberes, mis menesteres. Por políticas de la empresa, me prohibieron laborar mis ocho horas sabatinas.

Pensará usted, muy respetado lector, que, de alguna manera, yo estaba predispuesto a pasar aquellas horas enclaustrado, y, al no permitírseme actuar debidamente, tendría ese tiempo para convertirlo en eso que el diccionario despectivamente llama cesación del trabajo, inacción o total omisión de la actividad. Hace poco leí en un periódico que un investigador alemán descubrió que tomarse cinco minutos de cada hora (u hora y media) en el trabajo para hacer nada, es completamente aconsejable y saludable. Según lo que recuerdo de la nota, esto ayuda a aumentar la creatividad y evitar el estrés, como una válvula de escape. No hacer nada, que en alemán se llama nichtstun, es ejemplificado por el investigador en el ascenso a una montaña, si usted tuviera sólo un descanso, a mitad de la escalada, seguramente no podría llegar a la cima, sin embargo al descansar por periodos cortos cada cierto tiempo el alcanzar la meta sería mucho más sencillo. Así que, a mansalva, sin temor a que me vayan a despedir, yo lo hago, tomo mis cinco minutos cada hora y no hago nada.

Regresando a las horas que tuve libres el sábado, pensé en hacer algo productivo, aunque sí soy un ocioso funcional, no quise desaprovechar esta oportunidad. Siempre he tenido una especial atracción a los días sábados, que se me hacen más apacibles que los domingos y sobre todo menos desesperante que cualquier día entre semana; sobre todo las mañanas en el jardín central de este valle surreal. Pero era la una de la tarde, sol, calor, gente. Como salí temprano de la casa para llegar pronto al trabajo, llevaba puesta una camisa relativamente gruesa, de una tela que no es aconsejable usar en primavera (aunque aquella camisa me la regaló la dueña de mis horas). Después de mostrarme, como se debe, molesto y enojado por la decisión del que se le puede llamar ahora mi jefe o mi patrón, gritar algunas infamias, azotar una que otra puerta, salí de ahí.

Caminé en dirección al saliente por aquella calzada. Como estoy por adquirir una motocicleta, decidí comprar un casco, para poder usarla en el mismo momento de la entrega, y, claro, buscarle uno a la dueña de mis horas también. Hacía mucho calor, el lugar estaba a varias cuadras que tuve que caminar bajo el intenso sol del medio día (gracias horario de verano). Llegué acalorado y pedí que me mostraran muchos, pregunté precios, di las gracias y me fui comparar precios en otro establecimiento. Cuando salí de ahí ya no podía con el recalentamiento global, me dirigí a una de esas tiendas de ropa donde venden camisas a precios muy bajos, compré una blanca, me la probé y dije que me la llevaría puesta. Así fue.

Ya renovado y fresco, pensé en caminar hasta la parada del camión en el centro de la ciudad, pero estaba relativamente lejos y había una más cerca. Milagrosamente el camión urbano —léase con sorna— no tardó en aparecer, subí. Se podría hacer un estudio, una clasificación psicológica, quizá de ideología, por el lugar en que las personas se sientan en el transporte público. Inmediatamente detrás del conductor las ancianas con bolsas del mandado y con nada de prisa, a su derecha los ancianos de sombrero y bastón, con arrugas de historias en los ojos, detrás de ellos las mujeres jóvenes solas nerviosas, detrás de las primeras las parejas, señoras, señores, introvertidos… vaya vaya, tema para otra ocasión.

Aunque los cascos costaban cincuenta pesos más en el segundo lugar, compré ahí el mío porque había más variedad, además no pensaba regresar, con el méndigo calorón. Caminé muy orondo con mi casco negro forrado de piel (ajá). Quizá me encontraba a siete u ocho cuadras del centro, así es, este valle a menudo se torna pequeño, se contrae y se expande tanto que aquí ya ni nos damos cuenta. Caminé, me encanta caminar, es como poner en marcha toda la humanidad, tangible e intangible. Caminar desata nudos, hace pensar, activa la inventiva. Recordé que en mis años de prepa solía sentarme junto con mis compinches en unas gradas que están en los portales, situadas frente a un banco. Casi instintivamente me dirigí hasta ahí para descansar unos minutos.

En el camino compré un litro de agua con un insolente y maleducado dependiente, normalmente la compro a temperatura ambiente, pero en esta ocasión determiné que sería mejor adquirirla helada, por aquello del calor y las cuadras que aún tenía que andar, y como diría un vecino de esta ciudad: se me ocurre que he caminado más de lo que llevo andado, de haber llovido quizá se me ocurrieran otras cosas. Sentado esperé el tiempo. Desde ese lugar se tiene una panorámica del centro de la ciudad, a la derecha se observan los portales del sur, un poco más al centro está catedral suntuosa, al centro las fuentes que divierten a niños y jóvenes, y que empapados descubren párrafos de vida, ahí mismo las lámparas adecuadas cual pista de aterrizaje, más al norte el jardín principal, me atrevería a decir ciclópeo, los árboles, pinos, primaveras, malditas palomas, al frente, en la acera del otro lado del cuadro central, el portal del saliente, con el edificio de la presidencia, los cafés para exhibicionistas, todo enmarcado por los portales de cantera monolítica. Ahí, a un costado de catedral, se pueden observar tres iglesias y una parroquia, vaya lugar.

Soy persona que se aburre fácilmente, así que me puse de pie para discurrir por el jardín, y como me gustó otra imagen de la ciudad, me senté de nuevo en una banca, casi me quedo dormido. Ahí la vista era diferente, al frente el kiosco con el mimetismo avergonzado de Clemente Orozco, hijo ilustre, muy diferente pero semejante a los hijos sin lustre. El cielo azul, los portales del norte, el escenario que estaban levantando. Circunnavegué el jardín hasta llegar a la librería del centro, estaba cerrada. Me dirigí a otra, a una cuadra de la primera. En ésta también venden revistas y café con letras. Compré la revista que genera adicción y otra titulada casi como una obra de Kafka, Proceso. En ese momento ya sabía bien lo que haría.

En esta ciudad, como en muchas otras, hay lugares que me atraen con un raro magnetismo; lugares que me otorgan cierta paz, ganas de permanecer. Son pequeños territorios que por alguna razón encuentro gratos y apacibles. Uno de ellos es el estacionamiento de la universidad, el que está por la avenida Colón, desde ahí hasta las jardineras de los enamorados. Otro es el cerro que está al este, ese que está donde termina lo que Arreola nombra el lugar de los claridosos, Chuluapan. Y otro es la parte de atrás de la casa del maestro Juan José Arreola. No sé por qué, pero ahí, esa barda de piedra, desde donde se aprecia el valle surreal casi completito, el árbol, la barranca con las gallinas calladas pero ruidosas; esa subida contrastante de hogares, donde puedes apreciar en el número 66 una casa humilde y enfrente una mansión del tamaño de la manzana entera y muchas como ésa. Ahí me gusta. Un día soñé, sin haber estado ahí antes, que era ese lugar donde se encontraba el teatro mágico de Hermann Hesse, ahí la puerta, ahí donde no hay nada. Desde entonces, cada que puedo asisto ahí a ver llover, el atardecer, leer, etc.

Para llegar se debe caminar al este toda la cuadra Pascual Galindo, que también tiene unas casas hermosas. Luego al norte una cuadra, al este otra, al norte otra, al este otra y nuevamente al norte, no hay pierde. En el camino me encontré a un pequeño personaje con cara de calavera sobre una pequeña moto chopper, casi vi las llamas que desprendían los neumáticos. Ahí leí, detrás de aquella casa imaginaria, escuchando el susurro de una pareja que el árbol escondía y los sonidos de las gallinas en la barranca. Peyote fractal, Chéjov platicadito, y varias frases que consideré rescatables: aquel delicado instante en que tus principios se vuelven tus últimos.

Después regresé al centro, debía realizar unos pagos, cosa que no hice porque ya habían terminado de armar el escenario en el centro, y, si esto no lo convence de que éste es un valle surreal no sé qué lo hará, habían colocado un cuadrilátero de lucha libre. Eran como las siete de la tarde y en realidad yo me dirigía al baño, pero la voz del presentador gritando Lucharán de dos a tres caídas sin límite de tiempo, con relevos sencillos… me hizo adueñarme de un lugar, además que era la primera de las luchas. Según recuerdo fueron cuatro luchas, mas siento que se me escapa alguna. Grité leperadas a los rudos como hace tiempo no lo hacía, y vaya que los de la última pelea sí eran muy rudos.

En la primera lucha arrojaron hasta mi lugar a un luchador llamado Aaron el hermoso, que era un personaje puñalesco como abundan en las luchas, para divertimiento de los presentes hizo la pantomima  de abrazarme y propinar un ósculo en mi mejilla izquierda, supe que no había sido uno de los mejores lugares para mirar las luchas, al frente, en primera fila. Ganaron los técnicos. En la segunda hubo hombres y mujeres (parejas), el público verdaderamente se encariñó con Zeta, que, lamentablemente, al final sufrió un accidente al caer mal y fue trasladada en camilla; en esta lucha, cuando el rudo intentó volar sobre la tercera cuerda, sus pies se atoraron y aterrizó de una manera muy aparatosa, para su fortuna ganaron los rudos.

La buena fue la lucha final: tres técnicos contra tres rudos en relevos australianos. Si los primeros interactuaron de cierta manera con el público, estos últimos se ganaron la noche, los rudos maldijeron a esta cuna de grandes artistas, tergiversaron el nombre, los (nos) ofendieron, y hasta agarraron a las mascotas de los presentes para aplicar llaves, acto que le ganó el odio y las lágrimas de una pequeña al luchador llamado El Perro, que al final resultó verdaderamente adolorido.

Quizá después les cuente más sobre las luchas, o sobre las lecturas en aquel lugar, las caminatas, hoy ya me explayé demasiado con estas líneas que tenía muchas ganas de compartir con ustedes. Caminen mucho, nunca se sabe qué se podrá encontrar a la vuelta de la calle. Nos vemos, muy importantes lectores.

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Un comentario el “Los colores de quince minutos de oscuridad (Antología de mis días)

  1. Paola Alfaro dice:

    Muy buena tu entrada mi querido J., tu manera de narrar lo que te pasa mientras caminas sobre estas calles, es muy parecida a los pensamientos que tengo cuando me regalo el placer de recorrer la ciudad a pie. Comparto la parte de las personas que ocupan determinados asientos en los camiones, muchas veces he intentado clasificar las personalidades con base a eso, pero desgraciadamente vivir a dos cuadras del centro no da mucho tiempo para andar en camión, ya que todo esta tan cerca… me parece inspirador tu gusto por cada parte del centro, pero como lectora, fan y analítica de tus escritos, te pregunto: ¿Por qué odias a las palomas?

    Aquí mi argumento: “…pinos, primaveras, malditas palomas…”
    Y por supuesto el hecho de que cada vez que camino contigo y te encuentras uno de esos “pollos” como tu los llamas, no dudas en espantarles la tranquilidad.

    😀 Saludos a tu ritual 🙂

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