Desde el momento que puedo llamar mi vida entera

Hoy, querido y muy apreciado lector, se intensificó esta manera de expresarse que ha nacido en mí y que no dice nada, nada para ustedes. Así que hoy no van a entender absolutamente ni un ápice de lo aquí escrito, porque la vida no vale nada, así que, por favor, no siga leyendo, quizá después, y sólo quizá, les explique el por qué de estas elucubraciones tan irrelevantes.

He pasado la crisis, llevo dos semanas sin dolores, en realidad desde el 25 del mes pasado. Saber que hay pasos que se desandan continuamente, si necesidad de mirarlos, en realidad sin saber de su existencia, ha traído para mí un desasosiego del alma, una inquietud perenne. Este día llegó con lluvia. Estos pasos, aunque pesados, silenciosos, ponen a uno en un camino que difícilmente se pudo imaginar antes. Desde el momento en que puedo llamar mi vida entera empezó los sucesos se acomodan, crean una retahíla de satisfacciones vagamente perceptibles, una bienandanza. Pero ayer no sé. Así, de repente, me siento desnudo y haciendo un ritual, una catarsis más que necesaria donde debo, porque es un deber, desahogar mis momentos. Soy yo el de hace cincuenta años, soy yo el que jamás nació, soy yo el que vive en una página. Pero tú quién eres sino un reflejo en mi espejo. Soy yo desnudo, incluso sin piel. Soy un vago que corroe las banquetas, el tenue aire que sopla cuando no hay sonido ¿recuerdas esas vivencias en el segundo piso de la conciencia? Quién era yo sino todo. Extraño esos momentos no tan pueriles pero de igual manera egoístas cuando el mundo se dibujaba para mis ojos y detrás de mí no había nada, donde mover algo en la oscuridad donde nunca nadie podría ver significaba librarse de todo mal, de toda sombra, cuando dormir cobijado por una guitarra cantando poemas de amor en la mente era lo último que hacía en la madrugada, cuando la madrugada duraba menos, cuando correr en el patio de la escuela y brincar sobre los charcos y brincar muros altísimos y hablar con la espalda en la pared mirando a la nada ¿qué habrá sido? ¿el sur? significaba mi realidad distante. Dónde quedaron aquellas canciones tan diferentes, esos momentos que marcaron mi vida, esa soledad en el pasillo, aquellos récords mundiales; tatuados en los huesos, en el subconciente, en las rodillas, en los labios rotos. Sí, yo ayudo, yo entro por aquella ventana, abro la puerta y regreso. Aves que se caen de nidos. Cerbatana maldita, palabras de ultratumba, peces ahogados, canicas voladoras, huellas de gatos en la ventana ¿y luego? Todo blanco. Dices que había una pared con ladrillos, que incluso dormiste frente a ella. Un gato blanco. Un perro negro. Las risas desbordadas por la pelota bajo el camión, el choque, los toques, los timbres. ¿Pero de qué años hablo, de quién hablo? ¡Los clubs! Ese número en el reloj, ese número que se repite, y se repite y se repite como recordándome que ya llegará la hora y será esa misma, mira: ahí viene. Aquí está. Hay días tan surrealistas como hoy que te dejan la cabeza licuada. El puerco es el animal más marrano. Carne de venado, de armadillo, de caimán, de colibrí. Autoanálisis, autoevaluación, desconfianza de mí mismo, aquí es más confiable que la memoria. Hoy llovió en las calles de mi alma, un diluvio me recordó que soy mortal, que las nubes son para quien espera. Una gota quebró mi rostro. El dolor ajeno de una piedra ajena en un cráneo ajeno, la rabia, las ganas de desollar. Las caras imbéciles, la estupidez humana. Cuántas palabras vienen escritas en cada gota de lluvia. No, no soy yo en esta vida, soy el recipiente de alguien que no soy yo. Déjame dormir. ¿Cuándo vienes? Como las mariposas, verdad. Y si te ahogas en la lluvia, en los charcos de aquel patio de escuela; escribo para olvidar. ¡Felicidades pacaep! No, el gobierno no, te odio. Pasillos, peinado de lado, aforismos aztecas, todo perdido en la inmensidad del tiempo, todo el tiempo es irrecuperable. Venga a nosotros tu sueño. Adiós dientes, debajo de la cama un mundo inexplicable, sol de linterna. Me pongo de pie y no me saludas. Éste soy yo, pedazos de vida indescrifrable. Yo subí babel, tengo pruebas, cada escalón una lengua, cada lengua una piedra. Soy los años que me quedan por delante. Todo esto es azul. Estoy destapando una arteria, un eje vial. Venga a nosotros el instante en que permanecemos en la eternidad del segundo presente, somos un emparedado de existencia al sur. ¿Dónde vienes? qué me importa, dentro de la cuadratura del círculo tú, actuando un personaje sin sentido que se niega a morir. Trenes en colinas, mercados anaranjados, dedos meñiques morados, plantas de los pies sobre cristales, una semejanza, búsquedas en la clandestinidad de una ciudad sin luz, ¿a quién buscas? No, a nadie ¿hay una tienda cerca? Allá. Malditos ríos de chalecos negros. Agua del río Estorax lleno de lluvia de junio. Yo no sé qué quiero, o yo no sé si yo soy el que no sabe qué quiere. Ya casi, ya casi… ya.

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