El ente (profundidades insondables ad heri)

Como últimamente no quiero contarles nada porque supongo que ya lo saben todo, he decidido escarbar en el automatismo, supongo que si han leido el blog recientemente ya sabrán esto, además sufro de una extraña represión causada por un ente maligno que ha aparecido en mis sueños para no dejarme descansar. No quisiera decir su nombre, el nombre de esta criatura negra, oscura como ojo con aniridia, pero tengo que decírselos ya que de su nombre se desprende mucho del terror que provoca, mucho del miedo que infunde en las almas y los sueños de aquellos a los que ha emigrado de manera metastásica. Porque deben saber que desgraciadamente todo aquél que sabe de su existencia queda inmerso en los terroríficos sueños que poco a poco se vuelven realidad. Me preocupa usted, señor lector, y en realidad creo que sería una completa negligencia de mi parte no avisarle lo anterior, así que, aunque sea usted un total escéptico, un incrédulo irremediable, si quiere conservar la paz que aún existe dentro de usted, por favor no lea el nombre que a continuación escribiré, no lo haga o en su salud lo hallará.

Desde que lo conozco, porque lo conozco, llevo sobre mis hombros una terrible opresión, como si fuera yo perseguido por una de aquellas ausentes nubes negras que presagian un diluvio universal. Incluso ahora, en este mismo instante,  detrás de mí, en la ventana de la puerta de mi habitación, sus ojos de pupilas dilatadísimas extendidas en su faz me miran esperando el momento en que yo les cuente quién es para instalarse en sus subconcientes, esperar agazapado la hora del sueño y después dejarse ir sobre su calma arañándola con esas enormes uñas negras y filosas que usa para rasgar vidas enteras. Él repta de una asquerosa manera, es como si a cada metro que se mueve fuera a morir, y a morir, y a morir de nuevo, pero nunca muere. Los sonidos que produce son más que guturales, y percibirlos causa la sensación de que nuestro cuerpo está hirviendo, soltando pequeñas burbujas desde las venas de los brazos, en la espalda, en el cuero cabelludo. Una vez instalado en tu cabeza escuchas un sonido intermitente, como si vivieras al lado de una gran industria que no descansa jamás, un sonido que exaspera cada uno de tus segundos.

Supe su nombre cuando en mis sueños la gente huía despavorida de una ciudad por su presencia. Yo caminaba tranquilamente en la calle, las personas, como en una escena de película antigua, corrían con un maletín en su mano derecha, con traje, la mano izquierda deteniendo el sombrero y la cabeza mirando hacia atrás, mientras gritaban: ahí viene el sicoterrero. Ni siquiera lo vi, fue tal el pasmo por su presencia que desperté sobresaltado a las cuatro de la mañana. Su nombre revoloteando dentro de mi cráneo como palomilla que busca la luz y golpea y golpea hasta morir. Su nombre, ese nombre, maldita sea la hora en que lo escuché. Y lo digo así porque no recuerdo dónde fue que supe de su existencia, porque él sólo surge de su letargo desasosegante cuando uno lo descubre. Seguramente caminaba cuando alguien a mi derecha, en sentido contrario, contaba con cara de espanto, de insomnio mortífero crónico, su terrible encuentro con él. Oh, desafortunados cuantos lo escuchamos.

No quería decirles su nombre, incluso se los advertí, pero una vocecilla interna me pide que lo dé a conocer, que así, probablemente, se mude; que quizá me deje dormir una noche.

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