Inusitada crónica de una feria donde las palabras se leen entre ellas

Ésta, más que una crónica, podría ser una queja al territorio, al sitio, una crítica, un vilipendio, etc., escrita por alguien que también debería ser fustigado (aunque es una divagación). Quizá usted, amable y muy apreciado lector, no comprenda bien de qué tratan estas breves líneas que hoy les hago llegar con una cuasi-rabia que no tiene mucha razón de ser, por lo que pido comprensión, tolerancia y releer en algunos casos. Poco a poco se dará cuenta que estas infamias tienen muy poco cimiento, descuide, usted podría estar en el mismo caso.

Seguramente en la ciudad —pueblo— desde la cual nos visita, amable lector, y lee este hilván de necedades (que hoy estoy dispuesto a mandar al carajo) en algún momento del año, alrededor de su plaza principal, si no es que hay un lugar establecido para ello, se lleva a cabo una feria del libro. Lo digo porque lo sé. He vivido* en un sinnúmero de ciudades —pueblos— en los últimos años (quizá los últimos veinte) y en cada una de ellas me he encontrado con una humilde feria del libro, excepto en Guadalajara: nada humilde, nada.

Prosigamos con el contexto. Persona que no lee, persona que es atacada por eso; persona que lee, persona que ataca a las personas que no leen por no leer. Y así vemos, escuchamos: Anda, léete un libro, Leer es bueno, Los mexicanos leemos medio libro al año, No es cierto, leemos 2.9, ¿Quieres empezar a leer? Léete Rayuela, Qué ignorantes somos por no leer. Esto de la lectura se ha vuelto en momentos elitista, un arma con la que atizamos a los que no lo hacen, pero vamos, nosotros (o aquellos que leen), como dice alguna línea perdida en el libro antes nombrado, leemos para asomarnos a las azoteas y solares baldíos de aquellos que escribieron sobre las azoteas y solares baldíos de los que no han leído (no siempre, claro). ¿Por qué vituperar por no leer? Que lea quien guste.

Pero ese no es el tema de hoy, el tema de hoy es una feria donde las palabras se leen entre ellas. Aquí donde ahora resido, como residuo en la reminiscencia, ha comenzado una feria de aquellas que les nombré. Una feria como las de Arreola, o una feria en la Feria de Arreola, o una feria en donde sucede la Feria de Arreola, o aquí donde la Feria hay feria.

Este lugar, este sitio, este terreno, este territorio, tiene algo en el suelo. Es un magnetismo de profusos escritores, es como un ombligo de palabras. Aquí, donde cada seis meses, qué digo seis meses: cada viernes, sucede un éxodo de vida misma. Este pueblote se convierte en un verdadero pueblo fantasma, un lugar deshabitado, casi inhóspito. Sí, aquí nació Juan José Arreola; sí aquí enfrente Juan Rulfo; Sí, sí, sí. En pocas palabras, este éxodo del que hablo es estudiantil. No hay aquí industria; trabajo sólo encuentras de dependiente de tienda o en la pisca. Pero es un terreno lindísimo, donde un volcán derrama palabras de fuego y otro escucha gélido; donde, si vienes por el norte, la visión desértica no presagia el espejo manantial lustral que te recibe. Aquí vivimos enmarcados por los montes, el sol sale más tarde de lo normal por la cercanía de ellos, y nos deja ver un atardecer único: el sol entra en media luna. Y hablando de luna, qué decir de su salida: majestuosa, envidia del sol, mostrándose lentamente, enorme, por detrás de unos árboles que dibujan sensualmente su contorno en aquella faz marmórea.

Hay aquí varias instituciones educativas de nivel superior, y esa población estudiantil hace las veces de torrente sanguíneo en este valle. Por lo variopinto de la oferta académica podemos ser testigos de infinidad de actividades culturales. Desde lo más banal como la elección de la señorita simpatía, pasando por bailes en el lienzo charro (llamados toros de once), hasta jornadas por la libertad de expresión o cátedras o veladas literarias, y todo lo que haya en medio. Sin insinuar siquiera que alguno sea más cultural que otro, o que alguno se encuentre presuntuoso sobre otro, porque ¿quién sería capaz de catalogar algo así, sino para y desde sí mismo?

Aquí convergen tantas cosas que seguramente es eso lo que hace de esta cuna de grandes artistas un valle portentoso. Así, en una de esas actividades que he nombrado antes, se lleva a cabo esta semana la feria del libro y la cultura. Lastimosamente lastimera. Habiendo tan buenos eventos y no se llenan… lo bueno es que la falta de quórum no mitiga esas ganas ardientes de rescatar la cultura que, como el magma, se pasea bajo nuestros pies.

Por ejemplo, permítome compartir con ustedes una parte de un texto titulado Manifiesto metastásico, publicado el sábado pasado en un periódico regional:

Avergonzados de la realidad cultural que sofoca la imaginación creativa, hartos del pensamiento rancio y espeluznante que se ha impuesto en la mente de los jóvenes creadores y convencidos de que un nuevo arte furioso es necesario para regenerar el arquetipo de la creación, convocamos a todos los artistas que no han sido contaminados por el pensamiento nimio e imbécil de que la cultura es un medio y no un fin, a que se unan a las filas de este movimiento metastásico y bajo esta bandera.

(Aquí completo: http://1.bp.blogspot.com/-mtNgO2PDxLM/TdmdF6FGASI/AAAAAAAACrE/1ILk_xGv0Hc/s1600/Bajo_el_volcan_final.jpg).

Entre las firmas se encuentra la mía y la de la dueña de mis horas. Se busca con esto, como se dijo en La Jornada, rescatar del oscurantismo a esta resplandeciente región, que, aunque algo transparente, ha quedado inmersa en la sombra de dos grandes maestros de la creación literaria. Sí: nos atañe una inmovilidad, pero las artes fluyen, las palabras se escriben, transmutan; los sonidos se juntan, desde el trinar hasta el grave sonido de la lava, y emergen armoniosos; los pies bailan, las mentes brillan. Pero es que todo es tan lento…

Por eso ha nacido este manifiesto metastásico, para acuciar una conciencia apaciguada, latente, para desasosegarla, atizarla, verla renacer de sus cenizas, (qué cenizas), para propalarla, hacerla conspicua.

Se necesita más de esto, más cercanía e integración, más variedad… no sé, por ejemplo esta feria que les cuento cuenta (los cuentos que yo cuento) en su mayoría con libros de superación personal, revistas de cocina, enciclopedias para niños, el kamasutra ilustrado en versión bolsillo, tres libros por veinte pesos, cómics descontinuados, los libros más pequeños del mundo (la biblia para llevar). Vaya, rescatable sólo son el primero y el último stand(según yo, claro está).

Y como esta amante ruda, solitaria llamada noche, se está poniendo caprichosa, me despido de ustedes, afables lectores, agradecidos, comprensivos, perseverantes, asiduos, recientes e incluso incipientes.

(Podría firmar: bajo el volcán)

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