Desconfianza: tildes y direccionales

Queridos, queridísimos lectores de este blog. Seguramente ya están ansiosos por conocer qué nos depara este viernes temático, que como todos los viernes sin falta alguna se especializa en traerles algo novedoso, algo repensado, algo más elaborado que en los martes 2×1. Si no se dieron cuenta, estaba siendo sardónico, ustedes saben que los abandono, no a veleidad, sino por razones que ya he expuesto aquí antes, así que espero su consideración, aunque sea un poco.

Alguna vez un periodista colombiano nos preguntó, sabiendo la respuesta, qué es lo que genera en la audiencia una pérdida de la confianza por un medio de comunicación. Nos encontrábamos en la sala de juntas de un periódico impreso. Las respuestas variaron: la publicación de rumores, de información no verdadera o no corroborada, el uso de fuentes anónimas, el amarillismo, etc. Pero no era así, ninguna de éstas se acercaba a la respuesta que nos tenía preparada.

Para este periodista, que nos nombró un estudio realizado en su país, aquello que hace que los lectores desconfíen de un medio de comunicación es la cacografía. La etimología de esta palabra proviene del griego, donde kakos significa malo. El diccionario la define como escritura contra las normas de ortografía. Entonces, según el estudio que nos comentó el colombiano, cuando un lector encuentra en un periódico una falta de ortografía, éste automáticamente comienza a desconfiar de ese periódico.

La explicación es fácil, verbigracia: se nos presenta en un hospital al cirujano que habrá de extirparnos el apéndice, éste, vestido con su habitual bata blanca, pantalón blanco, zapatos blancos, nos comenta que debe tomarnos la temperatura, entonces saca del bolsillo de su camisa una jeringa y la coloca debajo de nuestro brazo y enseguida intenta tomarnos la presión con el estetoscopio. Instintivamente huiríamos de ahí, no dejaríamos que nos recetara siquiera un paracetamol: perderíamos la confianza en el médico.

Sabemos, de antemano, que el médico sabe utilizar sus herramientas de trabajo, y en este caso la herramienta de trabajo de un periodista es la palabra, por lo tanto un medio de comunicación donde los periodistas omiten un acento, intercambian una c por una z, incluso por una s, pierde a sus lectores. Y por qué, más allá de la calidad que se espera de un medio, un lector confía en lo que está leyendo, sabe que si está escrito porque se está dando una explicación, sabe que cada palabra se debería usar correctamente. Siguiendo este ejemplo, un simple error en la redacción puede hacer que un párrafo, inclusive una nota entera, pierda todo sentido, y que el lector pierda un poco de tiempo releyendo para identificar el error. La próxima vez que esta persona lea ese periódico, no lo hará con la soltura con que alguna vez lo hizo.

Y en esta situación nos encontramos muchos. Nos mostramos suspicaces al leer, por nombrar un ejemplo, la palabra esta, y leemos despacio para corroborar que en realidad está bien usada y que no le falta una tilde (está). Como este ejemplo hay muchos otros.

Este tema comparado con las direccionales de los coches, se me ocurrió cuando caminaba hoy hacia la casa donde vivo, desde donde emanan estas divagaciones. Los conductores han hecho que el peatón desconfíe fervorosamente del movimiento de los coches por el desuso de las direccionales.

¡Oh, inconscientes conductores que no recuerdan que todos en algún momento del día somos indefensos peatones! La desconfianza genera una pérdida de tiempo al cruzar una calle, ya que una gran cantidad de estos ególatras especímenes no se toma la delicadeza de usar la bien colocada palanquita al lado izquierdo del volante, así algunos dan vuelta sin avisar y otros avisan sin dar vuelta.

Según tengo entendido, no hay en el Reglamento de la Ley de los Servicios de Vialidad, Tránsito y Transporte de cada entidad en México, un artículo que regule y sancione el mal uso (o el desuso) de las direccionales, algo que es preocupante ya que es una gran laguna dentro de estos reglamentos. Las direccionales fueron agregadas a los automóviles con una función muy importante, la de evitar accidentes, tanto colisiones como atropellamientos. No crea usted, señor conductor, que fueron puestas por puro lujo, a ver si alguien con bastante decencia se dignaba en usarlas o simplemente para que la parte de atrás de su coche no se viera tan escueta.

Señor conductor: por favor use las direccionales, no se exhiba de manera tan vergonzosa demostrando que es un ignorante de las reglas básicas de conducción, piense que el conductor que viene detrás de usted puede haber tenido un mal día o venir distraído, ahórrese ese disgusto, recuerde que alguno de sus familiares más cercanos anda a pie (y que usted también se convertirá en peatón en algún momento del día) y que un simple movimiento de su mano izquierda puede ser la diferencia entre llegar con bien a su destino, llegar con un susto o quizá no llegar. No sea egoísta, no le cuesta nada, no fomente esa desconfianza multitudinaria que nos acecha.

(Otro día con más calma pondré imágenes).

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Un comentario el “Desconfianza: tildes y direccionales

  1. […] fraude que cambiar oro por cuentas de vidrio; entre otras cosas. Hace tiempo escribí aquí sobre mi poca tolerancia hacia las personas que no usan debidamente las direccionales (sí, puedes hacer clic en la frase anterior para conocer más), y la desconfianza que generan, […]

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