Mínimo ensayo sobre la psicología

Esta es una primera entrega que hago de una nueva sección dentro del blog, algo que quizá no dure mucho pero que hoy era necesario hacerlo. Se llama por qué las cosas son como son, un título que no ostenta nada, que no intenta parecer profundo ni se debe esperar mucho de él. Más que nada es un ejercicio de creatividad, una válvula de escape de una realidad constantemente repetida. Un incipiente refugio en las palabras, ya que han sido ellas las que me han tomado de la mano para liberarme en un superrealismo.

Así es como las palabras empiezan inocuas y terminan inicuas. Cómo se tornan arteras, cómo arramblan con la consciencia, cómo son ellas las que empiezan a ser tú y tú dejas de ser tu mismo.

En fin, la razón primordial de esta sección, que auguro buen tiempo, es para hacer una pregunta que hoy se presentó ante mí en el salón de clases, porque han de saber que hoy fue el primer día de regreso a clases para mí, siempre me ha gustado estudiar, estar en el salón, respirar ese aire de compañerismo intelectual, hipócrita, amiguero, desinteresado, desapegado (si es que el oxímoron y la ambigüedad lo permiten); de esa charla que se puede tener con cualquiera en los pasillos y, sobre todo, de esa sensación tan apacible de haber aprendido algo, un dato, una frase, lo que sea. De esa sensación de, más que haber sido instruidos o educados, descubrir que dentro de cualquier persona siempre existe un poco de mundo que desconocemos, y en múltiples ocasiones mundos y universos dispuestos a compartirse.

Y la pregunta era ¿por qué los psicólogos no pueden separar su profesión de su vida diaria? Es comprensible que ellos hayan dejado un poco de cordura en toda su preparación profesional, pero ¿por qué en todo momento se empeñan en mirar el movimiento de tu cuerpo, la postura de tus brazos o cualquier acción que un individuo lleve a cabo para inferir que somos iguales a un patrón que ellos ya conocían desde antes? ¿Por qué cuando dices que te gusta algo socavan con ese tono de falsa curiosidad sólo para concluir que tu gusto, por más efímero que sea, te define en un plano general? ¿Por qué se empeñan en decir que no estudiaron durante tantos años para dar consultas fortuitas si siempre terminan haciéndolo? ¿En qué parte de su formación profesional los adoctrinan para jamás dejar de hacerse prejuicios infundados en un movimiento?

Es que así pasa, conoces a una persona en una reunión cualquiera, el amigo que trajo tu amiga y que nadie conocía, entonces lo presenta, señor Juan Pérez. Miras de reojo que entrelaza los dedos de sus manos, los lleva al mentón, inclina su cuerpo hacia la mesa y parece que está prestando atención a todo y a nada, entonces fija su mirada en una persona, la somete a un silente escrutinio, de vez en cuando entrecierra los ojos como si cavilara, es cuando una frase libre al aire lo hace preguntar. Y por qué te gustan los atardeceres calmados en la playa, pregunta. El tono de la pregunta inquieta a los presentes, es como si se hubiese dejado caer un gran peso de plomo sobre la mesa. Con una risa nerviosa ella responde que los atardeceres son de su agrado porque tienen lindos colores. Él pregunta qué color es su favorito. El peso en la mesa se hace mayor, perturbador. Ella responde que el morado. Él infiere que cometió un crimen en una playa ya que el color morado significa luto. La amiga que lo presentó les comenta que olvidó mencionarles que Juan Pérez era psicólogo.

El peso desaparece y la inquietud se torna incomodidad. Ya nadie quiere platicar, ya nadie busca contar un poco de sí. Todos intentan ocultar sus movimientos. Piden la cuenta y se van. Al día siguiente llaman a la amiga que llevó al psicólogo a la reunión para pedirle que nunca más lo vuelva a invitar, preferirían mil veces a un veterinario, a un fanático religioso o incluso a un nervioso compulsivo a eso.

Así sucede, no sé en qué momento los adoctrinan para diagnosticar en cada oportunidad que tengan un trastorno de identidad disociativo, una manía compulsiva, un tic nervioso, una fobia inexistente, un trauma infantil infundado, una parafilia injustificada, y un largo etc.

Por eso, señor, si usted es psicólogo, absténgase de hacer lo antes nombrado. Podría sucederle lo que a Juan Pérez, perder valiosas amistades o incluso algo peor. Desarraigue de usted ese sentimiendo autocomplaciente disfrazado de ayuda solidaria.

psicólogos

No, por favor, no

Gracias.

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Un comentario el “Mínimo ensayo sobre la psicología

  1. Paola Alfaro dice:

    Excelente publicación J., y es que algunas personas pasan del estudio y conocimiento del comportamiento humano, a la obsesión y la necesidad de saber que estas pensando y si es normal.

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