René Magritte en la ciudad desesperada

Viviremos esparcidos en un caos acogedor, en una maraña de historias, inmersos en una vigilia incesante. En una independencia de quinto piso. Así, bajo el cielo sin estrellas de la ciudad desesperada.

 

Estimados lectores, es hora de contarles un poco de algo que he estado procrastinando. En la última loable visita al Distrito Federal que hice con la dueña de mis horas sucedió un sinnúmero de vivencias increíbles. En una de ellas, casi por casualidad, nos topamos con un mundo de dimensiones inimaginables, de imágenes para muchos ininteligibles. Una fastuosidad delectable por el cristalino y la retina.

Caminábamos y en algún momento, de alguna manera, recordé que en el Palacio de Bellas Artes estaría aún la exposición El mundo invisible de René Magritte. Imprescindible en nuestro itinerario.

Nos cubrimos el rostro con una manzana verde y nos vestimos con sombrero de bombín, corbata roja, camisa blanca y saco oscuro para presenciar de la mejor manera posible el mundo que, como el fruto del árbol, había caído sobre el Museo del Palacio de Bellas Artes. Subimos por unas escaleras refractantes y en cada rellano era necesario detenerse a repensar si el acaecer en tal paralelismo nos devolvería disímiles. Fue, entonces, como tomar de la mano a un ángel que sin recelo nos mostró que existen mundos donde las manzanas crecen tanto que es imposible sacarlas de una habitación.  En un mundo donde los vidrios rotos se conforman por anamnesis. Donde el cielo está dentro de los ojos que te miran.

 

surrealismo

Ceci n'est pas un collage

Lentamente nos vimos inmersos en la mente del belga, con un estupor creciente conforme el desfile de pinturas nos rodeaba, porque cabe decir que no éramos nosotros los que nos movíamos, sino los cuadros que entraban y salían vehementes de nuestra embelesada mirada. Apareció frente a nosotros, en uno de esos movimientos inesperados, un lienzo para ofrendar el humo de algo que no es una pipa. Fue entonces que dejamos parte de nosotros. Nos cubrimos la cara, por sobre la manzana, con una manta y en un beso miré el mar y su cuerpo en sus ojos, su nariz y su boca, ya ella con vestido rojo y yo con traje negro.

El hijo del hombre parló con nosotros, supimos por él que tras unas puertas más sería necesario desandar para no regresar a la realidad condicionada. Aún así seguimos nuestro camino y tras esas puertas regresamos a la ciudad desesperada completamente disímiles, como lo habíamos, no temido, sino como la clarividencia lo mostró.

Poco a poco las personas fueron descendiendo del cielo azul a cobertizos rojos y después al suelo.

 

Ceci n’est pas une entrée

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