Lo que me gustaría ser a mí si no fuera lo que soy

Si no fuera lo que soy me gustaría ser un felino, un gato. No en un manera despectiva porque, ahhh cómo hay gente que usa la palabra gato para designar algo de mal gusto. No señores, los gatos son obras espectaculares, perfectas bolas de pelo que saben exactamente los momentos. Saben que, por su inocencia, no creerías que te quieren asesinar cuando caminan entre nuestros pies al bajar las escaleras. Saben muy bien qué tipo de miau usar para conseguir lo que quieren. Saben, de sobra, que para obtener cariños bien pueden acercarse ellos o irse a esconder en lo más recóndito de la habitación (debajo de la cama en la esquina).

Los gatos siempre obtienen lo que quieren: libertad, comida, azoteas, ser el centro de atención y dormir, sobre todo. Lo único malo de los gatos es que su libertad es para ellos más un libertinaje y cuando se suben a un árbol creen que se han independizado del mundo. Convierten su copa en la república gatuna por excelencia. Además de esto, en cualquier momento pueden irse si quieren.

Hay momentos en la vida, momentos que yo comparo con un alud. Como cuando sabes que todo está yendo de maravilla pero que tarde o temprano te va a llegar la factura. Esos momentos que crees que se te guardarán para cuando venga el karma a patearte la conciencia. También existen días así, días en que los nervios son fatídicos, en los que nadie sonríe, en los que el aire es denso, la comida sabe mal y los problemas vienen en manada.

Si usted, querido lector, advierte en su día uno de estos, tome las siguientes precauciones: no se levante de la cama a menos que sea extremadamente necesario, no respire, no hable, no coma, tome líquidos lentamente (muy lentamente), no conteste el teléfono, no se cambie de ropa, parpadeé lo más rápido que pueda para no perder noticia de las cosas, manténgase atento del techo, llame a su trabajo y repórtese enfermo, pida a alguien de confianza que le coloque un mosquitero encima, no apriete los puños y no mire a nadie a los ojos.

Veinticuatro horas después usted estará listo para salir de la cama con una sonrisa encima y la satisfacción de saber que no pasó un día de los malos malos.

Aunque si usted se rehusa y decide adentrarse en esta maraña de vicisitudes, allá usted, en su salud lo hallará. Es posible que ese día no haya agua caliente, es más: ni siquiera habrá agua. Toda su ropa estará sucia. Se le quemará el desayuno. Camino a su destino (trabajo o escuela) se encontrará a la única persona en el mundo que usted le debe dinero. Todos los muchachos que limpian parabrisas brincarán en su cofre haciendo caso omiso de su no, por favor, está limpio. Recibirá una llamada y solamente escuchará una respiración. Su lugar habitual de estacionamiento estará ocupado y en doble fila. Llegará tarde. En su trabajo o escuela encontrará el doble de deberes y la mitad de tiempo para hacerlos. Se le enfriará el café. Se le derramará el café. Será el día en que usted se quede a limpiar. A la salida habrá una multa en su carro (el cual dejó a veintidós cuadras del trabajo porque no hubo más cerca). A medio camino de regreso a su casa se le ponchará una llanta, habrá olvidado el gato hidráulico porque el día anterior fue de compras y vació la cajuela. Además olvidará las llaves de su casa y no habrá nadie dentro y tendrá que brincarse y se caerá y los policías lo arrestarán y lo procesarán y lo ficharán y lo dejarán libre hasta el lunes porque es viernes. Su pareja se enojará con usted porque ese día era su aniversario y usted olvidó las flores, dormirá en la sala y toda la noche sonará la alarma del carro del vecino, junto con los ladridos del perro del otro vecino y los maullidos de los gatos en la azotea… ¡MEJOR NO SALGA ESE DÍA!

Podría terminar diciendo y se acabará el mundo, pero eso le impide a usted hacer el recuento de las cosas que salieron mal al día siguiente, y también le impediría que viniera a este blog y nos platicara el peor día de su vida.

Hoy fue el primer día de clases (de regreso a clases), y tengo tarea para mañana a primera hora. Quizá para el viernes termine el cuento del señor que se murió y no sabe si se fue al cielo o al infierno.

No, esperen, pensándolo bien: quizá escribir ese cuento fue una de las razones primordiales de que mi día saliera tan torcido hoy. Pensándolo bien mi día no salió tan torcido. Pensándolo bien mañana será otro día, y nunca aparecen dos días de estos consecutivamente. Mañana será un gran día.

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