Bifurcación

Hoy es un día como ayer, como antier, como cualquier otro. Un día completamente nuevo, con las mismas oportunidades, igual que los anteriores. Un día para hacerlo todo mejor, incluso escribir mejor, pero desde hace unos días que se me han resbalado las palabras de las manos. Quizá esa sea una de las razones del maratón, encubrir las horas sin palabras, horas infructuosas. Momentos en donde, por más que exprimas las migajas de los verbos, no sale ni un cof.

Así que me di la tarea desde hace 15 segundos de averiguar qué es lo que me incita a escribir ¿Un lugar? ¿Una acción? ¿Una hora en específico? ¿El clima? ¿Los estados alterados de la memoria? (sólo los naturales, como desvariar en la madrugada, dejar volar la imaginación de nube en nube de pensamientos isocrónicos) ¿Música? ¿El numen que trae consigo los besos de mi musa? ¿Leer?

En fin, es en realidad una mezcla de todo ello. Escribir es una ofrenda al ego. Creo que nunca se escribe desinteresadamente. Se escribe por adular, por conseguir, digerir, impresionar, se escribe para ser leído. Es por eso que estoy agradecido con los lectores de éste su humilde blog, que crecen día con día.

Antes me divertía haciendo esto, ahora me acongojo. Quizá este blog esté dando patadas de ahogado. Talvez debería hacerle una limpia (de las que se hacen con hierbas y humo), conseguirle una cita con un chamán, indagar en sus epifanías, pintarle un tercer ojo, rociarlo con agua bendita, traspasarlo, hacerlo mártir… o simplemente esperar unos días.

Yo estudio, soy un estudiante a mucha honra, y todavía me falta camino por recorrer. En la escuela nos enseñan a escribir y a leer, que es lo mejor que podemos aprender. Nos enseñan el sujeto y predicado, el funcionamiento de las células y a resolver problemas trigonométricos. Aún ahora, un amigo que estudia arquitectura sigue empecinado en que saber cuál es el sujeto elíptico en una oración personal implícita no le ha servido de nada, yo no recuerdo para qué servía el citoplasma en una célula vegetal, y un amigo químico farmacobiólogo nunca ha resuelto cuál es la hipotenusa de un triángulo que mide… bla bla bla.

Nos dan información dispersa. Por lo tanto seguimos estudiando cosas que ahora no nos interesan, para poder llegar a un momento donde estudiaremos lo que siempre hemos querido, una satisfacción merecida por tanto martirio pedagógico. Algún día en la vida volveremos a recordar eso, y sabremos que el tiempo no se pierde y que no se detiene por nada. Que por lo menos aprendimos a ser tolerantes, a escuchar, a razonar, pensar un poco más.

Pero no sé en qué momento uno aprende a crear. En qué momento uno comienza a tomar lo aprendido y a moldearlo en algo más, en estructurar algo que no existía. En qué momento la improvisación incipiente nos muestra otros nuevos y vastos caminos. Por eso estas dos frases:

La vida sólo puede entenderse de aquí para atrás.

Todo puede cambiar en cualquier momento, de repente y para siempre.

Así termina esta entrada.

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