Pairo

Veo una superficie brillante, con los reflejos del sol moviéndose en ella como hilos dorados. Calma. Veo también un fondo de arena clara, no tan lejano. Quizá esté cerca de la costa, pero la visibilidad es limitada. Doy tres lentas brazadas como mínimos intentos de llegar a la superficie y los movimientos hacen eco en ese dúctil espejo.

El agua es tibia, interminable.

Vuelvo a respirar. En mi frente el sol evapora ya unas cuantas gotas, pero no quiero abrir los ojos. Siento viento y escucho aves, señal de dos cosas. Pairo unos momentos.

Me dejo hundir de nuevo porque en mi pecho no caben esas dos sensaciones.

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Ayer no salió el sol

Pero hoy sí. 

Ayer, martes 12 de febrero, no salió el sol. No se asomó, como usualmente lo hace, entre las dos torres de la Catedral de Guadalajara a las nueve de la mañana. No pegó en mi cara, en mi cuerpo; en su lugar, nubes.

Temprano hizo frío, la calle Juárez estaba helada de nuevo y recordé algo leído anteriormente (no me pregunten dónde, ni de quién, no recuerdo), dice algo así: el invierno da una breve tregua y algunas flores salen, creyendo que ha llegado la primavera, disfrutan el calor y el sol, olvidan el frío por unos cuantos momentos —quizá tres—, pero después las sorprende de nuevo la helada y las marchita, las quema, las rompe en mil malditos y desgraciados pedazos. 

Ayer no salió el sol, pero hoy sí.

Pegó de nuevo en mi cara, en mi cuerpo a través de las torres de Catedral. Tañeron las campanas de las nueve de la mañana, y pensé ¿quién de nosotros?

Exorcismo II (en aguas profundas)

Después de orbitar en el huracán, por fin salí disparado de su trayectoria. El excéntrico recorrido lo hice de espaldas, así que no pude ver hacia dónde tomó rumbo. Además, cerré los ojos y no hice nada por voltear a verlo. Me tomó por sorpresa un domingo. Pero me di cuenta de algo: jamás estuve siquiera cerca del ojo del huracán. No hubo brisas alrededor mío que me protegieran de las feroces y cortantes corrientes de viento. No, ¿y cómo lo sé? Porque descubrí que quien llega ahí, ahí se queda: en forma de orquídeas, en forma de frases, en formas que no tuve.

Caí, pues, en aguas profundas. Caí con la cara y el pecho al agua, y el golpe me dejó un frío hueco donde se juntan las costillas; muy, muy doloroso. Perdí la consciencia y soñé brevemente: acostado en mi cama escuchaba una insulsa y triste canción que me liberaba las primeras de muchas lágrimas.

Y aquí sigo. Anegado. Suelto el llanto en aguas profundas donde mis lágrimas no se perciben. Ya perdí la sensación de hundimiento, pero es posible que aún me dirija hacia abajo, más y más abajo. Desde aquí no veo la luz y no sé hacia dónde está la superficie. 

Es posible que cuando salga, cuando flote y el mar me permita ver la luz de nuevo, intente echar un vistazo hacia donde pudo alejarse el huracán. Espero tener la fuerza para no hacerlo, espero sentirlo tan lejos para poder llegar en paz hasta la costa, cuando el mar me expulse.

Y ahora, ¿quién me va a salvar? Y la palabra suena como un eco ahogado: salvar, salvar, salvar. Quién.

Aventón al mar desde un sillón rojo (en Guadalajara fue)

En la esquina de La Paz y Enrique Díaz de León hay una institución bancaria, un farol, un árbol y un sillón con tapicería roja y respaldo y patas de madera con un orificio en el cojín de respaldo, y como escote deja ver a través de él: en la madera hay un orificio parecido a una cerradura.

Nadie se sienta ahí.

Lleva un par de días descansando sobre el adoquín de pequeñas piezas cuadradas, recargado en el muro. Los faros de los vehículos lo iluminan intermitente por la noche y brilla como terciopelo, como gota fresca de sangre, labios rojos recién pintados.

Enfrente, al oeste, hay una farmacia, al norte un taller mecánico y a contraesquina un cine. En la farmacia un día esperé un aventón al mar, al huracán.

Exorcismo

¿Dije exorcismo? Oh, no, todo lo contrario, pero no encontré la palabra. Sí, quería dejar ir a los demonios —o a ese en especial, porque en realidad es uno—, pero ahora no lo sé. Tiene forma de huracán y me inquieta saber cuán cercano estoy a su ojo y cuánto podré permanecer ahí. Aunque lo rodea la noche, el huracán más bien es claro, de estelas largas.

Cómo entré en sus paredes, tampoco lo sé. Desconozco si en realidad estoy dentro o si sigo tan afuera y sólo siento la brisa, o mejor dicho: las brisas, porque hay más brisas en la playa. Duele. Más bien orbito en sus feroces vientos donde parece alejarme y luego acercarme de nuevo, una y otra vez, en círculos cada vez más estrechos. Por eso en ocasiones creo ver el ojo del huracán. El muy astuto guiñe, pero no me deja pasar.

Llegará ese momento: saldré disparado y caeré en aguas profundas, seré náufrago de esa violenta nave etérea y ya en la arena apenas percibiré la ventisca. Se habrá ido. Amainará y yo estaré en una tierra donde nadie habla mi lengua. Callaré las historias de ese huracán, no contaré cuáles poblados arrasó y mucho menos cuáles ayudó a repoblar. No habrá hojas nuevas en el almanaque. Pero lo recordaré. Lo recordaré cuando llegue a esta costa otro náufrago y hable en una lengua extraña, y mire hacia atrás y no encuentren lo buscado sus ojos sino el fondo azul después de la tormenta. Lo recordaré, lo haré cuando aquellos náufragos callen, den media vuelta y vayan a buscar a un exorcista.

Diez años de desnudez

Hace diez años comenzó esta aventura con el nombre Desnúdate y haz un ritual, estimado lector. Hace diez años que sus ojos pueden leer estas líneas que discurren entre la realidad y la ficción. De estas palabras que dan testimonio de cuánto puede cambiar una persona en una década.

Diez años atrás yo tenía 19 años. Enero de 2009. Para ser más precisos: 19 de enero de 2009 daba sus primeros pasos este blog. Cosas interesantes han sucedido los días 19: 19 de enero, 19 de mayo, 19 de agosto, 19 de diciembre. A estos días les ha dado por destacar. Aunque también a los días 10, 20, incluso los 28.

En estas escasas líneas de Desnúdate y haz un ritual han quedado plasmadas muchas cosas: teorías vagas, invenciones a deshoras, intentos de poesía, fotografías de letreros escritos muy mal, ligeras crónicas de conciertos y viajes, el descubrimiento de nuevas palabras para usarlas inmediatamente y después regresar a la lengua vernácula, pueriles diatribas. Tantas cosas.

Más que un tamiz, este blog ha sido un delgado vidrio entre usted, lector, y yo. Porque aquí vengo de vez en cuando a ser sincero; a dejar entre palabras —no entre líneas— pequeñas migajas de pan que después podrán servirme para quitarme el hambre de saber yo quién era.

O quién era usted.

Porque aquí somos dos: este que escribe y usted que lee.

Porque cada texto de este blog ha servido como una botella de mar, y lleva en su interior una intención casi siempre expiatoria. Sin embargo, no sé cómo expiar esta ligera culpa que llevo dentro sin romper ese vidrio, o sin opacarlo. Alguna vez escribí: “quién sabrá más de distancias sino aquel que se ha alejado de sí mismo”, y es texto que me acompaña hasta ahora.

Habrá ojos que no lean esto, y quizá sean esos los más necesarios para realizar este exorcismo del que serán objeto las siguientes entradas de este blog.

Por lo pronto, yo vengo aquí a agradecer a sus ojos que sigan leyendo esta breve bitácora de humo. Y a brindar por diez años más de Desnúdate y haz un ritual (y sus blogs adyacentes).

gracias

Todavía

Hola. Es 9 de enero de 2019 y estoy a diez días de cumplir diez años. Soy Desnúdate y haz un ritual, un blog que nació sin muchas pretensiones, una madrugada después de un rato de ocio… como nacen muchas otras cosas. 

Diez años después todavía existo. Poco, quizá, cada vez más abandonado porque la persona que escribe acá detrás hace otras cosas que le quitan tiempo para atenderme. Pero lo entiendo —no mucho—, antes, cuando más me visitaba, se preparaba para ser eso que es hoy, o lo que fue ayer, o antier. O eso decía. Es alguien disperso en todo lo que ve o escucha, y cada rato promete que regresará aquí. Las últimas veces que o ha hecho no ha quedado conforme. 

Pero como no lo ha hecho, vine yo a dejarle este recuerdo de mi primera década. A ver si se acuerda.