Más tequila

En la última entrega de Desnúdate y haz un ritual les compartí un poco acerca de un personaje inventado hace unos quince años, si no me fallan las cuentas. Póngale usted, estimado lector, años más, años menos.

Tequilamán nació como una parodia de los superhéroes conocidos; como un antihéroe mexicano (jalisciense, tapatío quizá), con un solo superpoder: expulsar tequila de su dedo medio al hacer la señal obscena.

Hace quince años, en un blog de mi adolescencia, escribí una breve historia del nacimiento y muerte de Tequilamán: un hombre llamado César Leal Felícitas (había tomado los apellidos de dos profesores de la preparatoria, entonces debió ser hace trece años) entró a un concurso de bebedores de tequila y ganó. Sin embargo, el tequila estaba adulterado, y además de otorgarle poderes, también le quitó la vida.

Entonces lo publiqué. Esperé. Pensé en esa historia durante la madrugada e inventé algunos antagonistas, una historia más arreglada, con otros personajes: un vecino argentino, una mujer que volvería loco a César, y otros afectados por la bebida consumida por él. Al final, ese Tequilamán llegó a unas veinte cuartillas de vida y se quedó encerrado en un cajón durante trece largos años.

Hace un mes lo desempolvé. Lo llevé con Élmer Mendoza, leí lo publicado aquí la semana pasada, y me preguntó intrigado qué seguía en la historia. Ahora pienso retomarlo a manera de ejercicio. De tal modo, recuperaré esas veinte cuartillas para reescribirlas, divertirme y, muy posiblemente, compartir aquí con ustedes esa travesía de Checho (quizá cambie de nombre o de apodo, no lo sé).

Nos leemos pronto.

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Un viernes como todos los viernes

Cuando regresé, el blog todavía estaba aquí.

Prometí regresar y lo hice. Lo hice en viernes porque así lo prometí. No en la misma promesa, sino en promesas separadas. Es viernes, y en algún momento de la creación de este blog pensaba actualizar martes y viernes. Uno de esos días era dos por uno, es decir, dos entradas —publicaciones— diarias. Era cuando tomaba fotos de letreros mal escritos —una de mis grandes diversiones— y las compartía aquí con ustedes.

Pero hoy no encontré fotos. Revisé en aquellas de los últimos días, de los jueves como todos los jueves, o los viernes como todos los viernes, y no. Quizá están ahí, escondidas en un martes, un domingo.

Pero encontré otras fotografías. Y esas fotografías me ayudaron a recordar acerca de qué puedo contarles este viernes, aunque sea algunos minutos.

Hace un mes estuve en un taller de novela con Élmer Mendoza. El escritor sinaloense vino a Zapopan a impartir un fugaz taller para unas veinte personas. Lacónica, esta actividad nos ayudó a los participantes a trazar una ruta hacia la gran travesía de la novela; a desempolvar personajes, tramas, frases, páginas y muchas más cosas acumuladas en los años de quien alguna vez ha querido escribir en su vida.

Yo, por ejemplo, llevé uno de mis personajes más viejos: Tequilaman (le puse tilde en el texto, ¿recomendaciones), y reescribí este pequeño capítulo —así se llamaba el taller: el misterio del primer capítulo— en los últimos momentos disponibles para hacer esa tarea (el taller duró dos días; para el segundo el escritor nos pidió llevar de tarea el primer capítulo). Se los comparto sin más, porque ya me voy, pero les prometo contarles más acerca de César Leal “Checho” en la siguiente entrega de Desnúdate y haz un ritual.

Con aquel último trago, César estaba a nada de convertirse en Tequilamán. Con el pequeño vaso de vidrio vacío, golpeó la vieja mesa de madera para intentar levantarse de su silla y proclamarse como el ganador del concurso de la marca de tequila patrocinadora. Casi al mismo tiempo de ese golpe del caballito, retumbó el primer balazo al aire del operativo para decomisar la bebida adulterada.
Una esquirla se dirigió al cartel con el nombre de los concursantes, y terminó por borrar la primera letra del nombre de César Leal Felícitas, el número doce de quince participantes para encontrar al mayor bebedor de tequila.
—¡Ya se los cargó la ley! —, gritó uno de los uniformados después de los tres balazos utilizados para intimidar a quienes se encontraban dentro de la infame Cantina Gilberto, frecuentada sólo entre las últimas opciones de bares y cantinas.
La marca de tequila patrocinadora, aún desconocida, había lanzado el reto semanas antes: con pocos y, a propósito, tímidos carteles, invitaban a participar por el título del mayor consumidor de su bebida para ganar la posibilidad de una dotación anual gratuita. César, un camarógrafo del Canal 88, empedernido bebedor, ponderó sus posibilidades y se sintió competente. Firmó con su nombre completo, sin apodos, la hoja de registro, pagó sus 150 pesos de la cuota de inscripción —el costo promedio de una botella de un litro de la tequilera patrocinadora—, y ese viernes esperó sentado en la silla de plástico en cuyo respaldo apenas se leía la garigoleada palabra en rojo Superior.
—¿Y por qué no le pusiste Checho, pinche Checho? —le preguntó Gilberto, el dueño de la cantina cuando vio el nombre de César inscrito.
—Nomás, así está bien, para que conozcan bien a quien se los va a fregar. Por lo menos voy a desquitar una botella, mi Gil, por lo menos y de mí te acuerdas —contestó.
Gilberto sonrió y garabateó el apodo de César al final de sus apellidos.
Tras los balazos, César cayó al suelo y alcanzó a refugiarse detrás de la barra al fondo de la cantina, para después arrastrarse hasta la puerta de entrega de mercancía y salir por ella.
Subió a su auto por la puerta del copiloto para después pasar al volante, y se dirigió a su casa con la extrañeza de no sentirse tan borracho como ameritaba estarlo tras varias onzas de tequila.
Tomó Lázaro Cárdenas, y en el camino a su departamento pensaba cómo subiría hasta el cuarto piso —donde pagaba dos mil quinientos pesos de renta— después de beber tanto. El conductor de un BMW se acercó rápidamente por detrás a su auto y lo rebasó con un temerario zigzag. César frenó de la impresión y mientras el auto de lujo se alejaba alcanzó a mentarle su madre con el claxon y a hacerle una seña obscena a través de la ventanilla.
En ese momento, detenido en el carril central de la avenida, a un lado del letrero de velocidad mínima 60 kilómetros y máxima de 80, ahora solo y en mitad de la madrugada, César se sobresaltó aún más al notar cómo desde su dedo medio expulsaba un chorro de líquido al colocar en su mano la señal obscena.
Era tequila, lo supo al percibir el aroma. Arrancó de nuevo.

Con muchísima pena

Estimados, y no olvidados, lectores de este, su humilde blog Desnúdate y haz un ritual, vengo aquí a desnudar de nuevo mis palabras, pero ahora con muchísima pena.

Pena por abandonarlos durante tanto tiempo —incluso me provoca más pena ver cuándo escribí aquí por última vez—. Pena por no cumplir con ustedes la ansiada tarea de dejar caer las palabras una tras otra con automatismo crónico en este recoveco sumiso de días, vivencias, elucubraciones e imaginaciones varias. Pena porque he olvidado, poco a poco, cómo escribía aquí, cómo hacía para compartir con ustedes todo esto ya plasmado en líneas abajo, días abajo, meses, años.

Desnúdate y haz un ritual nació en enero de 2009. Está por cumplir una década. En ese entonces yo tenía 19 años. Desnúdate y haz un ritual es la evolución de otras bitácoras virtuales cuyo paradero fue truncado (su alojamiento virtual desapareció en un de repente). Bitácoras escritas… (en estos momentos saco las cuentas) hace más de quince años, cuando cursaba la secundaria y de alguna manera comencé a escribir diario en estas efímeras líneas acumulables.

Pero entonces lo hacía por mí. Ahora lo hago por ustedes. Serán pocos, serán cuántos, no lo sé, pero alguien podría leer esta entrada y recordar qué hacía también hace diez años, cuando Desnúdate y haz un ritual iniciaba. ¿Qué hacías hace diez años?

En aquellas bitácoras narraba —con más deficiencias ortográficas, algunas las he mantenido— el acontecer de mis días como estudiante de una secundaria técnica en Zapotlán el Grande, Jalisco. Ahí donde nació Juan José Arreola —yo no—, y quien está por cumplir cien años. Diez veces la existencia —casi— de este blog. Narraba, entonces, las extrañas vidas imaginarias de quienes consideraba mis “aburridos” profesores.

Al de física, por ejemplo, inventé, con ayuda de una compañera del salón, una divertida anécdota donde, según yo, le pagaban veinte pesos por darnos la clase (vaya pírrica cantidad), pero con billetes de diez pesos de aquellos con cara de Emiliano Zapata, descontinuados y sin valor, y además falsos. Y rotos.

Y habrá más historias, pero ahora no las recuerdo todas. Y por eso comencé a escribir. Para recordarlas, para mantenerlas ahí. Y escribía a diario. Por eso, cuando aquellas páginas mutaron en estas, prometí escribir al menos martes y viernes. Y podría haberlo hecho, pero no pude.

No pude porque comencé a cambiar mis palabras por dinero. Encontré un trabajo. Un trabajo donde escribía a diario. Un trabajo en un diario. Luego en otro. Luego hice mi propio medio. Después regresé a trabajar para una consorcio interamericano de comunicación. Y así pasaron los años.

Mi padre —donde esté ahora, a algunos kilómetros de aquí y quizá lea esto porque, posiblemente sea el lector más asiduo de este desván de ambigüedades—, me contó una vez la historia de un hombre con una motocicleta. La compró para recorrer el mundo. Pospuso su sueño, y años después, la motocicleta lo miraba, empolvada y estacionada, y parecía reclamarle con un gesto de desilusión y reproche.

Pues yo también estacioné la motocicleta. La estacioné en esas empresas donde tienes doble turno, pero remuneran menos.

Después de la secundaria y de la preparatoria —en esta última me dediqué más a escribir cuento—, decidí estudiar Periodismo, y a eso me dedico desde 2012. Soy un periodista más. O fui. Porque ahora estoy en una rama diferente del periodismo de la cual no quiero hablar.

Por eso trabajé en periódicos. Por eso escribía a diario pero no aquí. Por eso tengo muchísima pena de regresar y contarles esto y quizá más.

Intentaré, nuevamente, platicar con ustedes a través de este renglón seguido. Algunas veces se podrá, otras no, y, sinceramente, existe la posibilidad de no regresar en un tiempo.

Me retiro ahora, también, con muchísima pena.

 

Les Luthiers para tapatíos: más vigentes que nunca

¿Hay personajes más graciosos a los creados por Les Luthiers? ¿Ingenio humorístico más exquisito, juegos de palabras más geniales al de este quinteto argentino que una vez más es sexteto? De verdad, si alguien sabe, que me lo diga. 
No es coincidencia que a un año de cumplir medio siglo, Les Luthiers suene aún más vigente con su antología ‘¡Chist!’. Y es que Marcos Mundstock, Jorge Maronna, Carlos Núñez Cortés, Carlos López Puccio, y ahora Martín O’Connor y Horacio Tato Turano, hicieron una selección sesuda de las escenas a presentar en este show que el pasado lunes visitó a la Zona Metropolitana de Guadalajara.
Sí, aún razonan dentro del recipiente estos ejemplares casi todos cosechas de los cuarentas, y nos recuerdan tras cada risa que están al pendiente, incluso, de los jóvenes de hoy en día.
Esta antología se enmarca en el que quizá sea su arreglo más político: La Comisión, donde un par de políticos pide a un tristemente célebre compositor —que no es Johann Sebastian Mastropiero— actualizar el himno nacional, y cambiar no sólo la letra, sino al país enemigo, las fechas históricas, y hasta el idioma utilizado, ¿con qué calidad moral? Ninguna.
Les Luthiers hace que soltemos carcajadas por la situación en la que países, estados y municipios pasamos a cada momento: la incapacidad de nuestros gobernantes de ver más allá de su propio beneficio, y con la necesidad de continuar en el poder para, no se diga concluir, sino por lo menos iniciar una estrategia de gobierno. Les dije que no era coincidencia.
Durante este proceso intercalan otras escenas acordes a la realidad, por ejemplo ‘Sólo necesitamos’, donde un par de ecologistas sólo quiere respirar aire limpio, pero no lo hay porque para hacer sus guitarras se talaron los árboles que producen el oxígeno. 
Si bien Les Luthies ha evitado hacer referencia durante sus espectáculos al fallecimiento de su compañero Daniel Rabinovich —quien podía hacernos reír con sólo mover la mirada o abrir la boca—, la incursión de los dos nuevos integrantes no es para reemplazarlo. Sin embargo, a diferencia de shows donde Rabinovich participó, ahora se muestran más ágiles en el verbo, y han resumido los silencios que Daniel llenaba con el lenguaje corporal.
‘¡Chist! continúa con ‘La redención del Vampiro’, donde los guiños a los jóvenes continúan: “Ahora están de moda los vampiros jóvenes y románticos… ¡por favor!”, grita el Conde antes de hacernos explotar en carcajadas. Después agregan el tema del sexo con ‘Educación sexual moderna’ y ‘Los jóvenes de hoy en día’, y hacen una hilarante parodia de ese tema que algunos sectores no quieren ver ni en pintura.
Les Luthiers visita Latinoamérica y da una lección humorística. Hoy en día, donde la comedia stand up no puede pasar quince segundos sin pronunciar una mala palabra —y no se diga de los shows de televisión por cable—, en dos horas de espectáculo con risas ininterrupidas, estos argentinos apenas elevan el volumen de la grosería a la palabra “estúpido”. ¿Vaya reto, no lo creen?
Y si con las escenas anteriores ya nos dejaron claro una vez más su ingenio interminable, su capacidad para encontrar la ductilidad de la palabra, su acertado análisis de la sociedad y su posterior decantación en humor, Les Luthiers cierra con una muestra de virtuosismo musical con Núñez Cortes en el piano y Maronna en un curioso instrumento hecho con pelotas musicales —recordemos que también son luthiers, inventan sus propios instrumentos—, eso sí: ¡fueeera de programa!

Huracán Patricia I

—¿Dónde estuvieron todo este tiempo —le pregunté.

—Allá, en una casa mejor construida —dijo. Veía la pared de su hogar, recién edificado, con los ladrillos colocados de lado para que con menos ajustara más. Me dijo que su apellido era Martínez, y vivía ahí, en ese lugar. —Destruyó mi casa —agregó con las manos en la cintura, para luego ponerse a recoger las gruesas ramas de las palmas en su lomo, y comenzar de nuevo el techo de los hogares de las cuarenta y dos familias que casi lo pierden todo por el Huracán Patricia.

Me dijo que las cuarenta y dos familias se habían resguardado en una construcción más grande. Familias. Para saber cuántos eran, pregunté cuántos vivían con él. Sus dos hijos, o hijas, su esposa, su suegra y su suegro. Con él sumaban seis. Si lo demás eran tan numerosos —y lo parecían— habrían sido doscientos cincuenta por lo menos los afectados en Chamela, del Municipio de La Huerta, Jalisco.

¿Cómo los encontramos? Por la inclinación de los árboles. Porque cada vez la carretera se hacía más intransitable. Pasamos de conducir entre un paraje selvático, con las hierbas grandes, de frondas prominentes, de gruesos árboles color claro como la ceiba, a un desierto acostado de ramas, de palmas despeinadas, de cerros y cerros sin una sola hoja.

¿Cómo nos ven ellos? Después leí que a otros reporteros les dijeron ‘nomás vienen, toman fotos y se van’. Pocas veces me he sentido más invasivo, más incapaz de hacer algo en el momento. No sabía si ya había traspasado propiedad privada pues los cercos de madera estaban arrancados. No podía levantar ninguna pieza de ropa empapada, acercar la lámina de zinc llevada por los vientos. ¿Qué podía hacer?: preguntar.

—Nos fue peor que con Jova —relató acerca de su última experiencia con huracanes.

¿Dónde estábamos nosotros en ese momento? En Puerto Vallarta, turístico lugar a punto de ser devastado por un un huracán categoría cinco, la mayor. Ahí se reunieron los ojos de los medios de comunicación. En salas de redacción, cabinas de radio, estudios de televisión, algunos esperaron para recibir en cualquier momento la primera información sobre los fuertes vientos que azotarían al Puerto. Las primeras imágenes: los vidrios rotos, los automóviles levantados por el aire, las intensas marejadas. Pero no. No hubo viento, y apenas una llovizna acarició el malecón abandonado de turistas y comerciantes.

A ciento cincuenta kilómetros por la carretera 200, desde Tomatlán hasta Cihuatlán, los poblados sí resintieron la furia del fenómeno natural.

—Se movían hasta los cimientos —recordó otro de los pobladores mientras apuntaba las bases de su casa. Enfrente de su domicilio, los vientos se llevaron una ramada, tiraron un techo de lámina. Donde él vive, a pesar de tener también el una palapa con techo de palma, tuvo la precaución de atarlos con un lazo color amarillo y de ahí no se movió. La que parecía ser su nieta salió por entre una estrecha puerta y dijo «detenimos acá». La niña señaló dentro de su hogar. Ellos viven en la entrada del pueblo, justo frente a un lugar que conocían como el ‘Súper Chamela’, una amplia tienda de abarrotes.

Las primeras familias estaban casi del otro extremo del pueblo. Ya con el sol sobre sus cabezas, con un tenue viento caluroso, un joven había rescatado de entre sus pertenencias mojadas sus libros de texto y libretas de la escuela. Los puso a secar sobre un colchón empapado. Al parecer fue de las primeras cosas en recuperar. No supe quién era, porque apenas duré unos minutos, pero el gesto, ese gesto de salvar sus útiles escolares, es una metáfora que la palabra escrita no puede repetir.

Esos 150 kilómetros los recorrimos en seis horas. Los carriles de la carretera 200 estaban ocupados por los árboles, las ramas, los derrumbes, los cables y los postes de energía eléctrica. Quienes comenzaron a abrir el camino fueron los ‘pelícanos’ de la Comisión Federal de Electricidad, se movieron de Puerto Vallarta en convoyes de hasta treinta de estos curiosos vehículos, y de par en par, cada uno se detenía en las localidades afectadas. Llegó un momento donde alcanzamos a los más retirados. Un policía federal trataba de cortar el tronco de un árbol mediano que atravesaba la carretera de lado a lado con un machete. Detrás del sonido metálico apenas se levantaban astillas.

De la nada, tras su infructuosa labor, apareció una persona con una sierra eléctrica y en unos segundos cortó, ante los ojos del policía que creía haber reinventado las herramientas más primitivas, el árbol.

Pudimos continuar todos, primero en un sentido, luego en otro. Los kilómetros de camino bordeados por árboles acostados y sin hojas mantenían desperdigadas poblaciones con la misma imagen de Chamela.

Yo vi su situación bajo los rayos del sol, ya con el cielo azul sobre nuestras cabezas. Pero ellos, en cuanto sintieron calmarse el viento y la lluvia, salieron de sus refugios, eso fue cerca de las 23:00 horas del viernes, en la oscuridad de la nublada noche.

Un par de apuntes

Para no olvidar, creo necesario escribir aquí dos días pasados. Compartirlos con ustedes para que también me ayuden a recordar después.

Hace como un mes me tocó asistir a un concierto múltiple, de esos donde tocan varias bandas de rock al mismo tiempo pues hay diferentes escenarios en el mismo lugar. Ahí vi a Orgy, The Original Wailers, Suicidal Tendences, Molotov, Calle 13, de lejitos a Kinky —pues estaba en otro escenario mientras esperábamos a Molotov—, y estuve cerca también de ver a La Maldita Vecindad.

Como escuchamos a varios más, quizá se me escape el nombre de otra banda, pero no los reconozco.

Debo admitir que escribir las anteriores líneas fue difícil, en especial porque rehuía a teclear la palabra “banda”, terrible palabra que en los últimos… ¿será meses, serán años?, remite en este país a aquella aberrante música de gente con sombrero, camisas ridículas, botas picudas, voces e instrumentos desafinados… en fin, sabrán a cuál, pero no me refiero a eso.

Y fue interesante. Fue interesante ver cómo los jóvenes se juntaban con los mayores en una multitud sin nombre, cómo las chicas fresas que verían a Calle 13 caminaban a un costado de los tatuados cuyo gusto se infería por La Maldita Vecindad. Fue interesante el olor a hierba quemada acercándose poco a poco, cuando el cigarro llega a la persona a tu lado y luego te lo ofrece y tú dices no, y piensas en todas las maneras posibles como fue ingresado el curioso pitillo de papel.

Aunque, si soy sincero, deberían ser tres apuntes, pues hace más tiempo, quizá medio año, se había presentado en la ciudad La Barranca, en un ligero escenario apenas adecuado para un público de quinientas personas.

Pero también fue memorable. Fue memorable la salida, el aguacero, la desvelada, y luego peregrinar alrededor de siete kilómetros a pie, bajo las pequeñas gotas, las grandes gotas, el frío, el sol, la sombra; se dicen siete kilómetros, pero caminar detrás de la Virgen de Zapopan es algo complicado… el mar de gente, más que mar: río, el río de gente, los pies descalzos que parecían rebotar en oscuros espejos de agua negra, los apuntes… y todo eso tras dos horas de sueño.

Quizá luego abunde en ese recorrido más de lo que ya lo hice en el papel. Por ahora regreso a la música.

En aquel vertiginoso concierto de tantas y variopintas bandas yo esperaba ver a Molotov. A aquella grosera banda que desde la primaria escuché sin razón alguna. Aún me recuerdo recostado en la cama con los audífonos pegados a la grabadora y a mis orejas, la carátula del cassete, no recuerdo cuál pero debió ser dónde jugarán las niñas, su primer disco allá en 1997, y si ponemos un atraso de uno o dos años, yo debí tener cerca de diez años cuando los escuché por primera vez.

No sé cómo llegó a la casa ese casete, ni qué sabían mis papás de la grosera banda que yo escuchaba por alguna razón que también desconozco, pero sí que eran horas enteras reproduciendo una y otra vez las canciones luego de llegar de la escuela. Pero eso sí, tampoco recuerdo haber cantado tanta grosería en los pasillos de la primaria, en el salón o con mis compañeros.

Pasaron unos quince años para que yo pudiera ver en vivo a esos cuatro integrantes del coctel molotov; antes vi a otras bandas, pero no a ellos. Hubo intenciones frustradas antes, recuerdo, por ejemplo, que un día cualquiera visitarían la ciudad donde vivía, pero cancelaron. Qué fresas, pensé, seguro no vendieron todos los boletos y no quisieron llegar.

Pero tocaron y los vi en vivo, tocaron cerca de una hora pues el tiempo estaba medido entre banda y banda, y la siguiente era Calle 13, que no me llaman mucho la atención, pero sé que tienen buenas canciones, letras atropelladas, y un ritmillo contagioso. También los escuché y es tiempo que todavía no saco de mi cabeza dos de sus canciones.

El segundo apunte, para no hacer el texto tan largo —pues no sé ni lo que estoy escribiendo y como hace mucho que no lo hacía aquí no sé si lo estoy haciendo bien o mal— es el concierto de los 20 años de La Barranca en el Teatro Diana en Guadalajara.

Hace veinte años tocaron por primera vez en vivo en esta misma ciudad, acompañados en el escenario de Cecilia Toussaint. Antes formaban una agrupación llamada Sangre Azteka, donde tocaba José Manuel Aguilera y Humberto Álvarez. Álvarez y Toussaint estuvieron presentes como invitados especiales en el concierto en el teatro.

Fue inolvidable y tocaron la canción que yo quería escuchar en el otro concierto: Tempestad. Y bueno, muchas otras canciones geniales cuyo significado no conozco del todo pero que sí disfruto escuchar una y otra vez.

Este concierto fue diferente al de Molotov, pues aquí hubo lugares numerados y sentados escuchamos las canciones. Ya al final, al tocar la canción Don Julio, Aguilera invitó a bailar a los asistentes y sus palabras fueron replicadas por el cadencioso movimiento de unas cuantas mujeres.

Llega un momento en la vida donde todo lo que viviste tratas de colocarlo en los años que pasaron, como si fueran gavetas, para no olvidarlos. Y recuerdas algo y quieres ponerlo en 1992, ah no, porque era demasiado joven, entonces debió ocurrir en el 2001… ¿pero cómo, tan cerca? Y así, te vas dando cuenta de cómo los días se alargan, se convierten en meses y los meses alejan el primer día de tu vida con grandes bloques de años.

Espero no llegar a ese momento pronto.