Pero qué hermosas eran

La primera era una arpía, la segunda era una bruja y la tercera la ausencia más dolorosa de su vida, dice Joaquín Sabina acerca de sus tres primeras mujeres, a quienes dedica la canción “pero qué hermosas eran”.

A todas les cambia el nombre —parece—. Yo haré lo mismo para efectos de esta narración. Pero descuide, lector, no pienso ventilar aquí las intimidades de mis últimos años, sino unas cuantas memorias de la infancia, ingenuas, tímidas y hasta pequeñas, como diría Saramago.

Cuando tenía seis años, allá por 1996, vivíamos en el Condominio Fluminense, en San Juan del Río, Querétaro. Era una calle privada muy larga y terminaba en una pared alta de ladrillos. Detrás de aquella pared, lo descubrí al poco tiempo, había un condominio igual, construido a manera de espejo, según escuché. En mi imaginación —basado en esos detalles—, en aquel condominio vivían nuestros dobles, casi iguales a nosotros excepto por pequeñas variaciones: mi padre del otro lado, en lugar de conducir un vehículo amarillo, conducía uno rojo, y quizá en aquella familia doppelgänger no había un hijo único, sino una hija única. Me aterrorizaba pensar en la posibilidad de encontrarme con ellos, y muchas veces tuve pesadillas donde a mi casa llegaban los de allá y se hacían pasar por los de acá.

Tiempo después, mi madre —social, como siempre lo ha sido— hizo amistad con la familia de la última casa, la del fondo. Ellos tenían una puerta donde se comunicaban ambos condominios y ahí pude despejar mi zozobra: los del otro lado no éramos nosotros vistos a través de un extraño espejo, sino personas sólo un poco diferentes, con hijos diferentes, hermanos diferentes y autos diferentes.

Nosotros vivíamos en una de las casas al centro del condominio, en el primer piso. En los primeros años, nuestra vecina de arriba era una mujer sola y embarazada. Dio a luz a las pocas semanas de conocerla. Era docente y tenía el piso de su casa alfombrado con piezas de rompecabezas de materiales muy suaves. Pocas veces fui a visitarla, una de ellas fue cuando mis padres se sobresaltaron a escuchar caer algo pesado. Subimos a verificar si estaba bien. Había intentado mover una televisión y en el proceso el artefacto terminó en el suelo. Se fue de la casa cuando su hijo ya cumplía un par de años. En su lugar llegó una nueva familia: una señora, una hija y un hijo, y un dentista que no era el padre de ellos. Eran de una religión extraña y mi madre siempre tuvo cierto recelo con mi amistad con sus hijos. El hermano mayor se llamaba Elohim, y la hija menor, Fany, un año más joven que yo.

Fany se peinaba con una coleta y tenía un tupé curioso. Ella y yo jugábamos mucho y escuchábamos música new age mientras su hermano dormía. Él iba en secundaria, nosotros en cuarto y tercero de primaria. Fany me dio mi primer beso inmediatamente después de decidir que seríamos novios —para nuestra corta edad, eso significaba ser novios: permitirle al otro la cercanía de los labios y tomarnos de la mano en silencio—. Su hermano se carcajeó cuando le contamos nuestra decisión. “Ni siquiera saben qué son los novios”, desestimó.

Nuestra pequeña relación terminó cuando mis padres compraron su primera casa un año después y dejamos el fluminense por otro condominio privado en la calle Montes Pirineos. Cambié la escuela céntrica por una de la periferia. Todo era diferente: el salón olía extraño, los maestros eran algo agrestes y sólo había una cabellera clara entre los cincuenta alumnos, la de Ana.

Ana era güera, pecosa, tenía el tupé parecido al de Fany, y bueno, inmediatamente me llamó la atención. Durante el quinto grado, y de manera infructuosa, traté de llamar su atención con mis mejores movimientos seductores: le aventaba bolitas de papel, le ponía apodos y huía de ella cuando la tenía cerca. Cansado por la falta de éxito, dejé de intentarlo a fin de año. Para sorpresa mía, al regresar a clases en sexto año, ella estaba más alta, se peinaba mejor e incluso usaba cierto brillo en los labios, más bonita se veía y, ahora sí, un poco interesada en mí.

Con el tiempo nos hicimos más cercanos y también decidimos ser novios. Pactamos, incluso, el momento de darnos nuestro primer beso. Sería en el festejo del día del niño, detrás del edificio de la dirección. Yo temblaba de nervios y comía pepinos con chile. Cuando nos encontramos, me dijo entre una tímida risa “no me gusta el pepino”. Por la pena, no pude abrir la boca durante el beso.

Terminamos la primaria y nos invadió la incertidumbre de entrar a la misma secundaria. Hicimos lo posible, pero yo quedé en mi primera opción y ella en su tercera. Sin embargo, me visitaba en algunas ocasiones en la nueva escuela y para platicar durante el receso casi sin mirarnos.

Antes, en la primaria, teníamos otra compañera Ana. La otra Ana. Ella sí había quedado en la misma secundaria que yo. Un día, cuando Ana me visitó, la otra Ana le dijo que ella y yo éramos novios. Eso era falso, pero bastó para que Ana y yo no volviéramos a vernos. Yo no volví a dirigirle la palabra a la otra Ana. Ese día, Ana llevaba una carta entre las manos y ni siquiera alcanzó a entregármela. Esta situación motivó un cuento que escribí, llamado “Eva Marina”.

Mis padres comenzaron su separación un año después, cuando ya cursaba segundo de secundaria. En ese proceso, llegamos a vivir a Zapotlán el Grande, donde pasé los siguientes diez años de mi vida al pie del Nevado de Colima. En el Zapotlán de Arreola cursé de nuevo segundo grado. Ahí conocí a Laura.

Laura tenía los ojos más negros que haya visto. Cabello oscuro y risa sincera y bonita. Nos divertíamos creando historias y situaciones ficticias a costa de nuestros maestros. Inventamos, por ejemplo, la historia paralela de nuestro maestro de Física, a quien le pagaban su sueldo con dos billetes de diez pesos, descontinuados, sin valor, rotos… y falsos. Éramos unos niños y aquello nos parecía sumamente gracioso.

Con el tiempo dejamos de vernos. Cambiamos de escuelas al llegar al nivel medio superior y pocas veces nos vimos en la universidad por distintas razones.

Las tres fueron parte de mi infancia, de la ingenuidad y felicidad de los primeros años. Y aunque no pueda escribirles una canción como Sabina lo hizo en “qué hermosas eran”, sé que las tres lo eran y se mantienen en este breve y pueril texto.

Un día sin mujeres (marcha en Guadalajara)

Ayer las calles de Guadalajara —junto con muchas otras ciudades— se llenaron de mujeres. No eran cientos, no eran miles o millones, eran todas y las que faltaban. Eran, según conteos en Guadalajara —aunque yo vi más, muchas más— 35 mil. Fueron 35 mil, entonces, más Imelda Virgen, más Daniela Magaña, más Ingrid, más Fátima, más la hermana asesinada de tu amigo, más la hija de la señora de la fonda Rosita muerta hace diez años, más tu amiga encontrada muerta en la carretera. Por eso eran todas y las que nos faltan.

Acompañé al centro de Guadalajara a la mujer que ha decidido compartir su vida conmigo —y yo con ella— porque también decidió marchar. Vestía de negro, nos separamos a unas seis cuadras del contingente. Avenida Juárez ya estaba repleta, cerrada a la circulación. Nosotros nos acercamos en bicicleta pero ella continuó el trayecto a pie, hacia donde la esperaban tres amigas suyas. Yo me llevé las bicicletas.

A las 18:12 regresé al parque conocido como Rojo, pero cuyo nombre es Revolución. Ya pasaba el contingente: niñas, jóvenes, mujeres adultas, gritaban, cantaban, levantaban el puño y se hacía presentes con diferentes consignas: las niñas no se tocan, no es no, señor, señora, no sea indiferente. A los lados transitaban constantes grupos de policías mujeres, policías del estado, del municipio, policías viales, también marchaban todas ellas.

Desde un costado del Hotel del Parque las vi pasar, con el objetivo de encontrar entre todos esos ojos los de Alejandra. Tardó cuarenta minutos en llegar hasta el lugar, ella iba cercana a la mitad de todo el contingente, había casi una hora de mujeres marchando antes, y hubo una hora de mujeres marchando después. Ale llevaba ya un pedazo de tela morada entre el cuello y el pecho, la mano alzada y su lucha a cuestas, porque según las estadísticas, más de la mitad de aquellas mujeres ha sufrido violencia.

Por eso los gritos de todas resonaban tanto, porque lo han vivido, porque ya no quieren vivirlo.

Por eso los ojos de aquellas mujeres traspasaban a los hombres a las orillas de la marcha, por eso nos escondíamos mirando hacia abajo, con los brazos cruzados, nerviosos en el fondo de los huesos. Por eso buscábamos entre todas ellas a la mirada que nos validara, aunque sólo fuera un par de ojos. Porque somos malos, porque nuestra masculinidad es frágil.

Que nos sirva para entender, que nos sirva para no volverlo a hacer. Para identificar el nivel de machismo insoportable que hay dentro de nosotros y dejarlo ir. Para no abusar de ningún tipo de poder para sacar provecho: ni el poder económico, ni el control con manipulación, ni el poder jerárquico en los trabajos, ni el poder de la diferencia grotesca de edades, porque todo eso es abuso y no debemos permitirlo. Nadie debe permitirlo.

A las 19:20 transitaron las ambulancias al final de la marcha. Caminé detrás de ellas mirando las pintas: abusadores, puercos, pinches perros, ni una más, esta va por mi hermana. Estas y otras palabras no estarían ahí si no fuéramos abusadores, puercos, pinches perros, si estuvieran las que faltan, si estuviera la hermana de ella.

Las alcanzamos en la glorieta de los Niños Héroes. Las familias de las víctimas de feminicidio narraban cómo a pesar de tener identificados a los culpables, muchas veces la autoridad los dejó libres. También narraban los años que han pasado en los ministerios tratando de encontrar justicia. Tiempo después comenzaron a retirarse, en las calles parecía correr sangre púrpura, y cada una de ellas regresó para incluirse en el paro de este 9 de marzo.

Por la mañana había menos tráfico, las calles se sentían solas, negocios cerrados en el centro de Guadalajara. En mi trabajo, ninguna mujer presente. A un lado de mí, en el lugar de mi compañera ausente, descansa una libreta que dice “derechos de las mujeres”. En la portada se ve el dibujo de una silueta femenina, y lleva entre sus manos, a la altura del pecho, una llama.

Y hoy sí, hoy nos faltan todas.

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Contra las olas

Hay viento, te dicen, viento huracanado. No arrachado, no constante, es un viento atroz. Pero ves el agua de mar enfrente y quieres subirte a un par de olas. El huracán a lo lejos mueve con furia las olas y parece no detenerse. Pero sólo parece.

En realidad sólo son olas altas, de algunos metros. Revuelcan, te llevan a la costa, pero te dejan entrar de nuevo, intentarlo, porque es un mar caprichoso. Detrás ves algo de calma, son apenas unos metros difíciles. Y ahí vas tú, con tu arañada tabla de surfero.

Pero el mar no quiere dejarte entrar. No te permite pairar en aquella zona detrás de las olas, en el espejo tranquilo a lo lejos, y te rompe entre espuma y piedras donde la tabla se daña y se daña cada vez más. Lo intentas de nuevo, oblicuo, avanzas, pero cada ola te recuerda la falta de técnica, de experiencia, la incapacidad para llegar más lejos, y cada brazada te regresa un metro.

Harto, vas y avientas la tabla a la arena y maldices, te comportas como un niño, te tumbas inmóvil y en tu cabeza dan vuelta todas las fallas cometidas, te cuestionas pero no haces más. Sentado en la arena miras las olas y otra vez observas la calma a lo lejos, tan ajena. Tomas varias piedras y las avientas hacia allá, una piedra, dos piedras, tres, muchas más, lleno de ira, das la espalda y sólo recuerdas cuando has caído de la tabla.
¿Será el tipo de tabla, no adecuada para el tipo de olas? Mantienes en la mano más piedras, cansado, las aprietas, te duelen la manos. Te sientes enfermo. Te enfermas. Descubres el significado de enfermarte de esa manera: tiemblas, te sube la temperatura, te duele el estómago, no puedes dormir, te duele la cabeza, los ojos, el cuello y jamás lo habías sentido.

Quizá tú no eres un ejemplar de mar, los habrá otros, pero quizá tú no, piensas. También piensas otras cosas. En la tenacidad necesaria para intentarlo de nuevo, o necedad, rematas. Ya lo sabías, no te sorprende. Hay playas así, cuyas aguas tranquilas son inaccesibles para tablas, quizá con otros artefactos.

¿Pensabas que podías? Te cuestionas una y otra vez mientras sigues sentado sobre la arena con la tabla a punto de romperse.

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Un cielo estrellado como mapa (la palabra)

A veces encuentro palabras bellas y las guardo en un glosario de ambigüedades. Las tengo ahí como una bolsita de semillas esperando a esparcirlas sobre tierra fértil, y que la humedad haga lo suyo y las germine y broten de ellas pequeñas plantas con su verdor. Está ese glosario, ese grácil equipaje de mano, esperando días como hoy: soleados, henchidos de todos colores.

Es ingenuo pensar que en algún momento podré tener todas las palabras, las palabras más hermosas, pero hago un pequeño esfuerzo, con el objetivo de poder pronunciarlas, de poder pronunciar la palabra más hermosa del mundo, con sus sílabas bailarinas, su propia poesía y su manera de llegar a cualquier lugar como si un cielo estrellado como mapa tuviera.

Y no son mías las palabras, son de quien las lleva dentro, de quien las ha proferido en el momento justo, en el momento exacto, yo sólo las escucho o las leo y las tomo para mí como el aroma del romero al acariciarlo. Porque las palabras son amuletos que ayudan a desdibujar sombras borrosas, a mitigar las noches frías de los polos, y a disfrutar el viento boscoso y la fuerza de las olas que llegan a la playa y sus brisas, la brisa marina.

Están escondidas en muchos lugares y se han dicho muchas veces antes: en canciones, en misivas, en cuentos, poemas y novelas, en documentales y películas. Hay canciones que dicen, por ejemplo, amanecer, azul; poemas donde se lee brújula y susurro en la misma línea; películas donde navegan palabras llevadas por el deseo. Pero no hay palabra más hermosa que la palabra que uno lleva dentro, la mayoría de las veces impronunciable hasta el momento en que más se necesita.

Habrá quien tenga palabras más hermosas que yo, lo sé, más precisas y oportunas; quien albergue desde tiempos inmemoriales aquella palabra inalcanzable, y a pesar de ello, jamás la diga en voz alta. Quizá porque no la conoce, porque la guarda junto a una sonrisa, porque la escucha dentro de sí pero sin poder repetirla, y aun así sepa que esa es la palabra.

Por lo pronto, yo sigo en la búsqueda, y quizá con mucha suerte, la vea pasar con sus ágiles pasos, entre portales, o la escuche tocar la puerta un día como hoy, henchido de todos los colores.

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Un universo dentro

Compañía imposible (amblipigio)

Cuando la migala aparece dentro de tu casa, sólo tiene un objetivo —ya lo dijo quien la adquirió para dejarla libre en este páramo de almas insomnes—: destruir el descomunal infierno de los hombres.

Por eso, paralelo al miedo de tenerla cerca, también percibí una extraña liviandad, como cuando la enfermedad mengua. A oscuras, escuché unos breves sonidos, parecían el filo de agujas sobre el vidrio, pequeñísimas uñas inquietas sobre una mesa. Era muy de noche, era una hora espesa. Visité el baño sin encender la luz, casi sin abrir los ojos. Cuando encendí el foco, mi mirada la encontró inmediatamente.

Tenía el tamaño de mis dos manos bien abiertas, juntas desde el pulgar. Estaba quieta en la regadera. Era la migala, no había duda, pero no alcanzaba a descifrar por qué en la casa abandonada por Beatriz hubo la posibilidad de confundirla con un escarabajo. Era oscura y parecía abrazarse a sí misma con dos gruesas y dentadas patas. Anguladas, otras seis patas suspendían apenas del suelo su cuerpo: abdomen rechoncho e imbricado, un tórax color rojo vibrante, parecido más a un enorme rubí. No dejaba de mover parsimoniosa dos antenas más delgadas pero tan largas como las patas.

Por un momento comprendí. El tamaño de aquella migala era directamente proporcional al infierno de su comprador, del desprecio y la conmiseración en la mirada de Beatriz. Pero esta…

Meses atrás había logrado retirar de la entrada de la habitación a ese implacable ángel para hacer espacio a unos muebles, y ahora tenía a esta repulsiva alimaña en el baño. Salí despacio, cerré la puerta. No me explicaba cómo había entrado. Por debajo de la puerta, imposible, el tórax y el abdomen tenían la anchura de un puño, tampoco pudo entrar por el orificio de ventilación.

Decidí contarle a Carmina a la mañana siguiente. Dormía profundamente y me acerqué a ella. Apenas me sintió y retiró un poco su cuerpo.

Carmina salió temprano. Dejó la puerta del baño abierta; debajo de la cama descubrí una caja de madera y dentro de ella una hoja de papel con extrañas instrucciones de alimentación: por la mañana una rata o diez insectos de tamaño considerable.

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Relato basado en La Migala, de Juan José Arreola

Contraley

¿Cómo serían las ciudades en otra vida? Se pregunta el poeta y le responde un saxofón. ¿Dónde nos ha llevado nuestra forma de ser, nuestra callada locura? Y tiene apenas la misma respuesta. Después invita a alguien —o algo— desconocido a bailar en el patio al amanecer.

Es su abrigo de invierno, dice, y acompaña aquello con esperanza en el saco y terrones de azúcar. Pero, a dónde los ha llevado entonces esa forma de ser, pregunta una y otra vez, y repite algo que yo entiendo como velo de lluvia, pero bien puede ser pelo de lluvia.

Lo más interesante es que la invita a bailar —tiene género, lo identifiqué, porque dice que ella llega como una princesa— bajo ese velo de lluvia y contraley. ¿Pero qué es contraley? Palabra del poeta, propia, suya, inexistente más allá de su canción, de su poesía. ¿Contra la ley? Sí, obviamente, contra toda ley, contra toda norma, por eso bailan en un patio bajo la lluvia, por eso la nombra como su amiga de invierno, por eso le pide llevar su verdad a su cama —y no a la de ambos— para salvar su vida esa noche y salvarlo a él de su alma. No sabremos, al final, si lo salva o no.

Los dos son tan brutales como dos perros fumando, asegura, y dan origen al fuego con el ardor del amor. Porque el amor arde, eso lo sabemos todos, y da origen a muchas cosas, eso lo sabemos un poco menos. Y aun más desconocida es esa técnica de alquimia amorosa, donde algo insustancial, etéreo, puede incluso quemar ciudades, derribar altísimas murallas y construir con celeridad imperios, ya sean de roca o de papel.

De tal modo que ellos dos, el poeta y su princesa, se convierten en los tristes, de acuerdo con él, y sueñan despiertos, como dos niños corriendo tras un buen día. Porque juntos son niños, porque juntos corren tras algo inasequible —en caso de que corrieran juntos, porque aquí parece que el poeta corre por sí solo, apenas con un par de palabras—. Porque sólo existen a contraley.

 

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Humito de sombras

Ciclos

Voy a escribir un poco. Por no dejar. Porque han pasado ya once años. Porque estoy en deuda. Porque creo que aún hay quien me lee.

Once años ya. Rápido. Once años ya desde el pasado 19 de enero. Once años de escribir un poco. Un poco cada unos cuantos días. Alojan once años tanto. Ganas de escribirlo todo. Ganas de dejar de hacerlo. Pero todo es un ciclo.

Y ciclos se abren. Y ciclos se cierran.

Y cuando se abren, desgarran. Y cuando se cierran, laceran. Pero poco se puede hacer. Poco o nada. Hay ciclos profundos. Como mares abiertos. Oscuros, espesos. Desconocidos. Ciclos como universos, también los hay. Forman parte de la vida. Forman partes de la vida. Forman la vida. La deforman.

Bastante se ha dicho ya sobre los mares. Sobre los huracanes. Su capacidad de borrar ciudades. Su capacidad para mandar cualquier cosa a chingar a su madre. De evolucionar y cambiar de categoría de un día para otro. Mientras duermes. Su caprichoso ojo. Ese lugar tranquilo rodeado de humedad y violencia.

También mucho se ha dicho ya sobre el silencio. Su inmutabilidad. Su presencia cristalina, vibrante. Cómo se rompe apenas con un sollozo, con un goteo. O de su paroxismo con la cercanía de ángeles oscuros.

Aun así, no se ha dicho todo. Todo seguirá un ciclo.