Paranoia por extravío (pírrica crónica de los placeres buscados)

Hola estimados y apreciadísimos lectores de éste, su humilde blog. Como ya he dicho antes —y esto se convierte en una queja para mí mismo, por lo tanto que nadie la tome personalmente— no debo dejar transcurrir mucho tiempo entre lo acontecido y el escrito que lo inmortalice. Por qué. Porque, también lo he dicho antes, escribir, dejar constancia escrita de lo que sucede, lo que veo e imagino, es siempre muchísimo más recomendable que sólo mantenerlo en la telaraña ucrónica y frágil que es la memoria.

Este texto se convertirá en unas breves líneas en una pírrica crónica que da inicio a la retahíla de remembranzas que sucedieron entre el 26 de noviembre del 2011 y el 5 de de diciembre del mismo año. Digo pírrica por el esfuerzo para retraer las imágenes, sonidos, rostros, olores, dolores, suertes, etc., que haré y que sé que en el derrotero se quedará gran parte de esto.

Clic en “sigue leyendo” para ver la crónica completa.

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Se acercan los días portentosos

Hola buenos lectores de éste su humilde blog. Más que acercarse, los días portentosos ya están aquí (incluso algunos ya han pasado y ahora ruedan entre las memorias). Esto se debe al abanico de posibilidades que las horas cercanas ofrecen. En primer lugar, el eterno dilema del alumno que deja la tarea para el último momento y que al final de cursos tiene un alud a punto de desprenderse. Y en segundo lugar —algo más agradable—, se aproxima la gran feria de los libros, las palabras y las celebridades intelectuales (aunque de vez en cuando se cuela desde un tristemente célebre autor de autoestima-para-adolescentes-reprimidas hasta un personaje gris y con botas de la política mexicana).

A lo que yo me refiero es a la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, que, aunque no vivo en la capital del rock, siempre estoy dispuesto a visitar por las grandes, digamos, satisfacciones que me ha brindado últimamente. Y no es que intente ensalzar al evento que año con año realiza la gran casa de estudios tapatía, pero —si dejamos de lado a la austeridad con la que la Universidad de Guadalajara ha traído a sus alumnos durante varios semestres, que alega ampliamente que no hay presupuesto para la educación (aunque lo hay para las empresas universitarias); si no miramos que en las bibliotecas de varios centros universitarios regionales existe un gran vacío en la bibliografía (qué situación tan irónica: se tiene la mayor feria del libro en lengua española, que defiende en suma el derecho de autor,  y hay tantas carencias en las bibliotecas de los centros universitarios que los alumnos tienen que fotocopiar a diario el único ejemplar que existe del libro que necesitan); si hacemos caso omiso de la infraestructura que se ha detenido durante tanto tiempo (por ejemplo, edificios completamente necesarios para el sano desarrollo de una nueva licenciatura en un centro universitario, edificios que no se han terminado incluso cuando las primeras generaciones de tales licenciaturas están por concluir sus estudios); si no nos importa que la universidad esté secuestrada por un puñado de avariciosos— a menudo se encuentran cosas verdaderamente importantes.

Recordemos, asiduos lectores, que el año pasado publiqué las crónicas de mis días en la FIL 2010: Primer día, segundo día, tercer día, cuarto día y quinto día (puede usted dar clic en cualquiera de las frases subrarayadas para acceder a las crónicas); así que estoy entusiasmado por volver, y supongo que también deberían estarlo ustedes porque vendré después de dos semanas (aproximadamente) a platicarles, si no todo, mucho de lo que aconteció en los días que habite en la FIL 2011.

Prometo tomar muchos apuntes, nada de notas mentales porque no son confiables. También tomaré muchas fotografías (no exagero, será una cantidad ingente). Por lo pronto me despido durante unos días de este blog. Sé que no notarán mi ausencia porque ya los he acostumbrado a vivir sin mí durante largos periodos, pero así los mantendré en suspenso.

¡Nos vemos muy pronto!

Semiótica adversa: el regreso del Sicoterrero

Discúlpeme, buen lector, si en el título de este escrito divulgué el terrible nombre de aquel ente que aterra mis sueños y que, muy probablemente, hará lo mismo con los suyos. Leíame cuando descubrí que faltaban comas, acentos, mayúsculas, sílabas y demás, denotando cacografía. Después de pensarlo por un buen rato llegué a la conclusión: ahora el Sicoterrero (además de aparecer en mis sueños como una mujer grotesca; patearme el subconciente; inculcarme pausas absurdas; hacerme razonar; acuciar los minutos; desaparecer el diccionario, etc.) también se inmiscuye silenciosamente en mi pasado. Aún no le atribuyo a él la reciente e inexplicable desaparición de incontables días. No. Además ese es tema para otra ocasión.

Hace poco escribía las primeras definiciones. Creía que escribir o hablar de él haría que se mudase de mente, que habitara la tuya, por ejemplo. Pero no es así,(aunque esta primera idea te parezca cruel, no lo será cuando intentes deshacerte del Sicoterrero) es un maldito metastásico. Él es una mezcla de repulsa, asco, miedo, terror, desesperación

El otro día me sucedió algo muy raro. Estaba aquí mismo, hace veinte días (momento en que comencé este escrito), cuando, después de escribir la palabra desesperación del párrafo anterior (no alcancé a teclear el punto), sentí que me miraban. Un frío inmenso se apoderó de mi habitación; me aterí por un momento que me pareció interminable. Se escuchaba un leve silbido. Inmediatamente pensé en el sicoterrero. A mi costado izquierdo se encuentra mi cama —que es mía mientras yo duerma en ella—, ese día la mirada provenía de ahí mismo, también el silbido.

Reconocí el silbido, entonces volteé. Era el sonido que produce una de mis pipas cuando se sopla a través de ella. Lo miré. Ahí se encontraba el infame canalla, sentado sobre mi colchón, vestido con mi ropa, jugando con mi pipa; con el rostro —si es que se le puede llamar así a la masa amorfa que está donde debería estar un rostro— hacia el suelo, y con los ojos negrísimos como si estuvieran a punto de salir de sus párpados como la última gota de agua que queda pegada al grifo cuando se cierra.

Entre el párrafo anterior y este transcurrieron diez días más. Al parecer cuando quiero escribir acerca de su grotesca existencia, él se siente invitado a recorrer de cerca mi espacio personal (tómenlo en cuenta aquellos que ya han sufrido con sus visitas nocturnas). Ahora también mueve mis muebles, lo sé porque mi mesa de centro, cuidadosamente colocada para lograr un efecto simétrico, ha perdido su forma. También ha tomado el extraño hábito de encender la luz del pasillo de la entrada; es la única bombilla de la casa que tiene un cordón para encenderla, de ésos que cuando los halas producen un clic.

Lo que pasó después fue que cayó de bruces al suelo, todo inmóvil, como un cadáver. Emitió un sonido terriblemente agudo, como si alguien gritara dentro de un tubo interminable. Se desinfló y lo que parecía su piel se convirtió en un humo negro que recorrió el piso hasta la salida y bajó por las escaleras, sólo quedó la ropa, la pipa y un olor a ropa mal secada. No pude dormir esa madrugada.

no está ahí

Sí, ahora no sólo habita en mis sueños; habita en mi habitación, en mi casa, o al menos eso es lo que me ha hecho creer. Entre sus deplorables acciones, no sé por qué se empeña en cambiar los artículos del masculino al femenino y viceversa.

Escribiré más sobre este calamitoso ente. Hoy no se ha manifestado y por fin pude terminar este texto. Seguramente el Sicoterrero ya vive en tu subconciente. Con el hecho de saber que existe se crea en la mente un lugar inhóspito que sólo puede ser habitado por él. Lo lamento.

Desde mi motocicleta (la ciudad en 70cc)

Ya que últimamente mis convicciones me hicieron creer que estaba gastando demasiado en transporte público urbano (más no urbanizado), decidí comprar una motocicleta. La compré con el dinero que ahorré antes de renunciar a mi trabajo.

Renuncié a mi trabajo porque mis convicciones me hicieron creer que cambiar mi tiempo por dinero era aún más fraude que cambiar oro por cuentas de vidrio; entre otras cosas. Hace tiempo escribí aquí sobre mi poca tolerancia hacia las personas que no usan debidamente las direccionales (sí, puedes hacer clic en la frase anterior para conocer más), y la desconfianza que generan, así como el tiempo que uno pierde por ello… etc.

Al momento de adquirir mi motocicleta, ésta no tenía direccionales. Vaya infortunio. Yo quejándome de todos aquellos inconscientes conductores que no las usan y ahí me encontraba yo.

Así estuve durante quince días, tiempo que tardaron en llegar.

(Continuará…)

Los cuentos que yo cuento (Antología de mis días)

Ínclitos lectores de éste su humilde blog. Les doy la bienvenida nuevamente a uno de mis días pasados, los días que debo rememorar y traducir en palabra escrita para que dejen de estar en mí y se conviertan en un poco de ustedes. Sigo pensando que cada que hago esto corro el riesgo de desaparecer de mi vida los días contados, sin embargo tomo el riesgo, ¿a caso sería más recomendable guardarme mis vivencias para mí mismo? Como ya se habrán dado cuenta, este blog se ha convertido «sin querer» en una bitácora de mis pairos en un valle surreal. Qué le puedo hacer, me he abierto paso en este camino.

Por más que esta entrada haya tomado un tinte sublime, solemne, de lo que les quiero hablar es de rock, mejor dicho: de hard rock.

deep en guadalajara

Tuve la oportunidad, junto con la reina de mis horas, de asistir a un concierto de Deep Purple. Creo que sería más adecuado decir, busqué, o adquirí, o luché por la oportunidad. En este valle no llegan los boletos para los grandes conciertos, así que uno tiene que ir personalmente hasta la taquilla a conseguirlos (incluso si esta se encuentra a más de 150 kilómetros de distancia). Esto implica doble gasto en transporte: para conseguir el boleto y para asistir al concierto, ya que si nos esperamos al día del evento, seguramente no habrá más en taquilla. Pero este no fue el caso.

Cabe señalar que aquel día teníamos tres boletos, mas éramos sólo dos, así que íbamos con la inconcusa idea de “revenderlo”, claro, al mismo precio, no queríamos lucrar como hacen los malditos revendedores que le provocan tanto mal al mundo de los conciertos. No se pudo. Todavía existían boletos en la taquilla y, además, los revendedores los estaban dando más baratos (lo hacen porque a) son falsos, b) son robados).

Entramos al concierto con un boleto de más, así, como si un fantasma nos hubiera pedido permiso de ver a Deep Purple. Yo no conocía el auditorio más que por fotografías, y en realidad se veía algo pequeño. Esa es una gran ilusión que provocan los lugares vacíos, se ven mucho más pequeños que cuando están llenos, será por el fervor, la expectativa, no lo sé.

Ya que no pudimos comprar boletos más costosos, subimos por las escaleras que daban hasta el segundo balcón. Como no se llenó —cosa que me extraña por la magnitud de la banda— nos bajaron un lugar, o sea en donde irían los siguientes boletos en la lista de precios (vaya suerte, ojalá se repitiera). Nos sentamos exactamente en el centro, por coincidencia talvez, ya se habían llenado los siguientes. En verdad la vista era muy buena.

No hablaré mucho de la banda, no soy una enciclopedia del rock, pero tiene una gran trayectoria en el hard rock y además continua muy vigente, por lo menos entre los que asistentes, ya que los integrantes están algo… vetustos. Ian Gillan, vocalista, tenía que caminar hacia el fondo del escenario entre canción y canción, y a veces a mitad de una. Seguramente aspiraba un poco de oxígeno, o algo macrobiótico. Debo admitir que, aunque me gusta casi toda la discografía, esa vez yo iba a escuchar Hush. Es una manía mía, concentrarme en una canción y en esa brincar y cantar como un loco, qué loco ¿no?

Dejando de lado mis vesanias, la gran sorpresa de la noche la dio el tecladista, cuando se quitó el saco dejando ver que debajo traía una camisa de las chivas y comenzó a tocar la bamba, después la cucaracha y creo que hasta el jarabe tapatío se aventó. Después, no recuerdo cómo le hicieron, pero sin dejar de tocar las melodías mexicanas, ya estaban tocando Hush.

Esto sucedió el 27 de febrero. Nota mental: creo que no dejaré pasar mucho tiempo entre la fecha y el escrito porque me olvido de demasiados detalles.